La discriminación, a menudo reforzada por las políticas estatales, las desigualdades sistémicas y la hostilidad social, seguía manifestándose de múltiples formas: por motivos religiosos, étnicos, de ascendencia, relacionados con la discapacidad y contra los pueblos indígenas.
La discriminación religiosa patrocinada por el Estado seguía siendo generalizada. En Afganistán, las autoridades talibanas actuaron contra las minorías chiíes, obligaron a las comunidades ismailíes a convertirse al islam suní, restringieron los rituales hazaras chiíes y aplicaron medidas discriminatorias en la prestación de ayuda humanitaria. Las familias hazaras también fueron desalojadas por la fuerza y sufrieron discriminación en el empleo. En Pakistán se intensificaron la violencia y las restricciones por parte de agentes estatales y grupos de civiles contra la población ahmadí, mientras que seguía sin esclarecerse la responsabilidad por el ataque perpetrado en 2023 por grupos de civiles contra la población cristiana. En India, se penalizaban los matrimonios interreligiosos aplicando legislación discriminatoria y se documentaron delitos de odio por parte de agentes estatales y grupos de civiles contra musulmanes y cachemires. En Indonesia continuó la intolerancia hacia las comunidades ahmadí y cristiana, con restricciones al culto y ataques a lugares de oración. El gobierno chino interfirió en los asuntos del budismo tibetano y detuvo a dirigentes cristianos, mientras que en Fiyi se produjeron actos de vandalismo contra templos hindúes.
La discriminación étnica persistía en varios países. En Japón, la retórica xenófoba quedó patente durante las campañas electorales, mientras que en Corea del Sur hubo manifestaciones contra las personas de origen chino. En el estado septentrional de Rajine (Myanmar), el Ejército de Arakán obligaba a las personas rohinyás desplazadas internamente a realizar trabajos forzados y, según informes, maltrataba a las que se negaban.
La discriminación contra los pueblos indígenas era grave y sistémica. En China, las personas uigures y tibetanas seguían sufriendo una discriminación sistemática, que incluía restricciones a la expresión cultural, lingüística y religiosa. En Australia, los pueblos aborígenes e isleños del estrecho de Torres se enfrentaban a una desigualdad cada vez mayor, altas tasas de encarcelamiento y muertes bajo custodia. En India aumentaron los riesgos de desplazamiento para las comunidades indígenas a consecuencia del debilitamiento las protecciones ambientales. En Indonesia, los proyectos a gran escala y la extracción de níquel causaron estragos en las tierras indígenas, lo que provocó protestas y la criminalización del activismo. El Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial (CERD) advirtió al gobierno japonés sobre el impacto que tendría la construcción de una base militar estadounidense en Okinawa, y los líderes y lideresas indígenas protestaron por la financiación japonesa de proyectos en el extranjero que resultaban perniciosos. El gobierno de Malasia consideró posibles enmiendas para ampliar los derechos del pueblo orang asli y en Nepal se produjeron violentos enfrentamientos por las tierras ancestrales y la falta de transparencia en un proyecto de infraestructura. Las autoridades de Bangladesh mantuvieron detenidas a más de 62 de las 100 personas indígenas bawm arrestadas en 2024 y hubo informes que indicaban que se estaban produciendo muertes bajo custodia. El Parlamento de Nueva Zelanda aprobó leyes que menoscababan los derechos consuetudinarios de la población maorí. En Taiwán, las comunidades indígenas pingpu obtuvieron una protección limitada de sus derechos culturales, pero seguían preocupadas por lo inadecuado del reconocimiento legal, y en la educación persistía una discriminación sistémica. Tailandia impulsó proyectos que amenazaban los medios de vida de las comunidades indígenas y aprobó un proyecto de ley que no reconocía la condición de indígena.
La discriminación basada en la ascendencia seguía afectando a las comunidades marginadas. En India, los planes para realizar un censo de castas se estancaron, lo que dejó sin resolver las desigualdades estructurales. En Nepal, las comunidades dalits siguieron enfrentándose a una exclusión social arraigada y a obstáculos para acceder a la justicia. En Pakistán, la arraigada discriminación por motivos de casta y religión siguió relegando a quienes trabajaban en el sector del saneamiento —en su mayoría personas cristianas dalits— a empleos peligrosos e inseguros sin protección jurídica.
La discriminación por motivos de discapacidad continuó siendo generalizada. En Corea del Norte, las personas con discapacidad se enfrentaban a una exclusión sistémica de la educación, la asistencia médica y el empleo. Se denunciaron casos de internamiento forzoso en instituciones. Taiwán siguió careciendo de una ley integral contra la discriminación, por lo que las protecciones eran fragmentadas y débiles. En Japón, aunque la ley de indemnización a las víctimas de esterilización forzosa supuso un avance, las barreras sistémicas y la escasa sensibilización seguían obstaculizando la justicia.
Los gobiernos deben proteger las tierras indígenas, abstenerse de realizar declaraciones discriminatorias, combatir los estereotipos, adoptar y aplicar leyes antidiscriminatorias eficaces, así como garantizar la igualdad de acceso a la educación y el empleo y la rendición de cuentas de los sistemas judiciales.