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Andreu Escrivà: “No es tarde para evitar un cambio climático catastrófico”

Por Alberto Senante (@asenante), colaborador de Amnistía Internacional,

Hablamos con Andreu Escrivà, experto en cambio climático, sobre el tiempo que nos queda para revertirlo, y cómo unirnos para que nuestra acción medioambiental sea más efectiva.

Incendios, olas de calor, sequía. Parece que a fuerza de desastres, el cambio climático ya no se percibe como un problema del futuro sino del presente.

Sí hay una percepción muy real de que el cambio climático ya nos está afectando de una forma muy directa. Se ha traspasado algún tipo de umbral en la psicología de las personas, sobre todo por el tema del calor, que este verano ha impedido a mucha gente hacer lo que querían hacer. Los incendios y la sequía también contribuyen a esa percepción muy real del cambio climático. Pero también pensaba que ese cambio se iba a producir el año pasado (2021) y no sucedió. En realidad, el tema del cambio climático ha resurgido a raíz de la guerra en Ucrania, cuando se ha puesto sobre la mesa el tema energético, y este verano que le hemos visto las orejas al lobo.

Estamos llegando a ese punto en el cual no podemos esquivar al cambio climático en nuestro día a día. La transición ecológica está presente en toda nuestra vida: desde la factura de la luz, el ambulatorio lleno de personas con golpes de calor, la vendimia que se empieza antes que nunca, o tener que ir más a las siete de la tarde a la playa porque antes no se puede estar. Lo hemos visto de forma tan aplastante que es la primera vez que se sitúa muy alto en la agenda política, personal y mediática.

Incendios crisis climática

El devastador efecto de un incendio forestal. © AP Photo/Michael Blood

En 2016 escribiste un libro con el título “Aún no es tarde para frenar el cambio climático”. ¿Sigues diciendo esa frase?

Cuando decía “aún no es tarde” mucha gente pensaba que era para solucionar el problema y entendían que era volver atrás, y hacer como si el cambio climático no hubiera sucedido, como cuando se limpia un río contaminado. Pero no funciona así, es un fenómeno con una inercia brutal, la temperatura que ya hemos visto subir, en España 1,7 grados, es imposible que nosotros la veamos bajar.

Cuando decimos “no es tarde” es para evitar un cambio climático catastrófico. Tenemos menos tiempo, y hay cosas que hemos perdido que ya no podremos salvar. Pero lo que nos queda por salvar es mucho más de lo que hemos perdido. Es como si en nuestra casa se está quemando una habitación y en vez de llamar a los bomberos e intentar apagar el fuego, decimos ‘como se ha quemado ya una habitación que se queme toda la casa’.

¿Hay cosas que se han perdido para siempre? Sí. ¿Podremos reconstruir algunas? También. Y tendremos que aprender a llorar esas pérdidas. Como dice Jorge Drexler, hay que aprender a despedirse de los glaciares. Incluso de algunas recetas que ya no se podrán hacer, o de algunos vinos que ya no se podrán elaborar en algunas zonas.

Pero nunca vamos a estar legitimados para tirar la toalla contra el cambio climático porque los más vulnerables son quienes más van sufrir. Para mucha gente el cambio climático supondrá la diferencia entre comer y no comer.

En su último libro “Y ahora yo qué hago” lamenta que el cambio climático se ha comunicado mal. ¿Cómo podemos hacerlo mejor?

La comunicación del cambio climático tiene que transitar entre esa delgada línea entre generar esperanza y decir que tenemos tiempo para la acción, y a la vez trasladar la urgencia y la gravedad del asunto. Si nos pasamos de una parece que siempre tenemos tiempo, si nos pasamos de la otra parece que está todo perdido…

Pero lo primero es intentar ver lo que le importa a la gente y tratar de conectar eso con el cambio climático. Muchas veces hemos pensado en comunicarlo solo como una realidad física incontestable -que lo es-, que era suficiente con decir se van a extinguir tantas especies, habrá esta subida de temperaturas, el mar va a subir tantos centímetros… Pero eso hay que traducirlo, y conectarlo con lo que le interesa e inquieta a cada uno.

También hay que evitar paternalismos, y esa sensación de que unos que saben le dicen a la gente lo que tienen o no que hacer, que lo hacen mal por coger el coche o un avión. Tenemos que hacer una comunicación mucho más humana, más cercana y que entronque con los deseos y las esperanzas de la gente.

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Un helicóptero lanza agua mientras un incendio forestal avanza cerca de una zona residencial en Alhaurín de la Torre, Málaga, España, 16 de julio de 2022. © AP Photo/Gregorio Marrero

¿Y cómo podemos trasladar que el aumento de dos o tres grados en la temperatura media de la tierra pone en riesgo nuestro bienestar?

Hay un símil muy sencillo: nuestro cuerpo está a 36 grados, a 37 nos empezamos a encontrar mal, a 38 es una fiebre seria, a 40 estamos en el hospital, a 42 estamos muertos…

¿Qué importa uno o dos grados más? La clave es que en la vida hay umbrales, pequeñas diferencias que marcan cambios de estado. El agua a 99 grados no hierve, y a 101 es vapor. Esto realmente es difícil de explicar porque es verdad que si mañana hace dos grados más no me cambia tanto.

El cambio climático lo que hace es que estemos pasando umbrales, de los cuales es mucho más difícil volver que evitar que se produzcan. Si Groenlandia se deshiela, no hay forma de volverla a congelar. Ahora es como si estuviéramos sacando la cubitera de hielo del congelador, si no hacemos algo acabará sí o sí siendo líquido. Ahí está la dificultad, que aunque la gente vea el hielo sólido, estamos en un escenario en el que acabará siendo líquido. Porque además, aunque toda la especie humana dejará de emitir mañana, la temperatura seguiría subiendo unas décadas, y luego ya empezaría a bajar.

Esos pocos grados pueden hacer que muchas cosas se vayan desajustando, y es verdad que las consecuencias de esos pocos grados en el día a día solo la ve gente en su ámbito. Pero hay franceses que están comprando terrenos en Inglaterra para hacer vino. Lo están viendo los productores de naranja porque no hace suficiente frío. Veremos si pueden seguir dándose los mejillones o las gambas en el Mediterráneo. Esos dos grados son tormentas, sequías, es no poder dormir muchas noches, es no hacer deporte durante el día, son mosquitos tigre, son vacas que necesitan más agua… Porque además son dos grados más de media global, en España significa máximas de cuatro grados más, y mínimas de seis más.

Parece que, tanto las personas como los gobiernos, encontramos siempre a otro que lo hace peor como excusa para no actuar.

Es verdad que a veces cuesta mucho. Tenemos que ser capaces de actuar, cambiando cosas de nuestra vida que nos gustan y tomando decisiones que nos incomodan, sin tener la garantía de que eso vaya a tener un efecto claro en las emisiones. Ni a nivel personal ni a nivel de país. Pero seguimos reduciendo las cosas a la acción individual: si este lo hace mal, por qué lo voy a hacer yo bien. En vez de pensar en qué tipo de cambios estructurales hacen falta para evitar estas desigualdades tan brutales en las emisiones y hacer que todos vayamos en la misma dirección.

Y a veces usamos los malos ejemplos como una autojustificación. Como este va en jet privado yo estoy legitimado a hacer lo que quiera en mis vacaciones. Lo que hace nuestro cerebro es muy comprensible, busca excusas para acabar haciendo lo que le gusta y no cambiar nada.

También hay que pasar de la culpa a la responsabilidad. La culpa es dicotómica, o eres culpable o no lo eres. La responsabilidad empodera, y tiene la capacidad de distribuirse de forma desigual. No tenemos la misma tú o yo, que quien viaja en jet privado y quien es el director de una petrolera que ha ocultado información. Y así podemos exigirle más a quien más poder tiene y a quien más lo está causando.

Además, como país tenemos es ser un ejemplo. La Unión Europea debe ir mucho más allá, ser lo más ambiciosa posible porque además tiene una responsabilidad histórica, como Estados Unidos, Canadá o Australia. Tenemos que hacer más esfuerzo quienes más hemos contribuido a llegar hasta aquí. Y esos países como China o India no van a querer hacer ninguno si los que les hemos llevado hasta el borde del precipicio, no hacemos un esfuerzo mayor que el suyo.

energía eólica cambio climático

La importancia de acelerar la expansión de las energías limpias, como la eólica y la solar. ©AP Photo/Godofredo A. Vásquez

Cada vez más personas dicen sufrir ecoansiedad ante las consecuencias del cambio climático. ¿Qué se puede hacer para evitarla?

Pues lo primero es asumirla, hay que reconocer ‘esto me está afectando’ y hacer una especie de duelo por las cosas que vamos a perder. Y lo segundo es compartiéndola, lo más transformador que podemos hacer sobre cambio climático es hablar de ello. No para convencer a nadie ni soltar datos como una ametralladora, sino para transmitir nuestra preocupación, nuestras ideas para la acción. Si empezamos a comentarlo en nuestro trabajo, a lo mejor cambian las directivas de los viajes, o la temperatura de la oficina.

Y después tenemos que empezar a cambiar cosas. No hay nada que ayude más a superar la sensación de impotencia que ver que se pueden hacer pequeños cambios, sobre todo si son colectivos. Para que no se viva esa ecoansiedad desde la parte puramente personal, porque si no lo más fácil es caer en el desánimo. Esa ecoansiedad tiene que transformarse en parte en ecorabia, en acción, también en aceptación. Y tiene que transformarse en exigencia e inconformismo. No tanto para evitar el horror sino porque estamos tratando de construir algo que vale la pena.

Inundaciones cambio climático

Una niña afectada por las inundaciones recoge agua potable de una bomba manual inundada en Companygonj, en Sylhet, Bangladesh, el lunes 20 de junio de 2022. © AP Photo/Mahmud Hossain Opu

La juventud, a veces incluso menores de edad, han protagonizado las protestas sobre cambio climático. ¿Tiene que ver con que el resto aún pensamos que no nos va a afectar realmente?

En gran parte creo que es eso. Nuestra generación, aunque supiéramos que el cambio climático es un problemón, hasta hace poco no veíamos en qué nos afectaba directamente. Todas las gráficas, las proyecciones acaban en 2100. Y ese plazo, para cualquier persona mayor de 30 años, no tiene mucho significado. Tu cerebro desconecta, y con motivo. Se ha hablado de que los hijos conectan con el futuro, pero no hay ninguna evidencia de que cambiemos nuestros hábitos medioambientales cuando tenemos hijos.

En cambio, a alguien de 12 años sí le preocupa lo que pase en el 2100. Para ellos, esa misma gráfica es su vida. La generación que ha hecho estas protestas es la primera que ha visto que el cambio climático va sobre ellos, saben que es lo que va a determinar su siglo, les va a condicionar toda su vida. Han empezado a ser conscientes del mundo y a implicarse políticamente en ese marco.

Además, con el cambio climático se canalizan muchas otras protestas: anticapitalistas, antirracistas por el tema de las migraciones, contra la desigualdad. En definitiva, unifica luchas por un mundo mejor y esa nueva generación lo ha visto con mucha claridad.

Contaminación cambio climático

Peces muertos por la contaminación. © Frank Hammerschmidt/dpa vía AP

¿Cómo podemos no quedarnos en esos actos individuales (reciclar, comer menos carne, usar menos el avión o el coche) y pasar a esa acción colectiva que propones?

Lo primero sería unirnos a quien ya esté haciendo algo, una ONG, una asociación de barrio, un medio de comunicación… Pero esto demanda tiempo y esfuerzo, y muchas veces no lo tenemos. Así que casi antes hay luchar por disponer de ese tiempo, para tener la posibilidad de implicarnos más. Y entonces no solo entrar en estructuras ya creadas, sino también promover cambios en aquellas en las que ya formamos parte. Si estamos en un club deportivo, que su función no es luchar contra el cambio climático, podemos ir generando debates, intentar que nuestra acción individual no se quede en la esfera personal. Todo lo individual suma, pero solo lo colectivo transforma.<

También tenemos que pensar que no todo el peso del mundo recae en nuestros hombros. Podemos generar cambios en nuestro entorno, pero si no lo cambiamos todo a la vez no vamos a desanimarnos. Y escoger una parcela, elegir una batalla. Hay quien tiene una ansiedad brutal porque lo quiere hacer todo bien en todos los ámbitos, y no se puede. Hay muy poca gente que tenga las condiciones materiales y vitales para hacerlo. La parcela puede ser participar en un huerto urbano, o promover una comunidad energética local para autoconsumo. Si estamos en eso entonces no podremos implicarnos en otras cosas. Tenemos que centrarnos en qué podemos mejorar nuestros entornos más inmediatos, o elegir alguno de los más lejanos.

Y por último, no desanimarnos si no convencemos a todo el mundo. Con que tengamos a un 25, 30% de personas que remen en una dirección de forma coordinada vamos a ser capaces de generar cambios muy esperanzadores.

 

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