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María Teresa Rivera. © Carmen López/AI

María Teresa Rivera, condenada a 40 años de prisión por perder a su hijo

Por Mireya Cidón (@Mnodic), Amnistía Internacional, 

¿Alguna vez te has preguntado qué es la resiliencia? ¿Si conoces a alguien que lo sea? ¿Si lo eres tú? Algunas personas intentan serlo. Otras lo son.

María Teresa Rivera, una de las mujeres criminalizadas por emergencia obstétrica en El Salvador, lo es. Ella sufrió un aborto espontáneo en 2011 en un país donde la interrupción del embarazo está castigada con penas de hasta 50 años de cárcel. Una ley injusta que castiga a las mujeres más vulnerables del país.

“Sentí un dolor muy fuerte y la necesidad de ir al baño. Ahí fue cuando el niño se me fue. Yo miré a mi alrededor y vi que estaba bañada en sangre. Me desmayé”.

Poco recuerda María Teresa de lo que sucedió a continuación, salvo que la llevaron al centro de salud, donde fue detenida y esposada a la cama aún estando enferma. Los médicos la acusaron de haberse provocado un aborto. También la policía.
“Me decían que era una asesina, que había matado a mi hijo, cuando yo ni siquiera sabía que estaba embarazada. También me preguntaban con qué había cortado el cordón umbilical… Yo les miraba y les decía que no había cortado nada”.

A los pocos días, todavía mal de salud, con fiebre, sin medicinas ni abogado, María Teresa fue acusada de homicidio agravado y condenada a 40 años de cárcel. Allí, a las mujeres encarceladas por abortar, las llaman “asesinas, comeniños”.

Graffiti en una calle de El Salvador que defiende la inocencia de María Teresa

Graffiti en una calle de El Salvador. © AI

Huérfana con cinco años, violada con ocho

La historia de resiliencia de María Teresa comienza desde niña. Se quedó huérfana con solo cinco años de edad, tras la desaparición forzada de su madre durante la guerra civil de El Salvador. A esa edad tuvo que hacerse cargo de su hermano pequeño en uno de los países más violentos del mundo.

Sin dinero y sin apoyo tuvo que trabajar para poder comer por las noches una tortilla con sal y limón. Siguió yendo al colegio contra la voluntad de sus tías, pero haciendo caso de los consejos de su madre antes de ser detenida y desaparecida. Una noche a la salida, fue acorralada y violada en grupo. Violada y responsabilizada por ello. Por salir sola de noche, por no encerrarse en casa, por querer estudiar, por vivir en un país donde cada cuatro horas se comete una violación… y los culpables no rinden cuentas.

La cárcel

En la cárcel, María Teresa durmió en el suelo prácticamente un año. La sobrepoblación, la escasez de agua, la suciedad, las amenazas, el hambre... La convivencia con el resto de reclusas tampoco fue siempre buena.

Otras presas en su misma situación callaban para evitar insultos y discriminación. María Teresa las conoció tras ponerse en contacto con la Agrupación Ciudadana por la Despenalización del Aborto en El Salvador. Allí le hablaron del grupo de “Las 17”, otras mujeres encarceladas a consecuencia de la penalización total del aborto. También le hablaron de la campaña de Amnistía Internacional, que recogía firmas y presionaba a las autoridades para exigir su liberación inmediata.

“Las postales, las cartas, las palabras de aliento de personas de todo el mundo me ayudaron a seguir. En la cárcel hay mujeres por sufrir un aborto tras una violación, mientras los violadores están libres. En este país nos condenan por ser mujeres. Por ser pobres”.

Entre la condena y la absolución pasaron cuatro años y seis meses. Un tiempo eterno sin su hijo.

“La cárcel no solo castiga a la persona que está entre rejas, el castigo alcanza a toda la familia. Mi hijo era muy pequeño y lo último que deseaba para él era que estuviera lejos de mí. Padecía asma a consecuencia de una bronconeumonía y eso hacía que una semana estuviera bien y otra, mal. Sé que le tocó vivir la humillación y el hambre, también el peligro de los pandilleros (...). ‘Perdóname’, le dije, cuando le vi”.

María Teresa Rivera

María Teresa Rivera sufrió un aborto espontáneo y fue criminalizada por ello en El Salvador, su país natal. © Carmen López/AI

Libre y asilada en Suecia

Tras celebrarse un nuevo juicio, el juez determinó que la versión de María Teresa era cierta y anuló la sentencia. También obligó al Estado a indemnizarla, pero lejos de eso la fiscalía recurrió.

"Pensé en irme a Estados Unidos, caminando si hubiera sido necesario. Pero me ofrecieron la opción de participar en un seminario en Suecia y lo supe: era mi oportunidad”.

Nada más aterrizar en el país, María Teresa solicitó protección internacional a las autoridades suecas y, cinco meses después, se lo concedieron.

“Me dijeron que una condena a 40 años por abortar es tortura”.

Ahora vive junto a su hijo en Fors, una localidad a dos horas de Estocolmo y continúa con su activismo.

“Todo lo que tengo aquí es mi hijo, pero no he llegado para acomodarme y abandonar. Pienso en mis compañeras y sigo peleando para que no queden en el olvido. No son un número. Son personas inocentes víctimas de un país machista donde la religión tiene mucho peso. Seguiré luchando junto a organizaciones como Amnistía Internacional por esas mujeres que, tras la tragedia de perder un hijo, se enfrentan a décadas de prisión. Y mi compromiso lo mantendré hasta que la última de ellas sea puesta en libertad”.