Amnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsAmnesty IconsCovid IconsCovid IconsCovid IconsCovid IconsCovid IconsCovid Icons
Actuamos por los derechos humanos
en todo el mundo

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Quiero hablar del SÍ

17 de febrero de 2020 – Fotografías: © María Platero – Texto: Mireya Cidón (@MNodic), Amnistía Internacional

Quiero hablar de sexo. Ponerlo sobre la mesa. Abordarlo sin tapujos, sin matices, sin excusas. Quiero expresar lo que siento y deseo, sin miedo y sin presiones. Quiero hablar del sí y también del no. Quiero hablar de empoderamiento, de valentía, de objetivos claros. Quiero hablar de respeto y confianza. De sinceridad, autoestima y aplomo. De no tener miedo, de respetar la voluntad. Quiero hablar de firmeza y seguridad. Quiero hablar del consentimiento.

Quiero hablar del SÍ

Cuando planteé la sesión fotográfica para este artículo invité a hombres y mujeres jóvenes. Les expliqué que formarían parte de un reportaje sobre consentimiento sexual y que durante la sesión de fotos hablaríamos sobre sus opiniones y experiencias. A la llamada acudieron cuatro mujeres y un hombre. Solo uno.

Cuando les pregunté qué es una relación consentida parecían estar de acuerdo. Más o menos me respondieron que es aquella que es recíproca, respetuosa y libre. Una en la que no media coacción, manipulación o engaño. Un deseo que se exterioriza y un beneplácito que se otorga con anterioridad al acto y durante el mismo.

Hasta aquí el consenso era unánime. El ambiente, tranquilo. Pero cuando fui un paso más allá, comenzaron las interpretaciones. Apareció la palabra manipulación. También egoísmo y, en ocasiones, abuso de poder. Emociones como el miedo comenzaron a aflorar en la conversación. La culpa, la vergüenza, el rechazo, el deseo… No faltó la indecisión.

“Nos venden que la gente siempre quiere tener sexo. Y no es verdad”, me dijeron.

Por eso es importante que desarrollemos la empatía y el respeto por los deseos y sentimientos de los demás.

“¿Miedo a qué?”, preguntaba el chico.

“Miedo... a tantas cosas”, contestaban ellas.

Miedo al sentimiento de culpa por haber consentido inicialmente y cambiado de idea después. Miedo a dejar de agradar en un mundo en el que las mujeres aprenden que deben complacer al hombre.

Miedo al rechazo o al enfado de la pareja, a que la relación se torne violenta. Miedo a no estar a la altura, a la humillación. Miedo a la vergüenza.

“Miedo a ser juzgados”, respondió él. “A no tener nuestro mejor día, a no saber expresarnos, a decir las palabras equivocadas…”.

Miedo también a no saber interpretar las señales. Miedo a insistir demasiado...

Con lo fácil que es escuchar, hablar y respetar. Sí es sí. No es no.

Es fácil escuchar historias en las que un fallo de comunicación hizo que un encuentro sexual se produjese sin ser deseado.

“Conozco casos de amigas que siguieron adelante porque sintieron la presión de hacerlo. Después, el eterno complejo de culpa. Te arrepientes de ese encuentro, de haber cedido”.

Evitar el consentimiento porque resulta incómodo hablar sobre ello conduce a la misma incomodidad que se está intentando evitar y, de nuevo, al sentimiento de culpa.

Los hombres también sienten pesar. Algunos por haber fallado en el acercamiento sexual. Otros, los más sensibilizados, por haberse obstinado. “Por ser unos malditos pesados”.

Lograr que hombres y jóvenes hablen sobre el concepto de masculinidad es otro reto a conquistar. Se debe generar conciencia sobre el consentimiento.

Hay formas no verbales de expresar aprobación: desde las miradas a ciertas reacciones corporales, movimientos, sonidos y gestos faciales. Todo ello nos hace saber si la persona se siente tensa, asustada o inquieta. Aceptar una invitación, entablar una conversación, salir a cenar… no es un vale para tener sexo. Y la eterna excusa de “recibí señales confusas", ya no sirve.

Los hombres tienen que aprender a aceptar el rechazo y las mujeres que decir “sí” no les quita el derecho a decir “no”.

El modelo social descarga en ellas la responsabilidad de establecer límites a los avances masculinos, naturalizados y aceptados culturalmente.

Es el estilo italiano”, me dicen. “La técnica del desgaste. Insistir hasta que dicen 'sí'. Entre nosotros hay una especie de competición. La hombría se mide todavía por el número de encuentros sexuales y tenemos que poner en práctica la técnica del vencedor”.

Las chicas solemos fingir que uno de nuestros amigos es nuestro novio. También podemos fingir que lo es una amiga, pero eso es casi peor... Lo sorprendente es que el acoso se detiene cuando piensan que somos 'propiedad de alguien'. Si tenemos novio dejan de insistir… No nos respetan a nosotras. Se respetan entre ellos”.

Hoy en día la competitividad también se traslada al terreno sexual. Hay que ser un as en todo, también en la cama. Eso genera presión, miedo, vergüenza…

El temor a no estar a la altura, la timidez de compartir complejos físicos o de tener que superar una educación sexual muy restrictiva condiciona a la hora del consentimiento.

La vergüenza de preguntar si se quiere seguir adelante. El bochorno de no conocerse lo suficiente, de no atreverse a pedir, de no verbalizar las prácticas que se desean. El pudor al hablar de sentimientos o de opiniones, del qué dirá si me niego “ahora que estoy en su casa”... La vergüenza de establecer necesidades y límites. Y la falta de ella cuando me confiesan que prefieren “pedir perdón, que pedir permiso”.

En el sexo, como en todo, es importante un ambiente libre de tabúes con preguntas que puedan ser formuladas. Se trata de desarrollar habilidades para que la comunicación sobre los deseos y las líneas rojas sea cómoda y sincera.

El consentimiento se puede retirar. Se puede cambiar de idea en cualquier momento, incluso parejas que ya hayan mantenido relaciones sexuales antes. Nunca es demasiado tarde para dejar de hacer algo que no se desea. Decir que sí cuando apetece es sano. Decir que no, cuando no se quiere, es fundamental.

La duda también es una opción y debe respetarse.

Consentir es una decisión personal y puede oscilar. Por ello es tan importante el conocimiento personal y el diálogo. Ambos forman parte de la base porque, muchas veces, lejos de pedirse el consentimiento, este se da por sentado.

Muchas mujeres acostumbran a ceder por el placer y voluntad de sus parejas hasta el punto de anular sus deseos. Otras no expresan sus dudas por no incomodar o enfriar el ambiente. Los hombres, por su parte, por no perder una oportunidad. Es fácil difuminar los límites del consentimiento sexual. Culpar a unas personas y exculpar a otras.

Debemos reconocer y validar nuestros sentimientos y respetar los pensamientos y deseos de los demás.

¿Qué deseamos en un encuentro? ¿Qué buscamos o pedimos? ¿Sabemos lo que queremos y con quién? ¿Estamos seguros de respetar lo que la otra persona quiere?

No se rompe ningún hechizo por preguntar o hablar abiertamente sobre el deseo. La comunicación también es erótica y puede formar parte del juego.

Esta emoción debe ser compartida. No se debe permitir una relación sexual. Se debe desear.

El consentimiento es esa herramienta desde la que se decide lo que se quiere y lo que no. Es un reequilibrio del poder en un mundo donde las mujeres no son cuerpos faltos de deseo ni están para satisfacer los anhelos del hombre.

Con la igualdad se pone fin a una cultura que les ha inculcado la obligación de agradar y les permite poner en práctica su derecho a la aceptación y al rechazo. Porque, a pesar de ciertas resistencias, las mujeres tienen voluntad y tienen voz. Las mujeres saben lo que quieren. Solo hay que preguntar.