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Un miembro de la mara Salvatrucha. © YURI CORTEZ/AFP/Getty Images

La negligencia de los líderes centroamericanos alimenta la creciente crisis de refugiados

Por Erika Guevara-Rosas (@ErikaGuevaraR), directora del programa para las ‎Américas de Amnistía Internacional, 

Hay dos palabras que, sin lugar a dudas, pueden resumir con dolorosa precisión el último año: personas refugiadas.

Todos hemos visto escenas desgarradoras de hombres, mujeres, niños y niñas que saltaban desesperados a embarcaciones improvisadas en el Mediterráneo o en el mar de Andamán, escapando por los pelos de la muerte en busca de un futuro más seguro. Los cuerpos de bebés sin vida arrastrados a la costa. Los espeluznantes gritos de madres y padres que lo han perdido todo para intentar salvar a su familia, sólo para ver cómo se les niega un refugio seguro en otros países.

En un rincón del mundo, a menudo ignorado, abundan imágenes igual de trágicas, que muestran una crisis de refugiados terrible y en rápido deterioro de la que mucha gente no sabe nada.

Protege a las personas centroamericanas de la violencia

MILES DE PERSONAS REFUGIADAS SON DEPORTADAS Y DEVUELTAS A LA VIOLENCIA BRUTAL DE LA QUE HUYEN

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El Salvador, Guatemala y Honduras no son Siria. Allí no hay una guerra oficial. Sin embargo, aunque no la haya, a juzgar por la alarmante cifra de muertes en cada uno de estos países podría haberla.

En el “Triángulo Norte” de Centroamérica –nombre colectivo que se da a estos tres países– mueren más personas asesinadas que en la mayoría de las zonas de conflicto. El Salvador, por ejemplo, con un índice de homicidio de 108 personas por cada 100.000 habitantes, es en estos momentos más mortal que Irak, con 48,1 homicidios por cada 100.000 habitantes.

Los índices de homicidio de Honduras y Guatemala no se quedan muy atrás, con 63,75 y 34,99 personas por cada 100.000 habitantes, respectivamente.