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Joven manifestante. © Álvaro Cantillano / Amnesty International

Nuestros sueños pesan más que sus balas

Por Lyris Solís, 

Las juventudes nicaragüenses siempre nos hemos visto abrumadas por la historia que se repite en el país a lo largo de las décadas, como un ciclo de violencia donde somos las personas jóvenes quienes estamos siempre en la línea de fuego.

Muchas crecimos bajo las sombras, las heridas y los dolores de nuestras familias que tuvieron que vivir la Revolución hace 40 años. Heridas que nunca cerraron, dolores que siempre estuvieron presentes. Eso marcó a más de una generación.

Antes del 18 de abril del 2018, la cantidad de personas jóvenes inmersas en la política y el activismo era muy reducido. La mayoría estaba concentrada en el pacífico y centro del país, sobre todo en la capital. Pero el masivo incendio de la Reserva Natural de Indio Maíz, al inicio de abril de ese año, despertó algo en nosotros y nosotras.

Este fue el primer momento donde salimos de las universidades a tomar las calles principales. Con pancartas, exigíamos al gobierno que actuara, que diera una respuesta real ante semejante emergencia ambiental. Esto solo fue el comienzo.

Días después, el 16 de abril, el gobierno de Ortega decretó ciertas reformas al sistema de seguridad social bajo las cuales las personas adultas mayores pensionadas eran las más perjudicadas. Otra vez salimos a las calles. Ahora no solo estudiantes de una universidad sino también jóvenes de las comunidades, barrios y distintos departamentos más allá de la capital.

La respuesta del gobierno de Ortega y Murillo fue reprimirnos usando a la policía y a otros grupos armados. Todos ellos pensando que “seguían contribuyendo a la Revolución” refiriéndose a su comandante como el único líder, el salvador. Considerando como terroristas a todas aquellas personas que fuésemos en su contra.

Esto, como una olla de presión, hizo que diversos sectores de la sociedad respondieran ante brutales ataques de parte del gobierno. Las formas mediante las cuales la sociedad mantuvo resistencia han sido muy diversas, desde tranques, tomas de recintos universitarios, mítines, marchas y plantones, hasta lanzar globos y confetis con los colores de la bandera nacional.

En todas y cada una de estas formas de resistencia, nosotras, las diversas juventudes, estuvimos presentes y seguimos ahí, desde todas las trincheras que nos han tocado adoptar para sobrevivir.

Yo soy una más de las miles de personas jóvenes que rompieron su burbuja y salimos a las calles a hacer lo que creemos correcto: ayudar a nuestros hermanos y hermanas. Levantamos adoquines, resistimos incluso balas y bombas lacrimógenas.

 

En esos momentos de turbulencia y desesperación, no nos importó la clase social, la raza, la ideología o la creencia, fuimos una sola persona. Desde entonces, volvimos a marcar historia, como un bastión de la lucha ciudadana.

Pero soportar agresiones, detenciones y arrestos policiales junto a juicios donde se incriminaba en su mayoría a líderes gremiales y territoriales jóvenes de crímenes falsos como terrorismo, desencadenó una enorme ola de migraciones a lo interno y externo del país.

El miedo a perder nuestra libertad o nuestras vidas nos ha llevado a huir, a salir de nuestros hogares y a buscar lugares seguros. Porque sabemos que muchos y muchas no podemos regresar a nuestras universidades, porque algunos y algunas hemos sido ya expulsados y expulsadas o hemos sido objeto de amenazas y difamaciones.

Así es como yo soy una de las más de 70,000 personas que huyeron del país a causa de esta crisis sociopolítica. Según datos de ACNUR, hasta agosto de 2019, unas 68,000 de esas personas estamos en Costa Rica buscando protección internacional. Hombres, mujeres, jóvenes e incluso familias completas quienes estamos sobreviviendo en diversas condiciones.

Como joven universitaria, al igual que mis viejas amistades y las nuevas que logré crear en este período tan violento, temo por el futuro, de no tener ninguno, porque me fue arrebatado. A mí y a todas las personas quienes hemos sido víctimas de esta dictadura.

Estoy en un país que no es el mío, durmiendo en un lugar que no es mi casa, sin mi familia, sin trabajo, ni estudios. Y no soy la única, jóvenes nicaragüenses ahora nos encontramos esparcidos por todo el mundo por culpa de una pareja presidencial que jamás se ha preocupado por nosotros y nosotras, en nuestra diversidad y diferencias, en nuestras similitudes y demandas.

Yo sueño con terminar mis estudios como sea posible y de esta manera poder regresar a mi país. Porque el camino hacia una nueva Nicaragua, la que todas y todos deseamos construir, es un camino largo y lo sabemos.

Somos jóvenes que resistimos ante las tiranías, porque nuestros sueños pesan más que sus balas. Estamos conscientes, nos estamos educando, estamos aprendiendo de nuestros errores y de los errores del pasado. Seguimos observando y apoyando a nuestras hermanas y hermanos de Centroamérica y del resto de Latinoamérica que también luchan contra los tiranos, los poderosos, los opresores.

Porque como generación sabemos que las personas jóvenes no estamos solas, estamos juntas por una lucha de derechos humanos, de aquellas que hemos sido marginadas por mucho tiempo en la historia. Estuvimos, estamos y estaremos presentes en todos los frentes de resistencia del pueblo oprimido, porque no solo somos el futuro, somos el presente y estamos haciendo historia.