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Joven soldado en Yemen. @ AP Photo/Hani Mohammed

12 de febrero, Día Internacional contra el uso de niñas y niños soldados

La guerra no es un juego

Manu Mediavilla (@ManuMediavilla), colaborador de Amnistía Internacional,

  • Amnistía Internacional exige el cumplimiento de la legislación internacional que prohíbe el reclutamiento de menores de 18 años y tipifica como crimen de guerra el de menores de 15

  • En 17 países hay todavía miles de menores soldados (no se dispone de datos sobre el número total de menores que han sido reclutados), que cargan una traumática mochila vital de "sangre, muerte y cuerpos mutilados y decapitados"

"Me dieron una pistola y me enseñaron a usarla. Solo soy un niño, pero sé lo que es un conflicto. Fui parte de él, he visto cosas horribles: cuerpos mutilados, sin cabeza, mucha sangre"... Lo cuenta Namboro, que con solo 16 años combatió en las filas rebeldes centroafricanas, y su sobrecogedor relato lo replican miles y miles de menores combatientes que conocen la guerra en primera persona. Sus testimonios suenan como aldabonazos interpeladores en este 12 de febrero, Día Internacional contra el uso de niñas y niños soldados.

Este concepto abarca a todo menor de 18 años que forme parte de un grupo armado con independencia de las labores que desempeñe. Pero casi siempre incluye, sobre todo en la primera fase, una formación militar y algún tipo de participación en acciones violentas. Las niñas, por ejemplo, son fundamentalmente utilizadas como esclavas sexuales y en matrimonios forzados, pero también son adiestradas para combatir. Una 'igualación bélica' que no las libra, sin embargo, de abusos y violencia sexual, ni del estigma y desvaloración por su condición femenina, ni del frecuente rechazo familiar a la hora de la reintegración social, ni de su habitual exclusión de los programas de desarme y rehabilitación. La discriminación de género también empapa esta dolorosa realidad.

 


Cada niña y niño soldado sobrelleva toda su vida los graves efectos emocionales de las crueldades físicas y psíquicas que suelen enmarcar su experiencia bélica desde el principio. La mayoría son secuestrados en la calle, el colegio o el hogar familiar. Y es frecuente que, a modo de prueba iniciática o para impedir que regresen a su comunidad, sean obligados incluso a asesinar a amigos y familiares.


En cuanto a las incorporaciones más o menos voluntarias, suele haber un telón de fondo de pobreza, desempleo, inseguridad y represión que puede empujar a buscar protección y sustento en la milicia. Pierre, que fue niño soldado en la República Democrática del Congo, se incorporó a un grupo armado porque "no tenía nada que hacer" y le "prometieron comida, trabajo y una carrera militar”. Y el ya citado Namboro lo hizo en la República Centroafricana porque "el viejo ejército solía venir a causar problemas" a su región norteña, y un día golpeó a su padre, a quien "ataron las manos y dispararon; él sobrevivió, pero yo decidí que no soportaría esto nunca más, así que me uní a los rebeldes".


Lo que apenas varía es el escenario de violencia, crueldad y sufrimiento personal. La centroafricana Cristal, que tampoco tenía "nada que hacer" cuando le cerraron la escuela al estallar el conflicto, se unió con 16 años al grupo armado de Seleka "para defender a mi familia" y conseguir la liberación de su hermano mayor, capturado por los rebeldes. En un ámbito dominado por hombres armados, se dedicaba a "supervisar los vehículos y recaudar dinero en un puesto de control", y su testimonio deja claro el alto precio emocional de la experiencia para todos los menores soldados: "No es algo bueno para un niño. Verá sangre, personas decapitadas, verá muerte, y todo eso tendrá consecuencias psicológicas en él", remarca.

 

El español Chema Caballero, que dirigió en Sierra Leona un programa pionero de rehabilitación y reintegración de menores soldados, conoce a fondo esa realidad y sus traumáticas secuelas. Los frecuentes "ritos de iniciación" que "comienzan por la obligación de matar a un miembro de su familia para impedir que regresen a sus aldeas". La práctica de "marcar en el pecho las siglas del grupo para el que luchan" que los deja "expuestos a sufrir represalias". La utilización inicial de los menores para ir a buscar leña y agua, lavar la ropa y otras tareas domésticas. El posterior entrenamiento militar. Y la brutal discriminación de género: "Las niñas llevan armas y las usan igual que los niños. La diferencia más evidente y dolorosa es que ellas, además, son abusadas. Suelen repartirse entre los combatientes o ser incluso dadas como trofeos". Un trato como "meros objetos" que, remacha, "dinamita los vínculos de respeto entre ambos sexos" y complica enormemente la desmovilización y reintegración social de las niñas.

Una niña busca las pertenencias de su familia en Alepo, Siria @ Jan A. Nicolas/picture-alliance/dpa/AP Images

El propio Caballero contaba a Amnistía Internacional el dramático caso de Hawa, que con 16 o 17 años llegó embarazada a su centro de Sierra Leona. Secuestrada muy joven, abusada, combatiente en primera línea, esposa de un jefe del campamento pero repudiada por su embarazo. Una mochila vital cargada de abuso y violencia que le pesó demasiado tras concluir su proceso de desmovilización. Ni siquiera el matrimonio -"ella solo era capaz de concebir el amor a través de la violencia, no sabía manifestar sentimientos y no pudo o no supo construir una relación basada en el respeto mutuo"- pudo vaciar aquel terrible equipaje existencial. La ayudaron a montar su propia peluquería con un microcrédito, pero huyó para dedicarse a la prostitución en la playa. Volvieron a ayudarla, "pero no duró mucho". Y un día le dijo: “Chema: yo con un blanco gano 100 dólares en una noche. Para ganar 100 dólares en la peluquería tengo que trabajar un año entero”. Murió por VIH-sida.


Amnistía Internacional forma parte de la Coalición para acabar con la utilización de niñas y niños soldados junto a las organizaciones Alboan, Entreculturas, Fundación El Compromiso, Save the Children y Servicio Jesuita a Refugiados. Por eso ha solicitado con insistencia a gobiernos y grupos armados implicados en conflictos que pongan fin al reclutamiento y empleo de menores soldados, además de ofrecer su cooperación para su desmovilización y reintegración social.


AI comparte con la Coalición la necesidad de que todos los países cumplan el Protocolo facultativo de la Convención de Derechos del Niño sobre la participación de menores en conflictos armados, que eleva de 15 a 18 años la edad mínima para participar en hostilidades y que prohíbe el reclutamiento voluntario o forzoso de menores de 18. Ratificado por más de 150 países (España lo hizo en 2002), es jurídicamente vinculante desde el 12 de febrero de 2002. Además, el Estatuto de Roma tipifica como crimen de guerra el reclutamiento de menores de 15 años, y quienes cometen esa violación de derechos humanos deberían rendir cuentas ante la justicia.

 

 

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