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Matar a una niña

Por Pedro Simón, periodista

El 11 de abril de 2013, Carla comenzó haciendo lo de siempre: se levantó de la cama, hizo su mochila, se despidió de su madre y salió de casa. Luego hizo lo que nunca: se puso a andar en dirección opuesta al colegio, atravesó la playa de San Lorenzo, fue hasta el acantilado de la Providencia y se arrojó al vacío.

El cuerpo de la niña fue encontrado sin vida. El mar le había arrancado su chaqueta negra de corazones blancos. No había podido con otras cosas. Por ejemplo, con las pulseras de colores. Esas que se ponía para ocultar un secreto: los cortes que la niña de 14 años se hacía en las muñecas. 

Cuando viajé hasta Gijón, cuando repasé su vida una y otra vez en el trayecto, cuando me senté con su madre y le pregunté por qué, por qué, por qué, Monserrat me puso encima de la mesa dos centenares de folios sacados de Facebook. «Bizca». «Bollera». «Hija de puta». «Loca». «Guarra». Todos a una. Tenía 14 años. No había caído por el acantilado y ya estaba hecha pedazos.  

Iba a ser médico. Le gustaba Pablo Alborán. Unos días antes de la muerte, una compañera escribió en las redes: «Carla da penina, ya ni insulta ni nada». Los partidos nunca hablaron de ella. Hoy tendría 20 años.

(…)

Nunca antes los chicos tuvieron una Smith and Wesson a tan corta edad ni nunca antes fueron tan vulnerables. Nunca antes cupo tanto en una pantalla de cinco pulgadas. Ni tanto gas mostaza en el bolsillo.

El matón que antes te acosaba en el colegio de nueve a cinco, hoy lo hace hasta entrada la noche y sin salir de su casa gracias al teléfono móvil.

La jauría que antes era analógica y contable, hoy es virtual e incalculable.

La notita de papel con un insulto que podía romperse en trocitos, hoy es un meme que queda para siempre y corre por tierra, mar y aire.

La munición del enemigo que antes consistía en un empujón de pasillo o en un insulto a cinco bandas, hoy se ha convertido en una superproducción que incluye palo de selfi, vídeos, GIFs, dislikes, bloqueos y linchamientos en grupos de WhatsApp, lapidaciones en Instagram y en batidas en Facebook.

Para el 7,5% de los niños y el 4,3% de las niñas víctimas de acoso escolar en España (últimas cifras de la ONU), el peligro es que los agentes sociales banalicen el mal. Que vean una peca donde hay un tumor. Que atribuyan el suicidio de una adolescente a la trigonometría.

Luego están los gritos del silencio. Existen mil maneras de pedir auxilio. Y el mismo número de maneras de cerrar los ojos o taparse los oídos.

El papel nos lo enseñó la madre de Carla, quizá la única prueba escrita de la llamada de socorro de su hija. Era un pedazo de hoja con letra redonda y párvula. «¿Qué te pasa?», le escribía una amiga en clase. «Me están amenazando», contestaba Carla.

El profesor debió de interceptar el mensaje. Ese mensaje que nos enseñaba Monserrat. En boli rojo el profesor escribía: «Mira a lo que se dedica tu hija en clase».

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