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Aida, Selma, Tina y Dzenita tienen entre diez y once años en febrero de 1994

Aida, Selma, Tina y Dzenita tienen entre diez y once años en febrero de 1994. Suelen jugar juntas en la calle a 300 metros de las posiciones de los sitiadores en la llamada primera línea del frente en Sarajevo. © Gervasio Sánchez

Saquen mi cuerpo de la guerra

24 de noviembre de 2021 – Texto y fotografías: Gervasio Sánchez, fotógrafo y periodista especializado en conflictos armados y colaborador del Heraldo de Aragón

Coincidiendo con el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia de Género, el fotógrafo y periodista Gervasio Sánchez publica Violencias.Mujeres.Guerras en la editorial Blume con el apoyo del Instituto Aragonés de la Mujer y el Pacto de Estado contra la Violencia de Género. El libro recoge 90 imágenes tomadas por el autor entre 1984 y la actualidad en 25 conflictos armados y graves crisis humanitarias en cuatro continentes.

Hace 13.400 años ya se mataba indiscriminadamente. Investigadores del Museo Británico y las universidades de Burdeos y Toulouse han publicado este año un estudio sobre un cementerio de finales del Paleolítico encontrado al norte de Sudán. El 75% de los restos humanos muestran lesiones de ataques violentos.

Hace cinco años, en enero de 2016, la antropóloga forense Marta Mirazón de la Universidad de Cambridge publicó un informe demoledor sobre una matanza en el lago Turkana (Kenia) ocurrida hace 10.000 años. Entre los restos recuperados de 27 personas había seis niños pequeños y una adolescente. Uno de los esqueletos pertenecía a una mujer que “estaba semisentada con las rodillas fracturadas, dobladas en un ángulo imposible, rodeada de peces”, que podría haberse ahogado al no poderse podido levantar después de ser herida.

Hace tres años una investigadora sueca encontró en un precioso paraje de su país diez cráneos de mujeres y hombres de hace 8.000 años atravesados por una pica. Entre sus conclusiones desvelaba que habían sido torturados antes de morir.

Hace poco más de un año un estudio publicado en la revista Nature anunciaba que se habían encontrado los restos de nueve miembros de una misma familia (entre ellos cuatro niños) asesinados en pleno Neolítico hace 7.300 años en la cueva de Els Trocs, en el Pirineo de Huesca.

La guerra, la violencia y el ensañamiento circulan por nuestros genes desde hace milenios. Por mucho que rebobinemos la historia es difícil encontrar un periodo pacífico de la humanidad. A lo largo de mi vida profesional, en las últimas cuatro décadas, casi toda persona que he encontrado en plena ebullición bélica me ha demostrado que prefiere matar antes que morir.

Cuando todo se desmorona y los puentes de convivencia se resquebrajan aparece la sed de violencia insaciable del ser humano. Ni siquiera es necesario que haya armas automáticas para que se desate una matanza o un genocidio, como el ocurrido a finales del siglo XX en Ruanda. En apenas un trimestre escolar, entre abril y junio de 1994, casi un millón seres humanos fueron liquidados, la mayoría a machetazos por vecinos con los que habían acudido hasta días antes a los mismos lugares de culto, mercados o colegios.

Las razones de cada guerra son distintas. Las víctimas se acumulan como ejércitos de ceros. Los combatientes se vuelven insensibles al dolor ajeno. Las sociedades retroceden décadas y recuperan enfermedades que ya estaban superadas. El dolor se pertrecha entre las entrañas de la sociedad herida y cabalga como los jinetes del Apocalipsis que nunca descansan.

“La guerra no es más que un asesinato en masa, y el asesinato no es progreso”, escribió el historiador, político y poeta francés Alphonse de Lamartine en la primera mitad del siglo XIX. Como la guerra es el periodo de mayor desigualdad que puede sufrir una sociedad, las desigualdades se multiplican durante el tiempo que dura la violencia.

Mawj al Obaidi fue herida la madrugada del 7 de abril de 2003 en un bombardeo estadounidense durante la invasión de Iraq. Aviones estadounidenses A10 Thunderbolt lanzaron misiles Mawerick y Sidewinder y ametrallaron con proyectiles perforantes de 30 milímetros las casas de la aldea Yilata, situada en los alrededores de Bagdad, en una zona desmilitarizada colindante con el rio Tigris, y provocaron la muerte de 16 civiles, incluido un bebé de siete meses, y heridas a otras cuarenta personas. © Gervasio Sánchez

Si eres hombre o niño sufres sin que dependa de tu condición económica o de tu edad. ¿Pero qué pasa si eres una mujer o una niña? La ración de sufrimiento que ingerirás será aún más brutal y letal porque los combatientes siempre utilizan al sexo femenino como carne de cañón sin importar que las mujeres que violan o matan se parezcan a sus seres más queridos.

No es igual ser mujer que hombre en una guerra, una hambruna o una epidemia. En las catástrofes bélicas hay violencias específicas contra las mujeres o las mujeres las viven de una manera distinta. Siempre hay un sufrimiento extra. Si pisa una mina antipersona a menudo será abandonada por su marido. En Angola o Mozambique simplemente se van de casa porque “mi mujer ya no es completa”, como escuché en innumerables ocasiones en ambos países.

Los desaparecidos son casi siempre varones. Son secuestrados, trasladados a lugares secretos, torturados, asesinados y enterrados en fosas comunes clandestinas o lanzados al mar. Las mujeres, madres, esposas o hijas son las encargadas de buscarlos durante años y décadas. A veces durante toda la vida. Otras, por generaciones.

He conocido mujeres que perdieron a sus seres queridos cuando eran muy jóvenes y nunca han vuelto a tener una relación amorosa. Otras han tenido que defender al marido desaparecido que la maltrataba y le pegaba antes de ser secuestrado. No son viudas, ni divorciadas. Siguen casadas con un desaparecido, aunque sepan que nunca lo encontrarán. Los hombres, en cambio, no tienen tantas dificultades para rehacer sus vidas y formar una nueva familia. Cuando han pasado décadas de sacrificios es perfectamente razonable afirmar que la mujer que busca y lucha por la memoria de la víctima ha sufrido un tipo de violencia aún más execrable que la del ser querido desaparecido.

En las crisis de refugiados son las mujeres las que se tienen que hacer cargo de los hijos más pequeños. Llevarlos en brazos o cargados en la espalda es lo habitual cuando se produce una gran desbandada. La malnutrición infantil se dispara y son las mujeres o las niñas las que deben recorrer largas distancias para encontrar agua o alimentos en lugares desconocidos. Los niños mueren de hambre, cólera, malaria, tuberculosis casi siempre en brazos de sus madres. Es posible que el padre esté trabajando o buscando sustento, pero es la madre la que sufre el trance de ver morir a su pequeño.

Una madre poliomielítica con su pequeña hija a cuestas en la angoleña Kuito, una ciudad destruida, irreal o inventada como la Macondo de Cien años de soledad, de Gabriel García Marquez o la Canudos de La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa. Kuito (Angola), abril de 1997. © Gervasio Sánchez

En muchos países los niños son secuestrados a edades muy tempranas, algunos menores de 10 años. Los varones son convertidos en soldados y se les prepara para hacer sufrir, amputar, violar o matar. A las niñas se las convierte en esclavas sexuales. Los niños pueden sufrir un maltrato a base de golpizas o castigos. Las niñas son sistemáticamente violadas, muchas veces en grupo, en ocasiones hasta la muerte.

La violencia más humillante es la violación. Pero las mujeres también sufren prostitución forzada o esclavitud sexual. Son prácticas horrendas. Son crímenes de lesa humanidad, graves violaciones del derecho internacional humanitario. En Colombia documenté casos de violación para una campaña con un eslogan muy explícito: "Saquen mi cuerpo de la guerra".

Todos los actores armados, es decir, soldados y policías gubernamentales, paramilitares de derecha y guerrilleros de izquierda, utilizaban la violación como un arma de guerra. Conocí algunas mujeres y menores que habían sufrido asaltos sexuales por parte de distintos grupos armados como si los combatientes necesitasen plagiarse unos a otros en un concurso de brutalidades.

En 2011, quince mujeres indígenas de Guatemala denunciaron el brutal trato recibido por soldados del ejército regular a principios de la década de los años ochenta. Durante seis meses fueron detenidas, violadas y esclavizadas. El caso causó un gran revuelo y se convirtió en la primera condena en el mundo por un delito de esclavitud sexual durante un conflicto armado, en un país donde la violencia sexual formó parte de una estrategia deliberada.

A pesar de que la violencia sexual se utiliza de manera generalizada como arma de guerra desde hace siglos o milenios, ha habido que esperar casi al final del primer decenio del siglo XXI para que se reconociese como un crimen contra la humanidad.

Durante la Segunda Guerra Mundial, “el desprecio que sentían muchos soldados alemanes por los Untermenschen («subhumano» en alemán, término empleado por la ideología nazi para referirse a las personas inferiores) orientales cuando invadieron la Unión Soviética contribuyó sin duda al trato despiadado que recibieron las mujeres ucranianas y rusas”, recuerda Keith Lowe en su fantástico libro Continente salvaje. “Cuando cambió la situación y el Ejército Rojo avanzó sobre Europa central decenas de miles de mujeres de origen aleman fueron violadas y luego asesinadas en una orgía de violencia ciertamente medieval”, cuenta Lowe.

Las mujeres alemanas dieron a luz a entre 150.000 y 200.000 “niños extranjeros”, una parte considerable como resultado de embarazos tras ser violadas por soldados aliados. Entre 50.000 y 200.000 húngaras fueron violadas por soldados soviéticos. Hasta al menos el año 1948 el mayor peligro para las mujeres y las menores en las zonas ocupadas por los Aliados era ser violadas por soldados pertenecientes a los países que derrocaron al régimen nazi.

Una niña deportada llora tras cruzar la frontera entre Kosovo y Albania. La deportación masiva de la población albanokosovar, ordenada por Slobodan Milosevic tres días después de iniciarse los bombardeos de la OTAN sobre las fuerzas serbias en Kosovo, obliga a un millón de personas a refugiarse en Albania, Macedonia y otros países vecinos. © Gervasio Sánchez

No fue hasta la Cuarta Convención de Ginebra de 1949 cuando se mencionó la violación por primera vez, aunque no se la consideró un crimen de guerra grave. Y hubo que esperar a la creación de los tribunales internacionales que juzgaron los genocidios de Bosnia-Herzegovina o Ruanda en los años noventa para que se castigase la violencia sexual con más severidad.

Fue en junio de 2008 cuando el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó la Resolución 1820​ que señalaba que "la violación y otras formas de violencia sexual pueden constituir crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad o un acto constitutivo con respecto al genocidio". Por fin, desde diciembre de 2010, hace apenas una década, la Resolución 1960 exige la persecución de los responsables de actos de violencia sexual.

A lo largo de mi vida profesional he tenido que entrevistar a mujeres o menores violadas en Bosnia-Herzegovina, Sierra Leona, Colombia, Guatemala, Chile, Perú, El Salvador, Angola, Afganistán, Irak. Verdaderamente no hay situación más dura para un periodista. Incluso con el beneplácito de la víctima, este tipo de entrevistas te preñan de dolor y constituyen un descenso a los infiernos en medio de la fragilidad y la desesperación. Muchas mujeres deben ocultar el horror vivido a sus propios maridos para evitar ser abandonadas o acusadas de no haberse resistido hasta la muerte.

Violeta Berrios, pareja del taxista y comerciante Mario Argüelles, Vicky Saavedra, hermana del estudiante José Gregorio Saavedra González, fusilado con 17 años, y una mujer familiar del mecánico José Rolando Hoyos Salazar, muestran fotografías de sus seres queridos en la fosa clandestina en la que fueron enterrados a 14 kilómetros de Calama, en pleno desierto de Atacama, al norte de Chile, tras ser ejecutados extrajudicialmente en octubre de 1973. © Gervasio Sánchez

Las imágenes han sido tomadas en 25 conflictos armados, dictaduras militares o crisis humanitarias. Pertenecen a nueve países africanos, siete latinoamericanos, cinco asiáticos y cuatro europeos. La imagen más antigua fue tomada en octubre de 1984 en Guatemala y la más reciente en junio de 2017 frente a la costa de Libia en el Mediterráneo central.

Abarca un periodo de tiempo de más 35 años de mi vida profesional. Desde que cumplí mis 25 años hasta los más de sesenta actuales. Desde que era el más joven de los fotógrafos y periodistas que cubría conflictos armados hasta convertirme en uno de los más veteranos.

Toda una vida viendo al ser humano atrapado en guerras cuyas causas desconoce y cuyas consecuencias sufrirá durante toda su vida y, quizá, hereden sus hijos y nietos, y donde la piedad, la conmiseración y la empatía no existen. Viendo a la mujer adulta y a la menor golpeadas por la violencia generalizada y sometida a prácticas específicas que las deja marcadas para siempre.

Siempre he creído que es fundamental documentar la lucha de las mujeres por la dignidad y la libertad en aquellos países con niveles de intransigencia espeluznantes, aunque muchas veces mi trabajo se reduzca a verlas sufrir y morir. Historias de vida inconclusas que han agrietado mi carácter, me ha vuelto más pesimista y menos contemporizador.

Algunas personas como las chilenas Ana González o Inelia Hermosilla fallecieron sin encontrar a sus seres queridos desaparecidos. De otras no conozco su paradero. En algunos casos sé que murieron de inanición o bajo las bombas. Las mayores eran muy jóvenes cuando yo empecé a documentar sus historias. Las medianas eran niñas cuando acudí por primera vez a sus países.

La ejemplaridad de las mujeres en las situaciones más violentas y absurdas me permiten seguir creyendo que no todo está perdido, aunque a veces sea difícil distinguir un ápice de esperanza en plena catástrofe.