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© AI / Helen Prejean

Helen Prejean: “Las personas valen más que sus peores actos”

Por Mireya Cidón (@mnodic), Amnistía Internacional,

La cruzada de Helen Prejean contra la pena de muerte se hizo famosa con la película Dead Man Walking (Pena de muerte), dirigida por Tim Robbins e interpretada por Susan Sarandon y Sean Penn en 1995. Han transcurrido 22 años; 34 desde que esta monja católica perteneciente a las Hermanas de San José de la Medalla fue testigo, en primera fila, de la muerte premeditada y legal de Elmo Patrick Sonnier. A lo largo de su vida ha acompañado a seis condenados a muerte y ahora hace lo propio con el séptimo: Manuel Ortiz, un salvadoreño acusado de asesinar a su esposa y a una amiga de ella en 1992.

La hermana Helen Prejean no aparenta sus 78 años. Camina con determinación y me abraza antes de comenzar la entrevista. Le devuelvo el abrazo y la miro con admiración. Creo que me lo ha notado.

Mi primer maestro fue Amnistía Internacional –me explica con una sonrisa–. Ustedes. En los años 80 la organización iba por delante de una iglesia que reconocía el derecho del Estado a tomar vidas humanas. Pero Amnistía Internacional no lo hacía. De vuestra organización aprendí que los derechos humanos son inalienables y que los gobiernos no los conceden por buen comportamiento. Tampoco los pueden quitar por lo contrario. Los derechos humanos son el faro que todas las personas debemos seguir con independencia de que seamos religiosos, agnósticos o ateos.

¿Por qué hace campaña contra la pena de muerte?
El Estado no tiene derecho a matar. Ningún gobierno es lo suficientemente inocente o lo suficientemente sabio como para reclamar un poder tan absoluto como la muerte. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en sus artículos tres y cinco, dice que todo ser humano tiene derecho a la vida y que nadie puede ser torturado ni ser sometido a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.

¿Cuándo comenzó su cruzada?
Mi auténtica lucha contra la pena de muerte comenzó el día que presencié la muerte premeditada de Elmo Patrick Sonnier. El día que vi cómo lo desnudaban, le afeitaban la cabeza, le ponían unos pañales… Ese día vi la guionización fría y calculada de la ejecución de un hombre al que le arrebataban su dignidad y su vida. Tras su ejecución supe que no podía quedarme callada.

¿Quién merece morir?
No podemos dejar que un gobierno decida entre la vida y la muerte. Nadie merece morir. Porque... ¿quién merece matar? ¿Los oficiales de prisiones? ¿Los médicos que participan aunque solo sea para certificar la muerte o expedir el certificado de defunción? ¿Qué clase de personas somos? ¿Qué clase de personas queremos ser?

Conozco a un funcionario de prisiones de Florida que ofició la ejecución de dos condenados a muerte. Acude a terapia porque no lo puede olvidar. Intenta superarlo dando charlas y conferencias para sensibilizar a la gente.

¿Y cómo sensibiliza usted cuando los criminales son vistos como monstruos? Imagínese al violador y asesino de una niña de 7 años. El dolor de los familiares, la necesidad de venganza... 

Matar a una persona es el acto más terrible que puede cometer un ser humano. ¿Quién decide quién debería morir por ello? Cuando se reinstauró la pena de muerte, en 1976, el criterio fue aplicarla para los crímenes más terribles. ¿Pero estos cuáles son? ¿Un atentado terrorista? ¿La violación y asesinato de una niña? ¿De dos niñas? ¿Cómo se determina eso? ¿Hay una meritocracia de la muerte?

¿Y los fallos del sistema judicial? Desde 1973, 161 presos del corredor de la muerte han sido exonerados. Y el número sigue subiendo, sobre todo gracias a la proliferación de las pruebas de ADN. Estados Unidos tiene un problema: perjurios, abogados de oficio incompetentes y mal pagados, policías que ocultan o destruyen pruebas o documentación importante para el caso, mala praxis de los fiscales...


¿No hay justicia equitativa en los Estados Unidos?
No, y no es solo por una cuestión de dinero. Los 10 estados sureños que permitían la esclavitud y maltrataban y negaban derechos fundamentales a los negros, son los que más han aplicado la pena de muerte en mi país. Una cosa está ligada con la otra. Sus muertes no generan debate social porque el racismo está enquistado en los Estados Unidos. El sistema criminal de mi país es racista, especialmente con los afroamericanos y los latinos. El sistema castiga a los pobres y se ceba con los criminales negros siempre y cuando la víctima sea blanca. Las muertes de hombres negros, de mujeres negras... no importan... Ni siquiera se investigan demasiado.

Amnistía Internacional siempre ha defendido que matar es un error. No importa quién lo haga...
(Sonríe) Por eso sois mi maestro. Matar es un error. Da igual que el crimen lo cometa yo, ustedes o el gobierno. No podemos dejar que un Estado decida entre la vida y la muerte.

¿Cómo se relaciona con los familiares de las víctimas?
El dolor de las familias suele utilizarse como motivo para justificar las condenas a muerte. He hablado con familiares que me decían que solo podían pensar en el día en que el Estado hiciera justicia. Pero el sistema penal de Estados Unidos tiene sus tiempos y los familiares pueden acabar esperando años y años para lograr eso que se les ha vendido como la curación a su dolor: ver morir al asesino de sus hijos. Desgraciadamente estas personas acaban siendo consumidas por su propia sed de venganza. Para mí es un privilegio poder ayudarles a encontrar una forma de perdón y de eliminar el odio de su interior.

¿Empatizan con su cruzada?
Al principio ni siquiera yo tenía mucha compasión por los asesinos. ¡Les tenía miedo! Pero cuando los conoces, ves que también son seres humanos. Las personas valen más que sus peores actos. Tenemos que evitar el odio por el odio, la muerte por la muerte porque todo el mundo sufre en esta historia. Nadie gana.

Nota: Helen Prejean estuvo en Madrid de la mano de la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte con conmotivo del estreno de la ópera Dead Man Walking

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