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© Eugen Levinta

Todas las personas tienen un género: el suyo propio (II)

Por Amnistía Internacional,

El pasado 26 de octubre, el Día de la Visibilidad Intersex os acercamos las historias personales de tres casos. Hoy, en el Día de la Solidaridad Intersexual, traemos otros tres. Steffi, Anjo y D dan su opinión sobre la intersexualidad y exponen sus acuciantes demandas de un cambio político y social.


Steffi © Chris Grodotzki/Jib Collective

Steffi: Los médicos dijeron a mis padres: “podemos hacer una niña en tres o cuatro operaciones, o un niño en siete u ocho”.

Cuando tenía nueve años dije que me sentía sola y que quería hablar con otras personas en mi misma situación. Los médicos dijeron que no había nadie más, y que lo mío era tan raro que ni siquiera tenía sentido tratar de encontrar a otras personas similares. Años después supe por casualidad que otra persona intersexual a la que habían asignado género masculino estaba siendo tratada también por mi médico en el hospital universitario al mismo tiempo que yo. Lo descubrí únicamente porque el médico había publicado fotos de nosotros dos desnudos, de cuerpo entero y sin censurar, en un artículo.

Hasta los 28 años no conseguí que aquel deseo de mi infancia se hiciera realidad. Asistí a la primera reunión de un grupo de autoayuda e inmediatamente me sentí como en casa: cuando les contaba mi historia, aquella gente me entendía. Inmediatamente se convirtieron en mi segunda familia.

Desde hace ya años, aquí en Alemania, he actuado como punto de contacto y apoyo inicial para supervivientes que acuden a grupos de autoayuda como XY-Frauen (XY Mujeres) e Intersexuelle Menschen (Personas Intersexuales). Mi objetivo es asesorar a esas personas, empoderarlas y sacarlas de su caparazón. Recibimos consultas de toda Alemania, y a veces del resto del mundo. Me llena de alegría cuando acuden a su primera reunión y las veo salir de su coraza y ganar confianza.

Por eso dedico tanta energía y devoción a este trabajo: la misma energía que antes dedicaba a encajar en un determinado cliché, a fingir que era algo que no soy.

Me veo como una persona intersexual a la que han operado para hacerla parecer mujer. Cuando hablo de mí misma, suelo hacerlo como mujer, pero a veces lo hago como hombre: es algo que puede cambiar de un minuto a otro.

A mis 42 años, todavía no he tenido un diagnóstico médico. En su día, los médicos dijeron a mis padres: “podemos hacer una niña en tres o cuatro operaciones, o un niño en siete u ocho”. Tal como son hoy las cosas, desearía que simplemente me hubieran dejado tal como era. En lugar de eso, cinco o seis días después de nacer me separaron de mis padres y me enviaron directamente al hospital universitario durante tres semanas, donde me operaron a los nueve meses, a los doce meses, y a los cinco años y medio. Para mí, eso es una violación de derechos humanos. Se establecieron hechos concluyentes sin que yo tuviera ninguna capacidad de decisión al respecto.

Todas esas intervenciones afectan a la sensibilidad y podrían haber destruido mi capacidad para experimentar sensaciones: hay 8.000 terminaciones nerviosas en el glande o el clítoris, y una simple incisión con un bisturí puede seccionar varios centenares.

Todo aquello sucedió en mi primera infancia; sin embargo, aún lo recuerdo todo, y todo el trauma que sufrí. Tras la operación a la que me sometieron a los cinco años para extirparme los testículos, sufrí un dolor genital tremendo, y no comprendía por qué. Cuando tenía once años descubrí en la revisión anual de rutina que los médicos hablaban de ovarios, cuando de hecho eran los testículos lo que habían extirpado.

Aún sufro graves efectos secundarios, tanto psicológicos como hormonales. Los médicos me dijeron: “de todos modos, nadie va a querer como pareja a alguien como tú; es mejor que te busques un hobby”. Si permites que esa idea se te meta en la cabeza y te la crees, te lanzas por una pendiente resbaladiza.

Concretamente, ahora sufro una reducción de la densidad ósea porque no he tomado hormonas en más de 20 años. Actualmente trato de estar físicamente bien asegurándome de que mi cuerpo tenga lo que produce por sí mismo: testosterona y estrógenos. Para eso, elijo con cuidado a mis médicos.
También tengo cuidado a la hora de elegir a qué personas de mi círculo social me confío: en general su reacción es positiva, y eso refuerza nuestra amistad. El presunto estigma es una falacia. La sociedad es mucho más abierta de lo que pensamos; ahora es preciso que los círculos políticos y médicos cambien urgentemente.


Anjo. © Chris Grodotzki/Jib Collective

Anjo

Si alguien quiere experimentar lo que soporto a diario como hermafrodita, solo tiene que probar a usar el aseo público del género contrario durante tres meses seguidos y ver qué es lo que pasa. A mí, por ejemplo, no me gusta usar los aseos para hombres: realmente, no son para mí. Tampoco lo son los de mujeres, pero al menos me he acostumbrado a utilizarlos desde muy joven. Usar los aseos en las estaciones de tren o las estaciones de servicio de las carreteras es un auténtico suplicio. Me hacen comentarios como: “¡El de hombres es la otra puerta!”, o “¿Está usted en el lugar correcto?”. Cuando les digo que sí, que he entrado en el aseo correcto, la gente suele fijarse en mi pecho... y de pronto les parece bien. Ahora tengo una de esas llaves de Euro WC que me permite utilizar los aseos para personas con discapacidad, que por supuesto son unisex.

Las cosas son igual de complicadas cuando voy de compras: por ejemplo, cuando el nombre en la tarjeta de crédito no coincide con mi apariencia, o en la iglesia, donde se supone que los hombres y las mujeres hacen turnos para leer un salmo; en ese punto, me salgo de la iglesia un momento.

Tengo muchos más ejemplos, pero la cuestión es básicamente que esta tozuda mentalidad de la gente respecto al sexo o género binario no desaparece, y es algo a lo que me enfrento todos los días, uno tras otro: me despierto con ella por la mañana, y me acuesto con ella por la noche. El problema no se resolverá hasta que la gente empiece a pensar en términos de: ¿es un hombre, una mujer, o una persona de género diverso?

Si lo consiguiéramos, nadie pensaría siquiera en alterar a menores de edad en buen estado de salud: no habría más operaciones, ni más tratamientos hormonales. Al fin y al cabo, cuando una niña nace, nadie va y la convierte en niño; habría un clamor de indignación —y con razón— si se hiciera algo así. Pues eso tampoco debería hacerse con quienes nacemos intersexuales, y sin embargo, se hace. A mí me pasó. A los 17 años me prescribieron estrógenos porque no había comenzado la pubertad. Me los tomé sin protestar, porque pensé que, si lo hacía, me convertiría en mujer. Pero no
funcionó, por más que lo aseguraba el médico.

Cuando estaba en mitad de la veintena empecé a sentir que algo no iba bien. Y luego, a los 33, me di cuenta de cuánto quedaba por hacer: encontré un grupo de autoayuda, y con eso encontré también una identidad. En lugar de estrógenos, empecé a tomar testosterona, ya que es lo que coincide con mis cromosomas XY, y sólo entonces comencé de verdad la pubertad: me convertí en una persona adulta a los 45 años. Antes de eso, me había pasado 30 años tratando de vivir en este mundo de adultos a pesar de que aún no había salido de la infancia o la adolescencia. Aunque no he venido aquí para quejarme de lo que sucedió, me doy cuenta de que las cosas podrían haber sido distintas, y lo mismo se puede decir de muchas otras personas. De hecho, hay gente que, después de un diagnóstico de intersexualidad y de someterse la consiguiente cirugía genital, sufre erecciones
dolorosas, porque la cicatriz se estira. Y en ese tipo de operaciones de genitales se seccionan otros
nervios, por lo que estas personas sienten excitación, pero no experimentan placer. Si esto no son violaciones de derechos humanos, no sé lo que son.

Soy activista porque quiero ahorrarles esta experiencia a otras personas y quiero lograr un cambio positivo en la sociedad. Ahora se escuchan nuestras voces, pero sería de gran ayuda contar con más apoyo y respaldo, ya que aún queda mucho por hacer. Además de toda la arrogancia médica, quedan muchos padres y madres que se empeñan en que “no quieren perder a su niñita”. En el caso de mis padres fue totalmente diferente; aunque eran un poco estrictos sobre muchas cosas y siempre les preocupaba lo que pensara la gente, no tuvieron el menor problema con el hecho de que yo fuera hermafrodita. Mi padre ya ha muerto, pero mi madre me llama por mi nuevo nombre y no utiliza los pronombres “él” o “ella”: lo mismo que me gustaría que hiciera el resto de la gente.


D © Chris Grodotzki/Jib Collective

D

Aunque en la vida cotidiana la gente suele creer que soy un hombre, puedo sentir la irritación de muchas personas por su manera de actuar. Para la mayoría, sólo hay hombres o mujeres: la noción de la intersexualidad es algo que sencillamente no les entra en la cabeza. Incluso cuando hablo de ello con franqueza, la gente sigue rechazándolo y dirigiéndose a mí como “señor”.

Hace tiempo que sé que soy diferente. Si vuelvo la vista atrás, diría que, respecto a mi manera de actuar y sentir, era más una niña que un niño. Desde entonces también he notado que, cuando me enamoro, en mi interior soy más una mujer. No obstante, anatómicamente no soy una mujer, y no lo he sido desde mi nacimiento.

Cuando alguien cuestiona mi género en el transcurso de una conversación, aclaro las cosas. También lo hago en las entrevistas de trabajo, por ejemplo: dependiendo de la situación, si resulta oportuno, saco el tema de mi intersexualidad. ¡Al fin y al cabo, las primeras impresiones cuentan! Si sobre mis posibilidades pende un gran signo de interrogación, eso significa que las probabilidades no están a mi favor. Y, en cualquier caso, si una persona no es capaz de aceptarlo, ¿por qué voy a pasar ocho horas al día trabajando en la misma oficina que ella?

Me he sometido a nueve operaciones. Tal como lo veo hoy día, todas estas intervenciones me han obligado a encajar médicamente en un papel masculino, algo que no era necesario.

Lo mismo sucede con las últimas operaciones a las que decidí someterme. Me supusieron un enorme coste emocional, pero hice frente a lo sucedido y a las secuelas mucho mejor, porque era yo quien había decidido someterse a ellas.

A lo largo de los años, los médicos sólo me hablaban de malformaciones, nunca de intersexualidad. Un terapeuta llegó a decirme, en una época en que tenía problemas con mi terapia, que tenía la autoestima por los suelos porque no me habían operado correctamente y no parecía un hombre de verdad. Yo me lo creí, y permití que me operaran una vez más, la última... pero, por supuesto, eso no arregló nada a nivel emocional. Lo peor fue que, por aquel entonces, no era capaz de sopesar estas cuestiones adecuadamente, ya que no era debidamente consciente de mi “yo interior”.

El principal recuerdo que tengo sobre las operaciones de mi infancia es el dolor: el dolor infernal que acompañaba a las cirugías, como cuando me dieron el alta poco después de operarme de la uretra, pero sin ponerme un catéter. Aquello fue una tortura.

La intersexualidad no era algo de lo que se hablara, y por eso mi proceso de autodescubrimiento fue tan largo. No podría decir que soy homosexual o transexual, ya que no encajo en ninguna de las dos categorías. A pesar de todo, tomé la decisión de decirles a mis padres que lo era, pero siempre fue como llevar unos vaqueros que te van demasiado pequeños o demasiado grandes.

Cuando tomé conciencia de mi intersexualidad, me liberé de una gran presión, tanto social como personal. Hoy es perfectamente natural. Ahora incluso proporciono apoyo a personas como yo.
Asesoro a personas adultas que acaban de descubrir que son intersexuales, o a padres que tienen bebés intersexuales.

Tomar la decisión de seguir o no adelante con una operación suele ser complicado, especialmente para los progenitores. No tengo hijos, pero siempre me he preguntado qué pueden decir los padres y madres a sus hijos o hijas intersexuales cuando éstos no están de acuerdo con una operación no esencial que han decidido sus progenitores. Lo que se corta, cortado está; es una culpa con la que tendrán que cargar para siempre. Por el contrario, si los progenitores posponen la cirugía, pueden ayudar a sus hijos o hijas en su desarrollo y ofrecerles un entorno de apoyo hasta que puedan tomar su propia decisión a favor o en contra de la cirugía.

Ahora también hablo mucho más con mis padres acerca de este tema, y me han explicado cuáles fueron sus motivos por aquel entonces. Entonces había que hacer concesiones. Esto también me ha facilitado muchas cosas.

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