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© AI. Marcha por el Día Internacional de la Mujer que tuvo lugar en Kiev, el 8 de marzo de 2020 © AI

¿Qué rol desempeña el lenguaje inclusivo en la batalla por la igualdad?

Por un lenguaje inclusivo, la nueva senda de la RAE

Por Iciar López Yllera, colaboradora de Amnistía Internacional, 

El “oleaje feminista” que encarna la lucha por la erradicación de la violencia contra las mujeres -compartida por Amnistía Internacional, desde la primera campaña impulsada sobre el tema en 2004- ejerce un papel protagonista en nuestros días. Pero el monstruo de la violencia machista tiene muchos rostros.

Imposible desconocer el auge de las violaciones “en manada” de nuestro país, el encarcelamiento de defensoras de los derechos humanos como Loujain al-Hathloul en Arabia Saudí, la mutilación genital femenina practicada en algunos países o la violencia sexual en contextos de guerra… Siendo estas tan sólo algunas de sus formas más visibles.

Y quizás en un primer momento podría parecer que el lenguaje que utilizamos no tiene nada que ver con esto, que no afecta a la realidad de discriminación y violencia hacia las mujeres que vivimos. Sin embargo, ¿qué duda cabe de que también a través de lo simbólico puede ejercerse violencia? Un lenguaje y una cultura que invisibilizan a las mujeres como sujetos políticos, al no reconocer sus propias experiencias y necesidades, pueden implicar consecuencias tan graves como la negación de la titularidad de sus derechos mismos, lo que dejaría desatendida a la mitad de la población.

Entonces, ¿qué rol desempeña el lenguaje inclusivo en esta batalla por la igualdad? Podría decirse que es la estrategia feminista generada para combatir al sexismo lingüístico. Y pese a las feroces voces defensoras de la “supuesta inmutabilidad del lenguaje”, y de aquellos detractores de la lucha feminista, se ha logrado un consenso social suficiente como para que el actual gobierno de España haya tenido que plantearse su posición al respecto. Cambio que pudimos apreciar en la misma toma de posesión de vario/as ministro/as, que aludían al “Consejo de Ministros y Ministras” simultáneamente o empleaban cualquiera de las dos fórmulas. Este es el motivo por el cual surge el sonado informe de la Real Academia Española del pasado mes de enero, cuyas conclusiones pueden sernos útiles y que aquí trasladamos.

Y es que, puesto que tradicionalmente la RAE ha servido precisamente para justificar las posturas detractoras del uso del lenguaje inclusivo, hemos de aprovechar lo que consideramos que ha sido una apertura y evolución internas de esta “opinión autorizada”, para legitimar nuevamente nuestras demandas igualitarias. Máxime cuando el informe en cuestión versa sobre la pertinencia de introducir el lenguaje inclusivo en un texto tan fundamental para la ciudadanía, como lo es la Constitución Española. Modificación que, por otra parte, lleva la UNESCO recomendando hacer a todos sus Estados miembro, desde un ya remoto 1992.

¿Qué conclusiones del informe de la RAE nos parecen destacables?

  1. El reconocimiento de la corrección gramatical, no sólo del uso del masculino genérico, sino también del desdoblamiento de masculino y femenino, y de la explícita mención del femenino. Ejemplo: el empleo de “la sociedad española”, en lugar de “los españoles” o añadir a este “las españolas”. Postura esta que seguimos en Amnistía Internacional como requerimiento de la defensa de los derechos humanos de las mujeres.
     
  2. Caso excepcional de casi obligada mención femenina: los vocativos. Es decir, cuando nos dirigimos a un auditorio, con fórmulas estereotipadas como “señoras y señores” o “damas y caballeros”. Aquí parece innegable la violencia simbólica que se ejercería al no aludir a las mujeres presentes.
     
  3. La redacción constitucional y sus posibles cambios no dependen de la RAE, sino de la voluntad de quien legisla. El progreso hacia una posición más igualitaria e inclusiva, es una cuestión política, no jurídica ni lingüística.
     
  4. Se democratiza la percepción de la función de la propia RAE como mero testigo de los usos lingüísticos generalizado. Este criterio cuantitativo otorga la responsabilidad de determinar las normas lingüísticas a nuestra comunidad de hispanohablantes. De hecho, cada vez permea más un empleo masivo del lenguaje inclusivo, desde ámbitos académicos o en los propios medios de comunicación, haciendo también uso de alternativas más ambiciosas, como lo sería el femenino en genérico, entre otras.

A pesar del extendido balance negativo que algunos medios han hecho del informe de la RAE, creemos que no es el único posible. La lectura del “rechazo” o “dictamen contrario” al lenguaje inclusivo, a nuestro modo de ver, estaría dejando pasar su potencial más emancipador. Su publicación revela ciertos avances en relación a las distintas posiciones del debate, que nos abren oportunidades inesperadas de alianza con esta autorizada institución. La RAE estaría contribuyendo (con independencia de que lo haga de manera intencionada o no) al empoderamiento ciudadano y debemos señalarlo: la sociedad es la única responsable de marcar su propio rumbo -en este caso a través del lenguaje- para dirigirse hacia un horizonte más o menos igualitario.

Sólo quedaría confirmar la postura que venimos defendiendo ya desde hace años en Amnistía Internacional y que hace suyo el lenguaje inclusivo. Más aún cuando, al ampliar la mirada hacia organismos internacionales, vemos el retraso político de nuestro país. Desde hace más de treinta años la UNESCO lleva impulsando este cambio lingüístico –generando órganos y herramientas específicas– en la búsqueda por ganar una igualdad que no sea meramente formal, sino real.

Así pues, nos corresponde continuar la lucha contra el machismo a cualquiera de sus niveles. También en el lingüístico. Como organización proactiva del cambio social e impulsora de los derechos humanos de todas las personas, desde Amnistía Internacional, nuestro criterio es la lucha contra las carencias de “lo existente”, trabajamos en la generación de un “deber ser” inclusivo e igualitario. La polémica del lenguaje inclusivo nos reformula una de nuestras vindicaciones fundamentales, esta vez recordándonos que el lenguaje puede cambiar, pero no va a cambiar solo.