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© Hans Máximo Musielik/AI

Frontera de Estados Unidos con México: ‘Vimos la inquietante calma que precede a la tormenta’

Por Amnistía Internacional,

Un equipo de Amnistía Internacional ha regresado recientemente de la frontera entre Estados Unidos y México, donde ha investigado la manera en que las órdenes ejecutivas sobre inmigración y seguridad fronteriza dictadas por el presidente Trump amenazan con afectar a miles de personas.
Esto es lo que encontraron.

Pasamos casi dos semanas visitando pueblos y ciudades de los dos lados de la frontera entre Estados Unidos y México, hablando con migrantes, solicitantes de asilo, activistas de derechos humanos y autoridades gubernamentales. Recorrimos toda la frontera terrestre, algo que ninguna otra organización internacional de derechos humanos ha hecho desde que Trump ocupó su cargo. Sabíamos que eso era fundamental para obtener una imagen clara de lo que estaba sucediendo en lo que se ha convertido en uno de los lugares de la Tierra de los que más se habla.

Lo que encontramos nos sorprendió.

En la mayoría de los lugares había calma, pero el tipo de calma tensa que precede al estallido de una gran tormenta. Porque las órdenes ejecutivas del presidente Trump están preparando el terreno para lo que podría convertirse en una crisis desatada de personas refugiadas.

Encontramos a gente que huyó de una violencia extrema y ahora vive aterrada por lo que podría sucederle, y a activistas trabajando en los albergues con el fin de prepararlos para lo que pueda ocurrir, incluida –según sospechan muchos– la posible llegada de más personas deportadas desde Estados Unidos.


Fotos tomadas durante la misión de investigación en la frontera entre Estados Unidos y México. © Hans Máximo Musielik/AI

¿Entonces todo está bien?

En absoluto.

Aunque la superficie parece tranquila, escuchamos una y otra vez de boca de migrantes, solicitantes de asilo, trabajadores y trabajadoras de derechos humanos y profesionales del derecho que las órdenes ejecutivas del presidente Trump tienen a todo el mundo en tensión, con la sensación de que una situación ya de por sí mala podría convertirse en una crisis desatada de personas refugiadas.

Los funcionarios del Servicio de Aduanas y Protección de Fronteras suelen devolver arbitrariamente a hombres, mujeres, niños y niñas desesperados por obtener asilo en Estados Unidos, algo que viene pasando desde hace más de un año, antes de la llegada de Trump al poder. A estas personas, sin muchas explicaciones, les dan el argumento erróneo de que no tienen derecho a pedir la condición de refugiado en Estados Unidos, y por tanto les niegan el derecho a que su caso sea examinado por las autoridades competentes. Ahora mismo no hay nada en las órdenes ejecutivas que convierta en legal el que los agentes de fronteras devuelvan a solicitantes de asilo en los puntos de entrada a Estados Unidos. Sin embargo, los devuelven.

Quienes tienen la suerte de cruzar a Estados Unidos, entre ellos muchos menores de edad, son detenidos automáticamente durante periodos indefinidos.                             

Por temor a ser devueltas a los peligros de los que huyen desesperadamente, muchas personas deciden no cruzar la frontera, y en lugar de eso se enfrentan al limbo y la inseguridad de la región fronteriza de México. Es muy probable que las órdenes ejecutivas del presidente Trump, que incluyen medidas para ampliar los centros de detención y contratar a miles de nuevos agentes de control de fronteras, empeoren aún más la situación.


Fotos tomadas durante la misión de investigación en la frontera entre Estados Unidos y México. © Hans Máximo Musielik/AI

¿Quiénes son las personas que tratan de cruzar la frontera a Estados Unidos?

La mayoría de las personas que tratan de cruzar la frontera entre México y Estados Unidos proceden de Guatemala, El Salvador y Honduras. Estos países, conocidos como el “Triángulo Norte” de Centroamérica, cuentan con algunas de las tasas de asesinato más altas del mundo. Muchas de las personas procedentes de ellos huyeron de su país como solicitantes de asilo, y pueden ser consideradas refugiadas.

En 2015, Estados Unidos sólo concedió el asilo al 4% aproximadamente de todas las personas de Guatemala, Honduras y El Salvador que lo solicitaron ante los tribunales de inmigración.

Y, más recientemente, algunas personas mexicanas han empezado a pedir asilo en Estados Unidos, aterradas por la amenaza que representan los poderosos cárteles de la droga que controlan las localidades en las que viven. Entre siete y diez mil mexicanos y mexicanas han pedido asilo en Estados Unidos cada año desde 2011.

No obstante, pese a lo que el presidente Trump ha dicho, el número de mexicanos y mexicanas que cruzan la frontera es una cifra históricamente baja, y la migración mexicana en general ha ido disminuyendo notablemente desde 2008, en parte debido a la crisis económica estadounidense.

También hay pequeñas cantidades de personas que llegan a esta frontera terrestre desde países del Caribe y África, de los que han huido a causa de la violencia, los desastres naturales y las dificultades económicas.


Fotos tomadas durante la misión de investigación en la frontera entre Estados Unidos y México. © Hans Máximo Musielik/AI

¿Esta situación es nueva o lleva tiempo ocurriendo?

Las devoluciones, la separación de familias y las detenciones prolongadas han convertido desde hace años la frontera entre Estados Unidos y México en un lugar sumamente peligroso tanto para las personas migrantes como para las refugiadas.

La administración de Obama, en gran parte fuera del foco de atención, creó una máquina bien engrasada de detención y deportación. Los estados fronterizos como Arizona llevan años haciendo la vida insoportablemente dura para las personas migrantes que consiguen cruzar la frontera. Una de las medidas adoptadas es la polémica ley SB 1070, que, en años anteriores, permitió que los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley asumieran el papel de agentes de migración. Las órdenes ejecutivas de Trump ampliarían en la práctica este modelo a toda la nación, y cazarían a migrantes y solicitantes de asilo como si fueran delincuentes.

Así que, sí, el trato a las personas migrantes y refugiadas en la frontera lleva mucho tiempo siendo muy malo, pero no cabe duda de que la nueva ofensiva del presidente Trump aumentará la inseguridad de quienes huyen de la violencia.


Fotos tomadas durante la misión de investigación en la frontera entre Estados Unidos y México. © Hans Máximo Musielik/AI

¿Cómo se compara esta situación con otras crisis de refugiados en el resto del mundo?

Lo que hace única la crisis de personas refugiadas de América es que es prácticamente invisible.

Mientras que en los últimos años se ha prestado mucha atención a las tragedias a las que se enfrentan millones de personas de Oriente Medio, África y Asia, apenas se sabe que la violencia en países como Honduras y El Salvador es tan extrema que miles de personas se han visto obligadas a huir para salvar la vida. Según algunas mediciones, las tasas de homicidio de El Salvador y Honduras llegan a superar las de zonas de guerra muy conocidas como Irak y Afganistán, incluso teniendo en cuenta las muertes relacionadas con el conflicto.

En el Triángulo Norte de Centroamérica, violentas bandas transnacionales ejercen el control sobre territorios enteros, así como sobre las vidas de las personas que viven en esos territorios. El mero hecho de que te vean en el lado opuesto de la localidad en la que vives, o de que no pagues “impuestos” a la banda que controla la zona, puede significar una condena a muerte.

Bruno (nombre ficticio) es uno de los muchos que han huido de esa tiranía en El Salvador. Cuando hablamos con él en un pequeño apartamento en la frontera entre Estados Unidos y México, nos dijo que había presenciado cómo una banda asesinaba a un joven voluntario de un grupo local de rescate de emergencia en 2016. Según nos contó, Bruno denunció el hecho ante las autoridades de El Salvador pero, poco después, la banda amenazó con matarlo. Ahora se oculta en México, pero allí en la frontera con Estados Unidos no se siente seguro, y no quiere pedir asilo en Estados Unidos porque tiene miedo de que lo detengan y lo devuelvan a El Salvador. Dijo a Amnistía Internacional: “No puedo volver. Si lo hago, me matan”.

Bruno se enfrenta a una elección imposible: vivir con miedo constante, o tratar de pedir asilo en Estados Unidos y arriesgarse a ser detenido indefinidamente o a ser obligado a regresar a su casa, donde le aguarda una muerte violenta.En lugar de construir un muro de odio, que sólo servirá para hundir aún más a la gente en una oscura red de abusos y tráfico de personas, el presidente Trump debe garantizar que Estados Unidos asume la responsabilidad de ayudar a algunas de las decenas de miles de personas que buscan desesperadamente seguridad. Muchas vidas dependen de ello.

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