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Morsi se mira al espejo y ve a Mubarak. Mural satírico. © Rocío Lardinois/AI

La muerte anunciada de Mohamed Morsi

Rocío Lardinois, activista de Amnistía Internacional España, 

Rocío Lardinois, activista de Amnistía Internacional España

“Mohamed Morsi ha muerto”, leo en las redes sociales. Me estremezco. “Bueno, ¿y qué? Lo que le haya pasado es poco”, me comenta un amigo egipcio. “Nadie merece ser tratado así”, le digo. No importa que estuviéramos en desacuerdo con los Hermanos Musulmanes. Me lo reprocharon muchas veces tras la caída de Morsi: “un año criticando a los Hermanos Musulmanes y ahora los defiendes”.

La represión es generalizada en Egipto; los Hermanos Musulmanes se llevan la peor parte. Cuando se violan los derechos humanos, hay un mandamiento, incuestionable. No callarás.
Es una muerte anunciada; la prensa egipcia le dedica solo unas líneas. Mohamed Morsi fue el primer presidente civil de Egipto y el único elegido en unos comicios pluralistas. Llevaba en prisión desde que su ministro de defensa, el General Abdel Fattah al-Sisi, hoy presidente de Egipto, lo destituyera el 3 de julio de 2013. Morsi permanecía recluido en condiciones infames, en la prisión de máxima seguridad de El Escorpión. Aislado de los demás presos, solo se le permitía salir de su celda una hora al día. La reclusión continuada en aislamiento es una forma de tortura. Había solicitado a los jueces asistencia médica; no se la dieron. En seis años, solo vio a su familia tres veces. Se pasaba las horas muertas sin actividad; en las audiencias, había pedido que le permitieran recibir libros. Llevaba seis años alimentándose a base de latas de conservas. Dormía en el suelo, sobre el cemento.

Encadenaba un juicio sin garantías tras otro. No hay fotos recientes; la última que he encontrado es de 2017; se le ve muy desmejorado. Asiste al juicio desde la jaula acristalada de los acusados. Más adelante, las vistas fueron a puerta cerrada. Su abogado ya no podía verlo; los cristales eran ahumados. Mohamed Morsi se quejaba de que no podía seguir las deliberaciones. La jaula estaba insonorizada; no oía a los testigos; no podía contestarles. No se le permitía comunicar con sus abogados.

“Tal vez con un gobierno de unidad nacional, las cosas serían hoy diferentes, quién sabe”, pienso. Cuando Mohamed Morsi salió elegido en junio de 2012, Egipto estaba dividido, como ahora. Revolucionarios, antiguo régimen, islamistas, naseristas, liberales, todos hablaban en nombre del pueblo y la revolución, pero tenían percepciones contrapuestas de lo que debía ser el país.

Con trece aspirantes a la presidencia, la mayoría no sabía a quién votar. En la segunda vuelta, quedaron como contendientes el general Ahmed Shafiq y Mohamed Morsi, el antiguo régimen frente a los Hermanos Musulmanes. Los jóvenes revolucionarios llamaron a votar por Morsi.

“Nos vamos a la fiesta por Morsi”, me dijeron mis amigos. “No votasteis por él”.Es un día histórico. Lo mismo lo hace bien”. “¿Puedo acompañaros?”. “Estás loca, ¿y si pasa algo?” Desde la otra orilla, miré los fuegos artificiales de la plaza Tahrir. No imaginábamos que un año después Mohamed Morsi sería detenido y la masacre de Rabaa al-Adawiya, en la que murió un millar de partidarios suyos, cambiaría Egipto y nuestras vidas para siempre.  

Se refiere a la fiesta por la elección de Morsi en Tahrir. Se abrió la camisa para mostrar que no llevaba chaleco antibalas. Dijo entonces la famosa frase: "seré el presidente de todos los egipcios".

Morsi se abre la camisa y aparece el logo de los Hermanos Musulmanes con la palabra mentiroso. El mural satírico hace referencia a la fiesta por la elección de Morsi celebrada en la plaza Tahrir. Durante la ceremonia se abrió la camisa para mostrar que no llevaba chaleco antibalas y pronunció su célebre frase: "seré el presidente de todos los egipcios".

El periodo de gracia no duró mucho. “Veamos lo que hace. Démosle una oportunidad. Al menos no es un corrupto”, se decía. Muchos habían puesto el listón demasiado alto. Pensaban que bastaba con un nuevo gobierno para que Egipto saliera de la crisis. “Ya verás, se creará empleo, volverán los turistas y los inversores”. El milagro no se producía. Y la gente empezó a decir: “la culpa es de los Hermanos Musulmanes”.

Nada más entrar en funciones, las televisiones vaticinaron su fracaso. Los canales privados, en manos de empresarios que habían hecho fortuna con Hosni Mubarak, despellejaban al presidente. La propaganda no daba tregua.

Morsi había ganado las elecciones, pero el poder estaba en otro lado. Era presidente porque el ejército se lo había permitido. Renovó la cúpula militar, colocando al general Abdel Fattah al-Sisi al frente de las fuerzas armadas y del ministerio de defensa. Un año después, al-Sisi se levantaría contra el presidente, convirtiéndose en el salvador nacional.

Para sellar su alianza con el ejército, Morsi proclamó una “declaración constitucional” que le otorgaba amplios poderes y blindaba a los militares. Había sido elegido con votos prestados; con esta medida perdía aquellos apoyos. En la plaza Tahrir, una pintada mostraba a Morsi de espaldas, mirándose en un espejo, pero la cara que se reflejaba era la de Hosni Mubarak. “El nuevo faraón”, así lo presentaban las caricaturas.

Había prometido ser el presidente de todos los egipcios y lo incumplía. La nueva constitución no había sido consensuada. Cuanto más crecía la oposición a su gobierno, más se polarizaba el discurso político. Las cadenas de televisión que le eran afines demonizaban a los adversarios. Se estaba quedando solo y no se daba cuenta.

Las malas noticias se enredaban como las cerezas. Las reservas de divisas menguaban. La inflación nos agujereaba los bolsillos. Egipto estaba casi en quiebra; no podía pagar las importaciones. Las multinacionales energéticas se quejaban de los impagos del gobierno de Morsi. Sufríamos cortes de electricidad varias veces al día. Había colas interminables de coches en las gasolineras. Los estados benefactores, como Arabia Saudí, solo querían la caída del gobierno. Las instituciones financieras internacionales imponían condiciones draconianas a cambio de préstamos. Murieron manifestantes. El gobierno daba bandazos; proponía una medida y se desdecía. La economía se hundía. “La culpa es de los Hermanos Musulmanes”. Los turistas evitaban Egipto. El país se desmoronaba como un azucarillo en una taza de té hirviendo. “La culpa era de los Hermanos Musulmanes”.

A finales de junio de 2013, un año después de su elección, manifestaciones multitudinarias exigieron la dimisión de Morsi. El ministro de defensa al-Sisi le dio un ultimátum, pero se negó a dimitir. “Soy el presidente legítimo”, repetía. Unos días después, fue detenido junto a sus colaboradores más cercanos. “Los Hermanos Musulmanes son ahora la oposición y han de ejercer esta nueva función con responsabilidad y respeto por la voluntad popular”, repetían las televisiones, siguiendo un mismo guion.

“Si amas a tu país, a tus hijos, si temes por el futuro, baja a la calle”, coreaban las emisoras de radio y televisión. Mientras unos gritaban en la plaza Tahrir “Que Dios bendiga a al-Sisi”, los partidarios de Morsi exigían su regreso en la plaza de Rabaa al-Adawiya.

El 3 de noviembre de 2013, empezaba el primer juicio contra Morsi; hubo muchos más. Desde hacía cuatro meses, no había noticias. La prensa internacional solo hablaba de Morsi cuando se dictaba sentencia. “El presidente depuesto, condenado a muerte”, decían los titulares. Le conmutaron la pena, pero las condiciones de encarcelamiento eran fatales para un enfermo de diabetes, como él.

En un informe elaborado por parlamentarios británicos en 2018, se recogen las transcripciones de uno de los juicios. “Necesito tratamiento médico para controlar los niveles de azúcar”, pide Morsi. Ha perdido la vista del ojo izquierdo. Pide al tribunal que permita a su familia llevarle alimentos y medicación, como establece el reglamento penitenciario. Tiene las encías inflamadas; pierde varios dientes. Vuelve a pedir asistencia médica y se le deniega. “Las condiciones de reclusión de Mohamed Morsi –concluye el informe– conducirán previsiblemente a su fallecimiento”.

Amnistía Internacional exige una investigación independiente sobre el trato que se le dio en prisión. En Egipto, preferirían que esta corriera a cargo de algún órgano de la ONU.

La denegación de asistencia médica es una práctica habitual en las cárceles egipcias. Temo que muy pronto esté escribiendo sobre otra muerte anunciada. Los medios de comunicación internacionales se olvidarán pronto de Mohamed Morsi y dejarán de hablar de Egipto. Nosotros, no. El silencio mata; conduce a la impunidad. Ante las violaciones de derechos humanos, solo hay una opción: “no callarás”.

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*Este post se basa en informes de Amnistía Internacional y otras organizaciones de derechos humanos, pero también es un testimonio personal sobre lo que se vivió en Egipto durante el año de gobierno de Mohamed Morsi.