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Marta es activista de Amnistía Internacional. @ Private

Mujeres contra el coronavirus (III)

TELETRABAJO, LLEVO UNA CASA, INTENTO EDUCAR A UN HIJO, HAGO LA COMPRA A MI VECINA...

Por Marta Málaga activista de Amnistía Internacional, 

Soy la cabeza (y el cuerpo) de una familia monoparental formada por, a saber, un adolescente y yo. Mi marido murió hace dos años y desde entonces lucho por asumir los dos roles, con sus obligaciones y sus derechos, algo tan complicado como absurdo. 

Así que, además del intento de encajar el tetris con una pieza menos, toca reeducar al retoño para que asuma alguna obligación, tarea que he ido retrasando con la excusa del duelo (el suyo y el mío).

Y hete aquí que nos viene una pandemia. Y un confinamiento. Y vuelvo a retrasar la reeducación para tiempos en los que no estemos juntos 24/7 porque, chica, discutir en estas circunstancias es lo último en lo que estoy pensando.

La semana pasada andaba yo teletrabajando cuando salió de su habitación y escuché desde el pasillo la única frase que no querría escuchar durante un confinamiento: MAMÁ, TENGO UN PROBLEMA. Cuando mi hijo dice esa frase te puedes ir preparando.  

Con sudores fríos me fui hacia él y le pregunté: 

- ¿Qué te pasa hijo?

- Que me ha salido un pelo en el ojo.

Aguantándome la risa por aquello de tener la fiesta en paz, intenté convencerle de que eso era imposible, fracasando estrepitosamente. Mi presbicia no ayudaba mucho cuando intentaba explicarle que podía ser una pestaña que se le había caído o se le había dado la vuelta, porque él estaba empeñado en que se veía el pelo NACER de un puntito negro en el ojo.

La cosa empezó a perder la gracia cuando le descubrí frente al espejo, pinzas puntiagudas en ristre, intentando sacarse el dichoso pelo. De repente me vi yendo a urgencias con el niño con el ojo en la mano.

Y el miedo se apoderó de mí. Miedo a que se hiciera daño, a que no me arrancara el coche, a que me parase la policía, a pisar un hospital, miedo a no dar la talla al fin y al cabo. 

En un intento desesperado, se me ocurrió pasarle la yema del dedo desde el lagrimal hacia el nacimiento de la nariz. Y sonó la flauta. Y la pestaña salió limpiamente.

- ¡Mamá, que me lo has quitado!

- Ya hijo, porque no te había crecido un pelo en el ojo. Era una pestaña que se había caído.

- ¡Que no, que se veía de dónde nacía!

Y como tengo muy presente mi empeño en no discutir durante un confinamiento, me callé y le di la perra gorda.

Y así es como mi hijo acabará contando a sus nietos que durante la pandemia de 2020 a él le creció un pelo dentro del ojo.

Marta es activista de Amnistía Internacional

Marta es activista de Amnistía Internacional. @ Private

Teletrabajo de 8 a 3 de la tarde, llevo una casa, intento educar a un hijo, hago la compra a mi vecina porque es muy mayor, coordino un grupo de mujeres que elabora batas con bolsas de basura para personal de residencias, en mis ratos libres trabajo por los derechos humanos y, entre tanto, lucho para que la soledad no me hunda en el barro.

Y tiro del carro. Las mujeres siempre, y durante las crisis mucho más, tiramos del carro. De muchos carros. En el espacio doméstico, pero también en el laboral y el social. Tengo una compañera de trabajo con 5 hijos que quiere volver a la oficina aunque sea vestida de astronauta. Una amiga teletrabajando con su madre enferma en casa, cuya jornada suele acabar a las 10 de la noche. Mis amigos hacen pan y mandan chistes sobre vivir encerrado con sus mujeres.

Y no veo que ningún medio masivo lo esté contando.