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Malawi, la incesante persecución de las personas albinas

Por Sofía Moro (@SofiaMoroVG), colaboradora de Amnistía Internacional,

Suena la sirena del cambio de clase mientras atravesamos los campos de deporte de la Mzuzu International Academy, la única escuela secundaria acreditada internacionalmente en el norte de Malawi, uno de los países más pobres del mundo. En los 800 kilómetros que llevamos recorridos es lo más equiparable que hemos visto a lo que entenderíamos por unas instalaciones modernas y adecuadas.

El viaje ha sido planificado a raíz de la visita a Madrid hace unos meses de Bonface Massah, presidente de la Asociación de Personas con Albinismo de Malawi (APAM), para denunciar un repunte en la persecución de las personas albinas en su país. Sabiendo que yo iba a estar en Malawi poco después, Amnistía Internacional me propuso dedicar tres días a documentar la situación que Bonface denunciaba.

Hay que recorrer más de 1.500 kilómetros para ir desde la capital hasta Chitipa, una pequeña ciudad al norte del país junto a las fronteras de Zambia y Tanzania. Me acompañan Chimwenwe Mungomo, encargada de programación de APAM y Christabel Mvuls, traductora. A mitad de trayecto hemos parado en la Academia Mzuzu. Quien nos guía por las instalaciones del colegio es su director, Peter Yates. Un británico curtido en la docencia en países poco desarrollados: “Nigeria, Yemen, Irán...” enumera.

“Este colegio es con diferencia el que menos recursos tiene, el mayor reto en mi carrera”, nos contaría mas tarde.

Vamos al encuentro de uno de sus 200 estudiantes: Morton Juma, un chaval malauí de once años al que queremos entrevistar y fotografiar. Enseguida le distinguimos entre el grupo de chicos que están dando clase de educación física. Imposible fallar, Morton tiene albinismo, un trastorno genético que se caracteriza por la ausencia de pigmento en la piel, el cabello y los ojos. Él es un caso poco común de albinismo parcial. Su piel es clara, pero más cerca del color café con leche, que del blanco marfil que caracteriza a las personas albinas. Aun así, el riesgo de que su piel padezca cáncer es elevado y debe protegerla todos los días con crema solar. También tiene los problemas de visión característicos de la alteración genética que padece.

“Señor Morton. Como se encuentra hoy? Se ha puesto la crema solar esta mañana?”, pregunta el director cuando nos acercamos al grupo.

“Si, señor Yates”.

“Bien, me alegro mucho. ¿Y donde está su gorra?“.

“En mi habitación, señor Yates”. Morton sonríe tímidamente, sabiendo que la gorra debería estar protegiendo su cabeza. Pero esta sensibilidad en la piel y en la vista, no son los únicos problemas que tiene Morton.


Bonface Massah, presidente de la Asociación de Personas con Albinismo de Malawi (APAM). © Sofía Moro

Los ataques contra las personas con albinismo han aumentado repentinamente en los últimos años en Malawi”–recuerdo que nos dijo en su visita a Madrid Bonface Massah, presidente de APAM–. “Al menos 18 personas han sido asesinadas y otras cinco han desaparecido desde noviembre de 2014. En este mismo periodo llevamos contabilizados hasta 107 delitos contra personas con albinismo, incluidos intentos de secuestro y allanamientos de tumbas en busca de huesos”.

“Los ataques son impulsados por la creencia de que las partes del cuerpo de los albinos se pueden utilizar en brujería para atraer la riqueza y curar enfermedades. No tenemos una idea exacta de lo que valen las partes de los albinos, pero sabemos por nuestros socios en Tanzania y por algunos casos en Malawi, que te prometen una cantidad enorme de dinero. Hay casos en los que los acusados han declarado recibir 40 millones de Kwachas (50.000 euros) pero no tenemos manera de comprobar si eso es o no verdad”.

Los asesinatos son bárbaros. Los cuerpos son abandonados con las extremidades cortadas y los órganos arrancados. Personas perseguidas y cazadas como animales en pleno siglo XXI. Sólo en abril de 2016, fueron asesinadas cuatro personas con albinismo, entre las que había una bebé. Whitney Chilumpha tenía apenas dos años cuando la raptaron de su casa donde dormía con su madre. Días después se encontraron fragmentos de su cráneo y algunos dientes. No es extraño que Amnistía Internacional haya lanzado una acción urgente para conseguir poner un foco de atención en esta causa.

Gracias al trabajo de las organizaciones locales y de Amnistía Internacional, se han producido avances en la investigación de algunos asesinatos de personas albinas.

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También ACNUR ha declarado que hay un mercado negro con las personas albinas en África que mueve millones de euros y la ONU advierte que los estimados 10.000 albinos de Malawi se enfrentan a una "eliminación sistemática".

Morton sabe muy bien lo que está ocurriendo y nos cuenta todavía asustado lo que le sucedió el 2 de septiembre de 2015. Un vecino que conocía bien, Samson Kaunga, fue a buscarle a su casa con el pretexto de que le acompañara a recoger unos pollos para su madre. Sin embargo Kaunga llevó a Morton a un bosque cercano donde otros dos hombres compinchados con él le esperaban para matarle.

“Sam Kaumba dijo: Ok chicos. Podéis empezar a hacer vuestro trabajo. Un hombre me agarró por este brazo y otro por este otro y con un cuchillo me cortaron en el cuello”.

“Yo salté y alguien por la espalda volvió a cortarme; para bloquearle, levanté el brazo y ellos me cortaron ahí”, describe Morton con expresión de dolor mientras me enseña las cicatrices que recorren su brazo y su nuca.


El joven Morton junto a sus compañeros y compañeras de clase. © Sofia Moro

El chico tuvo suerte. Pudo escapar del peligro gracias a que un conocido le oyó gritar, se acercó y los hombres huyeron. A Morton le llevaron urgentemente a su casa y de ahí al hospital donde estuvo casi un mes hasta recuperarse de las graves heridas. Al autor del intento de asesinato acaban de condenarle a cadena perpetua. Sus compinches están desaparecidos.

“Hemos visto un cambio respecto de las penas que se dan”, me había contado Bonface.

"En los primeros casos la gente salía con sentencias de 18 meses de cárcel. Otros podían salir pagando 20.000 Kwachas, pero a través del esfuerzo que hemos hecho el gobierno ha introducido algunas modificaciones en las leyes y estamos empezando a ver penas mas duras, lo que es realmente una mejora. A pesar de esto, he de decir que de los ciento y pico casos que conocemos hay mucho trabajo por hacer por la parte que se refiere al sistema judicial. A día de hoy muy pocos casos han sido cerrados en firme y de los casos de asesinato, que son 18, no se ha llegado a condenar en firme todavía a ninguno, o sea que en lo que nos concierne a los albinos nuestra vida sigue amenazada mientras estas personas no sean encarceladas”.

Cuando se juzgó a Kaunga, el caso de Morton saltó a los medios de comunicación. Los padres del niño declararon que Morton seguía viviendo con mucho miedo, tenía pesadillas y pensaba permanentemente que su vida corría peligro. No quería estar solo, ni ir andando hasta el colegio por miedo a ser atacado o secuestrado de nuevo. Desconfiaba de todo el mundo.


Morton fue agredido, pero por fortuna pudo escapar del peligro. Ahora vive con miedo. © Sofía Moro

La situación era difícil de llevar para una familia con una economía de subsistencia mínima. Fue entonces cuando el director de la Mzuzu Academy intervino.

”Nosotros podemos apoyarle. Tiene una beca completa que le da el colegio para vivir y estudiar, de manera que pueda formarse y ser una persona autónoma en el futuro. Aquí se siente protegido y querido. Es el único niño de primaria en el internado y todos se ocupan de él. Es increíble lo que ha progresado, pero su nivel es muy bajo respecto al resto de la clase. Son muchos meses sin ir al colegio y viene de un ambiente mucho mas pobre que el resto de sus compañeros. Por supuesto no puede salir del colegio sin ir acompañado de un adulto”, nos cuenta Yates mientras Morton nos lee con mucha dificultad un libro sobre la historia del atleta olímpico Jesse Owens.

“Señor Morton, estas personas son de APAM y le han traído crema solar. ¿Cree usted que podría compartirla conmigo?”, bromea el director. “Tenemos casi el mismo color de piel”, afirma juntando su brazo al del niño.

“Sí, pero yo no tengo un reloj como el suyo”, contesta Morton.

“¿Se da cuenta?”, me dice el director. “Viene de no tener absolutamente nada, por eso le obsesionan todas las cosas que ve. Le cuesta concentrarse y lo quiere tocar todo”.

Salimos del colegio atravesando de nuevo los campos de deporte. El director señala un pequeño rincón arbolado, al fondo del terreno. “Estos los tenemos protegidos. Es triste pero en Malawi están cortando cientos de árboles y quemando el terreno. Es imposible avanzar más de 10 kilómetros sin ver una nueva fogata ¿Qué por qué? Por que no tienen otra cosa. No tienen absolutamente nada”.De nuevo en el coche camino de Chitipa vemos las columnas de humo que confirman las palabras del director de la Academia. Llevamos el maletero repleto de botes de crema solar que vamos repartiendo por las sedes de APAM. Lo que en un país europeo estaría al alcance de casi cualquiera, en Malawi resulta un lujo imposible para la mayoría de la población. “Uno de nuestros objetivos es prevenir y alertar a nuestros socios y a sus familias sobre los problemas de salud a los que se enfrentan. Por eso vamos repartiendo estos botes de crema solar”, explica Chimwenwe mientras recorremos la carretera que bordea el inmenso lago Malawi camino de Chitipa.

Seis horas más de camino, cuatro por carretera y dos por pistas de tierra nos separan de la casa de Lucía Kayinga en una aldea llamada Ipenza. Llegamos. El paisaje es desolador. La sequía abrasa el terreno y la miseria que azota el país se hace mas patente que nunca. Lucía y su familia viven en una choza de barro de dos habitaciones con techo vegetal. Por supuesto no hay agua corriente ni luz eléctrica. Al entrar cuesta acostumbrarse a la oscuridad. De la pared de la casa cuelgan sus únicas pertenencias: dos paraguas, dos de las muy preciadas bolsas de plástico del supermercado Chipiku, algún barreño de plástico y unos cestos de mimbre. Un póster de la expresidenta Joyce Banda y lo que parece el papel de envolver de alguna marca comercial decoran las paredes. Fuera, otra cabaña aneja aloja algunas gallinas y una cabra. Eso es todo.

 

Lucía Kayinga sufrió la amputación de su mano izquierda. © Sofía Moro

Lucía Kayinga tiene 54 años, pero parece mucho mayor. Es albina y pobre. Tiene la piel abrasada por el sol. No tiene gafas y sus ojos supuran, está casi ciega. Un pañuelo le cubre la cabeza. Sonríe y nos presenta a su familia: su marido, sus dos hijos, la esposa del mayor y, a su lado siempre, su hermana. Alguien trae sillas de una casa vecina para que nos sentemos. Ellos lo hacen en el suelo, sobre una esterilla. Lucía comienza a contar su historia, despacio, con largas pausas que parece necesitar para tener el valor de revivir el terror sufrido el 15 de julio de 2015.

“Era sábado, dos de la mañana...”, comienza Lucía.

La historia no es muy diferente a la de Morton. Ella y su marido estaban durmiendo. Los gritos de una persona pidiendo ayuda cerca de su choza les despiertan. Cuando el marido sale a la puerta, un hombre le golpea y le deja inconsciente en el suelo. Los asaltantes son vecinos, saben que sólo hay una mujer mayor dentro de la casa, así que cuando Lucía se asoma en busca de su esposo los dos hombres la golpean en el pecho y la llevan detrás de la casa.

“Córtasela, rápido!”, escucha Lucía.

Y en un segundo, con un machete, le cortan la mano izquierda. Los gritos de Lucía despiertan entonces al marido que persigue a los hombres mientras ella echa a correr hacia la policía de la aldea. A mitad de camino pierde el equilibrio y desde el suelo consigue alertar a los agentes que la recogen y la llevan al hospital de Chitipa, donde permanece dos meses hasta recuperarse de las graves heridas. Sobrevivió de milagro.

“Tengo miedo y no me atrevo a andar sola. Pienso que esos dos tipos pueden volver. Viven muy cerca”, termina Lucía mostrándonos el brazo mutilado. “Además, ya no puedo trabajar en el campo y necesito dinero para mis medicinas y mis traslados al hospital”.

“Es nuestro gran reto”, comenta Bonface a mi regreso a la capital. “Nosotros no tenemos capacidad para dar apoyo social ni económico a nuestros socios. Ni siquiera a los que sobreviven a estos ataques, como es el caso de Lucía o de Morton. Tampoco existe ningún programa de ayuda social del gobierno que se dirija a apoyar a las víctimas o a prevenir los ataques. Este año hemos conseguido avanzar algo en nuestras reivindicaciones. Hasta el presidente Mutharika ha condenado públicamente los asesinatos y la policía ha estado llevando a cabo algunas actividades de sensibilización en los distritos en los que se han producido casos, pero todavía necesitamos que se avance en las investigaciones de los crímenes. No pararemos hasta que existan programas de protección para que los albinos podamos vivir en una sociedad que no suponga una amenaza diaria, que nos acepte con nuestra diferencia y defienda nuestros derechos”.

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