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Omar Mohammed Ali. © Private

Egipto: Por la libertad Omar y la vida de 8 chicos

Todavía queda la apelación, me dicen. Es la tabla de salvación a la que se aferra un náufrago a punto de ahogarse”, escribió Omar Mohamed Ali desde la cárcel de Tora, el 22 de septiembre, después de que le notificaran oficialmente la sentencia.

En Egipto, a las penas de 25 años, se las conoce como “condenas de por vida”. Cuenta Omar que cuando lo llevaron detenido, un oficial preguntó: “¿Y este qué hace aquí?”. “Ni idea”, le contestaron. El asistente del fiscal aseguró a Omar que saldría libre, “no hay nada contra ti”. Sus abogados confiaban que el tribunal militar lo absolvería: “saldrás de aquí, Omar, ten paciencia”, le decían. 

El tribunal militar que condenó a Omar y a su amigo Sohaib a 25 años de cárcel, dictó ocho penas de muerte, sin más pruebas que sus confesiones. Los condenados estuvieron un tiempo desaparecidos, secuestrados en dependencias militares, sin que sus familias supieran si estaban vivos. Más adelante, se desdijeron de sus confesiones y denunciaron torturas que el tribunal rehusó investigar.

Leo un punto de interrogación en los rostros de mis compañeros de celda; todos los días, la misma pregunta: “hijo, ¿por qué estás aquí?”. Muchos fueron encarcelados injustamente y esperan ser absueltos. Después de mi condena, no soy el único que ha perdido la esperanza. Casi toda la prisión ha perdido la esperanza. Circula una frase: “han condenado a Omar de por vida y, ¿y tú esperas salir de aquí?”, escribió Omar hace unos días.

Estas cosas no le pasan a la gente corriente, sugiere la periodista del canal al-Arabi, en una entrevista reciente a Amal Sliem, la madre de Omar. “¿Está segura de que Omar no tiene ninguna actividad política? ¿Sabe si participó alguna vez en manifestaciones? No estoy insinuando que esté metido en algo feo”. En algo debía andar Omar Mohamed Ali para que lo detuvieran a la salida de un restaurante, lo recluyeran secretamente en dependencias militares, estuviera desaparecido dos semanas, lo torturaran brutalmente, según relata, confesara al dictado lo que le dijeron los oficiales de la inteligencia militar, reapareciera en la cárcel de Tora y un tribunal militar lo haya condenado “de por vida”. “No estaba metido en política”, niega su madre. “Ojalá lo hubiese estado; le habrían condenado entonces por un motivo”.

De izquierda a derecha: Sohaib Saad, Omar Mohamed Ali e Israa al-Taweel juntos en el restaurante donde cenaron la noche que fueron arrestados. © Private


Omar compaginaba sus estudios de ingeniería con su trabajo en una empresa militar. No tenía nada que ocultar, salvo un secreto. Su padre murió el 14 de agosto de 2013. En Egipto basta con pronunciar esa fecha para que todos entiendan. No se necesita más para que muchos justifiquen lo que Omar ha sufrido, “eso y mucho más se merece”, pensarían. Murió en la plaza de Rabaa Al Adawiya, como cientos de simpatizantes de los Hermanos Musulmanes que exigían el retorno del presidente depuesto Mohamed Morsi. “Hasta ese día, Omar no había ido ni una sola vez a Rabaa. No se identificaba con esa sentada; pensaba que no iba a solucionar nada”, escribió su madre, en el tercer aniversario de la tragedia. Tras el entierro, Omar “decidió no meterse en nada”, estudiar y salir adelante.

A principios de junio de 2015 detuvieron a Omar y a sus amigos, Israa y Sohaib, cuando salían a cenar. En las instalaciones militares donde lo retuvieron, se ensañaron a golpes, pero Omar no tenía nada que confesar, salvo aquel secreto. “Cuando [el oficial] se enteró de que mi padre había muerto en Rabaa, ordenó a otros agentes de rango inferior que me desnudaran”, relató Omar a Amnistía Internacional. Acabó diciéndoles todo lo que quisieron, “era miembro de una célula terrorista” y mucho más. Cuando reapareció en la cárcel de Tora y se le permitió recibir visitas, cuenta su madre que se le había encanecido el pelo y le temblaban las manos, como a un viejo. 

Las desapariciones forzadas en Egipto son de tal magnitud que Amnistía Internacional las califica de “política de Estado” en una investigación reciente. Las fuerzas de seguridad secuestran a activistas políticos y a personas corrientes, estudiantes, como Omar. Entre tres y cuatro personas desaparecen cada día, según las organizaciones de derechos humanos independientes. Aquellos de los que se vuelve a tener noticias reaparecen generalmente en alguna prisión, atrapados en investigaciones judiciales, tras confesar bajo coacción. 

La historia de Omar es la de tantos jóvenes que no entienden por qué les sucede todo aquello”, escribió su madre. La libertad de Omar y la vida de ocho chicos están en juego. Amnistía Internacional exige un nuevo juicio en el que no se utilicen como prueba las confesiones, y la anulación de las condenas a muerte. No se trata sólo de buenos deseos, pese a que la represión es férrea. Porque hemos tenido buenas noticias en Egipto, sabemos que nuestros esfuerzos no son vanos.

Gracias a incansables campañas de solidaridad llevadas a cabo durante el último año, recobraron la libertad Israa al-Taweel, amiga de Omar, Mahmoud Hussein, encarcelado por una camiseta con el lema “un país sin tortura”, e Islam Khalil, superviviente de tortura y desaparición forzada. Se logró con vuestra ayuda. Ahora, por la libertad de Omar y la vida de ocho chicos, pedimos nuevamente vuestro apoyo. ¡Ayúdanos!

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