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Ku Klux Klan

Un miembro de los Caballeros Americanos del Ku Klux Klan participa en una manifestación en Marion, Indiana, el 25 de noviembre de 1995. © AP Photo/Chronicle-Tribune, Christina Dicken

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Ku Klux Klan, símbolo infame del odio racista

Por Manu Mediavilla (@ManuMediavilla), colaborador de Amnistía Internacional,

El Ku Klux Klan (KKK), fundado el 24 de diciembre de 1865 casi como un divertimento por seis jóvenes que habían combatido en las filas confederadas durante la guerra civil estadounidense 1861-1865, se convirtió enseguida en una violenta máquina racista de aterrorizar y matar, primero a afrodescendientes y después a personas judías, católicas, homosexuales, sindicalistas, comunistas, blancas que defendían los derechos de las personas negras y cualquiera que no encajara en su ideología de supremacismo blanco protestante.

Hoy, 157 años después y tras una historia en tres fases en la que llegó a superar los cuatro millones de integrantes, el KKK pervive en apenas medio centenar de pequeños grupos muy divididos y descoordinados que incluso rivalizan entre sí y que no suman más de 8.000 miembros. Pero eso no significa que la organización haya dejado de ser un peligro para la convivencia democrática. Internet y las redes sociales le permiten extender su influencia y 'teñir ideológicamente' –como alertaba el historiador William Peirce Randel en su obra de referencia "El Ku Klux Klan. Un siglo de infamia"– a una parte de la sociedad estadounidense.

Como se ha comprobado con el eco electoral de la retórica racista y antiinmigratoria de Trump, la crisis de 2008 y sus graves consecuencias laborales y de exclusión provocaron frustración, resentimiento y búsqueda de culpables. Y el Klan, como la extrema derecha, puso de inmediato el foco en la población negra e inmigrante. De hecho, además de sus propias actividades supremacistas, el KKK se suma a eventos que organizan otros movimientos de similar ideología, como los actos contra la comunidad LGTBI o contra el movimiento Black Lives Matter que denuncia la muerte del afroamericano George Floyd asfixiado por un policía blanco.

grupo de manifestantes durante un mitin del KKK

Esta foto del 8 de julio de 2017 muestra a miembros del KKK escoltados por la policía frente a un gran grupo de manifestantes durante un mitin del KKK en Charlottesville, Virginia. © AP Photo/Steve Helber

El Klan y su contexto histórico-económico

Poco antes de que el republicano Abraham Lincoln asumiera la presidencia con un programa para abolir la esclavitud, siete estados sureños, cuya economía se basaba en plantaciones de algodón y tabaco con mano de obra esclava, proclamaron su secesión y constituyeron la Confederación. Lincoln intentó negociar para evitar la guerra, pero acabó llamando a las armas después de que las fuerzas sureñas asaltaran varias fortificaciones federales. Otros cuatro estados del Sur se unieron entonces a la Confederación.

En pleno conflicto bélico, Lincoln aprobó el 1 de enero de 1863 la abolición de la esclavitud y la igualdad de derechos para toda la ciudadanía, medida rechazada por el Sur secesionista como una intromisión del Norte rico e industrializado en su modelo productivo rural y esclavista. Durante y después de la guerra, los terratenientes sureños vieron cómo su hasta entonces gratuita mano de obra abandonaba el campo y hacía tambalear su modelo económico. De ahí su feroz resistencia a la Proclamación de Emancipación de Lincoln y su creciente hostilidad hacia los antiguos esclavos conforme se les iban reconociendo derechos (a la educación, la propiedad, el voto), incluso aunque no siempre se hicieran efectivos.

El naciente Ku Klux Klan se encargaría de canalizar ese odio racista, que pronto desembocó en violencia y terror. En 1866, para visibilizar el supremacismo blanco y su rechazo a la creación de una escuela para personas negras, un dirigente local del KKK de Athens (Alabama) secuestró a un estudiante y lo arrojó a un arroyo helado.

La agresión marcaba un brutal salto cualitativo respecto a aquel 'club social' fundado en Pulaski, Tennessee, por seis jóvenes que parecían conformarse con asustar e intimidar a los afroamericanos con su parafernalia (túnicas y máscaras, títulos rimbombantes como Gran Dragón, Gran Titán o Gran Cíclope) y con sus bromas de dudoso gusto, como cuando recorrían a caballo las calles de la localidad en silencio y con antorchas encendidas, lentamente y haciendo gestos cómicos a los transeúntes. La población negra, desde luego, no se lo tomó a broma.

miembros del Ku Klux Klan, ataviados con las tradicionales capuchas y túnicas blancas

En esta foto de archivo del 3 de febrero de 1948, miembros del Ku Klux Klan, ataviados con las tradicionales capuchas y túnicas blancas, marchan en fila india por la plaza del pueblo de Swainsboro, Georgia, rumbo a una quema de cruces. © AP Photo, Archivo

El primer Ku Klux Klan

Ya en el verano de 1867, el también autodenominado “Imperio Invisible del Sur” pudo celebrar su primera gran convención y designar al antiguo general confederado y terrateniente Nathan Bedford Forrest como principal líder o “Gran Mago”. Y con esa fuerza encaró las presidenciales de 1868, en las que el KKK puso su máximo empeño en intimidar al electorado. Múltiples fueron las formas de violencia, desde asaltos nocturnos a hombres, mujeres y niños negros a los que increpaban, amenazaban de muerte o secuestraban, hasta palizas, flagelaciones, torturas y asesinatos. Aunque no todas las víctimas fueran afroamericanas ni se pudieran atribuir al Ku Klux Klan –también cayeron integrantes y simpatizantes blancos del Partido Republicano que rechazaban la esclavitud–, la contienda electoral se cobró más de 1.000 vidas solamente en el estado de Luisiana y unas 2.000 en Arkansas.

En todo caso, los principales objetivos del Klan fueron las figuras políticas negras más influyentes, a quienes intentaron boicotear y sacar de escena sin reparar en medios: noticias falsas, campañas de descrédito, asaltos a sus hijos escolares, amenazas de muerte, negación de créditos en bancos, destrozos de sus propiedades... La connivencia de muchas autoridades locales y del Partido Demócrata –en esa época tenía su bastión en el Sur–, aseguraba la impunidad del KKK, cuyas acciones solían quedar ocultas por falta de testigos o por su temeroso silencio.

Miembros del Ku Klux Klan

En esta foto de archivo del 30 de enero de 1939, miembros del Ku Klux Klan observan con los brazos cruzados tras quemar una cruz de 4,5 metros en Tampa, Florida. © Foto AP

Al final, aquella brutal campaña de intimidación llevó al Congreso a aprobar en 1871 una Ley del Ku Klux Klanque permitía al presidente republicano Ulysses S. Grant suspender algunas garantías constitucionales, declarar la ley marcial en zonas conflictivas y movilizar tropas para frenar al KKK. Tras las detenciones masivas de sus dirigentes y su disolución oficial en ese mismo año, el Klan acabaría siendo desmantelado, aunque ni dejó de matar –en 1873 protagonizó la Masacre de Colfax, en Louisiana, en la que un centenar largo de afroamericanos fueron asesinados– ni desapareció del todo.

De hecho, aquel Klan 'derrotado' podía dar por conseguidos muchos de sus objetivos, porque tras la llamada Reconstrucción para reintegrar a los estados secesionistas sureños, sus políticas de segregación racial quedaron avaladas por las Leyes Jim Crow y su doctrina de “separados pero iguales” que prolongó durante décadas ese tipo de discriminación brutal.

Manifestación con carteles contra el KKK

Varios manifestantes sostienen un cartel en protesta contra el Ku Klux Klan durante el Rally de Justicia y Unidad de Carolina del Norte. © Adam Jennings/The News Observer vía AP

El segundo Ku Klux Klan

Aquel Ku Klux Klan latente encontraría en el cine un aliado decisivo para su resurgimiento. El exitoso estreno en 1915 de la película de D. W. Griffith "El nacimiento de una nación", basada en la novela de Thomas Dixon "The Clansman" publicada 10 años antes, fue clave para difundir una visión que glorificaba la nobleza de los caballeros del Klan de la Reconstrucción e incluía en sus créditos iniciales una frase del entonces presidente Woodrow Wilson que describía al KKK como "protector del sur".

Con un trasfondo de fuerte inmigración –durante la I Guerra Mundial 1914-1918 se registraron importantes movimientos de población negra del Sur hacia el Norte industrializado y de inmigrantes de Europa hacia Estados Unidos–, el discurso del miedo caló enseguida. El Klan fue reorganizado en ese mismo 1915 por el clérigo metodista William J. Simmons, que puso el acento en contrarrestar el auge sindical e izquierdista de esa época.

Apoyado en un departamento de publicidad dirigido por especialistas, el Ku Klux Klan alcanzaría su esplendor en la década siguiente, cuando llegó a cuatro millones de miembros y consiguió millonarios recursos entre cuotas y donaciones de grandes empresarios que, como Henry Ford, contribuían a sus finanzas. Todo ello le aseguró una gran influencia económica, social y política, que llevó a algunos integrantes a ser alcaldes, gobernadores y senadores. Ese auge también impulsó su violencia racista contra una lista ampliada de enemigos que incluía todo lo que no fuera estadounidense, blanco y protestante.

Pero la caída de este segundo Klan fue tan vertiginosa como su ascenso. En contraste con el espectacular desfile de 50.000 miembros del KKK en Washington en 1925, la condena a un importante líder de Indiana, David Stephenson, sentenciado a cadena perpetua por violar y asesinar a una joven de 20 años, hizo que muchos de sus integrantes abandonaran la organización. Y la Gran Depresión de los años 30 agravaría su crisis hasta acabar con aquella época dorada y dar paso a otra etapa de decadencia.

Manifestantes contra un mitin del KKK

En esta foto de archivo del 8 de julio de 2017, los manifestantes llevan carteles delante de una estatua del general confederado Thomas "Stonewall" Jackson mientras se manifiestan contra un mitin del KKK en Justice Park en Charlottesville, Virginia. © AP Photo/Steve Helber, File

El tercer Ku Klux Klan

La II Guerra Mundial acentuó ese retroceso, acentuado por el impopular apoyo al nazismo de algunos miembros destacados del Klan. Y no volvería al primer plano hasta encontrar a finales de los años 50 y durante los 60 un objetivo para su estrategia supremacista y racista: el movimiento de derechos civiles y las nuevas leyes contra la segregación racial.

En esta tercera etapa, el 'Imperio Invisible' del KKK se dividía en pequeños grupos dispersos que actuaban por su cuenta y recurrían al terrorismo con bombas en iglesias y lugares de reunión y con asesinatos selectivos de líderes de raza negra. Pero también empezaron a atacar a activistas blancos, lo que atrajo mayor atención y rechazo en todo el país. Máxime cuando, como sucedió en 1964 con la mortal emboscada a dos activistas blancos y uno negro, la justicia se mostró esquiva. El estado de Mississippi se negó a juzgar por asesinato a los miembros del KKK responsables, que solo pudieron ser procesados por el delito federal de violación de los derechos civiles. Ninguno pasó más de seis años en prisión, y el principal acusado, líder del Klan en la zona, quedó libre al negarse un miembro del jurado a condenarlo por ser ministro baptista. Tres décadas tardaría ese estado sureño en rectificar, reabrir el caso y procesarlo, esta vez con una condena de 60 años por homicidio.

Uno de los más sangrientos atentados del Klan en su tercera etapa fue la explosión que en 1963 mató a cuatro niñas e hirió a decenas de personas en un templo baptista afroamericano de Birmingham (Alabama). El ataque provocó una protesta masiva en todo el país y reforzó el apoyo social a la Ley de Derechos Civiles, aprobada en 1964 durante la presidencia de John F. Kennedy.

Fue el principio de un nuevo declive del Ku Klux Klan, que continúa en la actualidad pero que no ha alejado definitivamente el peligro del supremacismo blanco y el odio racista, cuya amenaza permanece latente a través de las redes sociales para hacerse presente a la menor oportunidad.

Por la igualdad y contra el racismo

Dos mujeres multirraciales se dan la mano y las levantan en una protesta masiva contra el racismo. © Getty Images

¿Qué es racismo?

El racismo es un ataque flagrante contra la noción misma de derechos humanos fundamentales: que los derechos humanos nos pertenecen todos, y por igual. El racismo infecta, en varios grados y de diversas formas, a todos los países del mundo.

La prohibición de la discriminación racial constituye un principio general del derecho internacional, presente en todos los principales instrumentos de derechos humanos.

¿De qué forma participa Amnistía Internacional en la lucha contra el racismo?

Amnistía Internacional se opone al racismo al promover la observancia de la Declaración Universal de Derechos Humanos en todo el mundo. Y combate, por todo el mundo también, los casos de violaciones graves del derecho a no sufrir discriminación racial.

Particularmente, Amnistía Internacional se opone al racismo exigiendo la libertad de personas encarceladas a causa de su raza, color, origen nacional, étnico o social; y ocupándose de abusos contra los derechos humanos —como tortura, malos tratos, pena de muerte, «desapariciones», juicios injustos de presos políticos, homicidios ilegítimos, uso de fuerza excesiva, exilio forzado, expulsiones en masa y destrucción de viviendas—, en los que el racismo es un factor determinante. Amnistía Internacional interviene cuando la discriminación racial impide que las víctimas obtengan reparación y perpetúa la impunidad de los que perpetran las violaciones de derechos humanos, o cuando pone obstáculos al derecho de asilo de las personas que huyen de la persecución. Amnistía Internacional pide a todos los gobiernos que trabajen en la construcción de un mundo libre de todas las formas de discriminación racial.

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