En un mundo que afronta desafíos constantes en la lucha por la igualdad de género, es imperativo que alcemos nuestras voces y defendamos los derechos de las mujeres. Para lograrlo, el feminismo no es una opción ni un lujo: es la herramienta política necesaria para desmontar esas desigualdades y forjar un futuro donde la equidad y la justicia brillen para todas las personas.
En este sentido, ser feminista no significa que pensemos que las mujeres merecemos derechos especiales; significa que sabemos que merecemos los mismos. El feminismo no habla de superioridad, no discrimina, menosprecia o castiga al otro género: simplemente combate las desigualdades que sufren las mujeres por el mero hecho de serlo. No luchamos por ser “más”, luchamos por ser iguales.
1. Nos siguen matando: feminicidios y violencia machista

El feminismo denuncia los feminicidios y todas las formas de violencia de género como graves violaciones de derechos humanos, y exige a los Estados protección efectiva y justicia para las víctimas. © Pexels Ericka Sanchez
La violencia machista sigue siendo una de las violaciones de derechos humanos más extendidas y normalizadas del mundo. En 2024, unas 50.000 mujeres y niñas fueron asesinadas por sus parejas o familiares (una cada diez minutos). Estos crímenes son la expresión más extrema de una violencia estructural que se ejerce contra las mujeres y enraizada en relaciones profundamente desiguales de poder.
En muchos lugares, las mujeres no cuentan con leyes que las protejan, ni con espacios seguros donde denunciar ni con recursos para escapar. En otros, las leyes existen pero no se aplican o llegan tarde. En todos los contextos, la violencia machista persiste porque el sistema que la permite y la tolera sigue intacto.
En España, esa violencia se mide en décadas de muertes evitables. Desde 2003 (el año en que el Estado comenzó a registrar oficialmente los asesinatos por violencia de género), 1.349 mujeres han sido asesinadas. Son demasiados años acumulando vidas perdidas que podrían haberse salvado con prevención, con recursos suficientes y con una respuesta institucional firme.
Por eso el feminismo es imprescindible. Porque sin él, la violencia machista se trata como un problema privado o inevitable; con él, se nombra como lo que es: una injusticia estructural que exige responsabilidad pública. El feminismo ha impulsado leyes, recursos y políticas específicas, y ha demostrado que estos crímenes no se reducen sin prevención, protección y una respuesta integral del Estado. Cuando el enfoque feminista se debilita, la violencia no desaparece: se invisibiliza y se reproduce. Cuando el feminismo es fuerte, las vidas de las mujeres importan y empiezan a protegerse.
2. Violencia sexual y acoso: un problema global y silenciado

El feminismo cuestiona una cultura que responsabiliza a las mujeres de la violencia sexual en lugar de señalar a los agresores y a las instituciones que no actúan. © Elena Seleme
La violencia sexual es una de las formas más extendidas y menos denunciadas de violencia contra las mujeres. Ocurre en todos los países, atraviesa todas las edades y sigue protegida por el silencio, la estigmatización y la impunidad. Se estima que 840 millones de mujeres (casi una de cada tres) han sufrido violencia física y/o sexual a lo largo de su vida. El miedo, la vergüenza y la desconfianza hacia quienes denuncian hacen que una parte muy importante de la violencia sexual permanezca oculta.
En España, como en otros países europeos, muchas supervivientes siguen encontrando graves obstáculos para acceder a una atención especializada y a una justicia efectiva, especialmente cuando son migrantes, racializadas, trabajadoras sexuales, tienen discapacidad o viven en pobreza. No faltan leyes, faltan recursos, formación y voluntad política para aplicarlas. La violencia sexual persiste porque los sistemas de protección y justicia siguen fallando a las mujeres que la sufren.
Por eso el feminismo es imprescindible: porque ha puesto el consentimiento, la credibilidad de las mujeres y el acceso a la justicia en el centro, y ha demostrado que sin una respuesta integral (prevención, atención especializada, reparación y rendición de cuentas) la violencia sexual no disminuye: se cronifica y se normaliza.
3. La brecha salarial que no se cierra

El feminismo lucha contra la brecha salarial y reclama que todas las mujeres puedan elegir su futuro profesional en igualdad de condiciones y salario. © Elena Seleme
La brecha salarial de género sigue siendo una de las expresiones más visibles de la desigualdad económica y no es un problema aislado ni exclusivo de un país. A escala global, las mujeres ganan 77 céntimos por cada dólar que ganan los hombres, y su participación en el empleo sigue siendo claramente inferior, especialmente en trabajos estables y bien remunerados.
En España, esta desigualdad se reproduce con fuerza. Las mujeres ganan de media alrededor de un 20% menos que los hombres, una diferencia que se traduce en menos ingresos a lo largo de la vida, menos cotización y un mayor riesgo de pobreza, especialmente en la vejez.
Esta brecha no se explica solo por un salario distinto a igual trabajo, sino por un mercado laboral profundamente desigual. Ellas concentran la mayoría de los empleos a tiempo parcial (en gran medida por la falta de corresponsabilidad en los cuidados) y están sobrerrepresentadas en sectores peor remunerados y más precarios; la maternidad y el cuidado de personas dependientes siguen penalizando de forma desproporcionada sus trayectorias laborales.
Por eso, cerrar la brecha salarial exige mucho más que igualdad salarial formal. Requiere políticas públicas de conciliación y corresponsabilidad, acceso real a empleos de calidad y una revalorización de los sectores feminizados. Se trata de una cuestión de justicia, pero también de eficiencia económica y de bienestar colectivo. Sin feminismo que nombre y desafíe estas desigualdades, la brecha se mantiene y el sistema sigue funcionando como si fuera “normal” que el trabajo de las mujeres valga menos.
4. El techo de cristal que frena el liderazgo de las mujeres

El feminismo denuncia el techo de cristal que limita el acceso de las mujeres a los espacios de poder y decisión, también en la política internacional y en la construcción de la paz. © Christian Mang/AFP via Getty Images
Más allá del salario, la desigualdad también se refleja en la escasa presencia femenina en los espacios de poder y toma de decisiones. El llamado techo de cristal se refiere a las barreras invisibles que siguen impidiendo que muchas accedan a puestos de responsabilidad y liderazgo, incluso cuando tienen la misma o mayor cualificación que sus compañeros varones.
A escala global, ellas siguen siendo minoría allí donde se toman las decisiones. Según estimaciones de ONU Mujeres, al ritmo actual la paridad de género en los parlamentos nacionales no se alcanzará antes de 2063, y la igualdad en las jefaturas de Estado y de Gobierno podría tardar aún unos 130 años. Dicho de otro modo: el acceso de las mujeres al poder sigue siendo una promesa aplazada durante generaciones.
Este techo de cristal está estrechamente relacionado con la brecha salarial y con la división sexual del trabajo. Las mujeres asumen la mayor parte de los cuidados, se concentran en sectores peor remunerados y encuentran más obstáculos para promocionar y acceder a redes de poder y liderazgo, mientras los hombres siguen ocupando la mayoría de los cargos políticos y ejecutivos de mayor influencia.
Por eso el feminismo es imprescindible. Porque cuestiona la normalización de estas barreras, exige medidas concretas, como la corresponsabilidad en los cuidados, la igualdad real en la promoción y los mecanismos de paridad, y pone el foco en los sesgos que siguen excluyendo a las mujeres de los espacios donde se toman las decisiones. Sin feminismo y sin medidas valientes, ese techo de cristal no se rompe: se naturaliza y se reproduce generación tras generación.
5. Igualdad de género: aún faltan siglos

Las manifestaciones feministas recuerdan que la igualdad de género pasa por garantizar los mismos derechos, oportunidades y participación para mujeres y hombres. © Arif Ali/AFP via Getty Images
Algo que debería ser una realidad básica sigue estando peligrosamente lejos. Según estimaciones de Naciones Unidas, al ritmo actual harán falta siglos para cerrar las principales brechas de género: hasta 300 años para acabar con el matrimonio infantil, 286 años para eliminar las leyes discriminatorias, 140 años para alcanzar la igualdad en los puestos de liderazgo en el trabajo y casi medio siglo para lograr la paridad en los parlamentos nacionales. Dicho de otro modo: ni nuestras hijas ni nuestras nietas llegarán a conocer un mundo verdaderamente igualitario.
La desigualdad de género atraviesa todas las etapas y ámbitos de la vida: condiciona el acceso a la educación, la salud, el empleo, la justicia y la participación política; determina quién asume los cuidados, quién dispone de tiempo y recursos, quién es escuchado y quién queda expuesto a la violencia o a la precariedad. Estas desigualdades no actúan de forma aislada, sino que se refuerzan mutuamente y se heredan de madres a hijas, haciendo que el avance sea desesperadamente lento.
Si no cambiamos el rumbo, la desigualdad seguirá organizando el mundo tal y como lo conocemos, limitando las oportunidades de millones de niñas y mujeres desde su nacimiento. Por eso el feminismo no es una causa del pasado ni una agenda “ya superada”: es la herramienta imprescindible para cuestionar ese orden, acelerar los cambios y evitar que la igualdad siga siendo una promesa aplazada durante siglos.
6. La pobreza extrema tiene rostro de mujer

En Afganistán, las políticas talibanas han expulsado a muchas mujeres y niñas de la escuela y del trabajo, profundizando la pobreza y la discriminación de género. © Semenova Maria/SIPA
La pobreza no es neutra: tiene género. En todo el mundo, cientos de millones de mujeres y niñas viven en la pobreza extrema, sin ingresos suficientes para alimentarse, vivir dignamente o acceder a atención sanitaria. No es una casualidad: nacer mujer en un sistema desigual aumenta exponencialmente el riesgo de ser pobre y de permanecer en la pobreza de por vida.
Las causas son estructurales: menos acceso a empleos seguros, concentración en trabajos informales y mal pagados, jornadas parciales impuestas por los cuidados no remunerados y leyes que limitan el acceso a la tierra, al crédito o a la protección social. Cuando una mujer dedica su tiempo a cuidar sin cobrar, pierde oportunidades de formarse, acceder a buenos empleos y mejorar sus condiciones de vida.
El resultado es un círculo de exclusión casi imposible de romper. La pobreza cierra el acceso a educación, salud y autonomía económica. Por eso, combatir la pobreza extrema también es una cuestión de justicia de género. Sin feminismo que redistribuya los cuidados, garantice derechos y cambie las estructuras que la generan, millones de mujeres y niñas seguirán atrapadas en un sistema que funciona para dejarlas atrás.
7. El matrimonio infantil roba la infancia a millones de niñas

El matrimonio infantil vulnera gravemente los derechos de las niñas. El feminismo denuncia estas prácticas y exige leyes que las prohíban y se cumplan. © Chine Nouvelle/SIPA
En el mundo, casi 650 millones de mujeres y niñas viven hoy con la marca de haber sido obligadas a casarse antes de cumplir los 18 años. Detrás de esa cifra hay millones de infancias truncadas para siempre.
Cada año, otros 12 millones de niñas ven cómo su vida se decide por ellas. Para la mayoría, el matrimonio infantil no es una tradición ni una oportunidad, sino una condena: implica abandonar la escuela, perder la posibilidad de decidir sobre su futuro y quedar atrapadas en relaciones marcadas por la desigualdad, la dependencia y, con demasiada frecuencia, la violencia.
Aunque en las últimas décadas se han logrado algunos avances, el progreso es lento e insuficiente. En contextos de pobreza, conflictos y crisis climática, el matrimonio infantil sigue utilizándose como una falsa "estrategia de supervivencia" que entrega a las niñas a cambio de una dote, de comida o de seguridad aparente para sus familias.
Las consecuencias son devastadoras y duraderas: mayor riesgo de violencia de género, embarazos precoces y graves complicaciones para la salud física y mental. Por eso, acabar con el matrimonio infantil no es un objetivo técnico ni una cuestión cultural: es una condición imprescindible para que millones de niñas puedan decidir sobre su vida, su cuerpo y su futuro. Combatirlo es una exigencia central del feminismo y de los derechos humanos.
8. La educación de niñas y mujeres sigue en riesgo

Para las niñas refugiadas, como las rohingya, el acceso a la educación es una herramienta esencial para romper ciclos de discriminación y violencia. © Piyas Biswas / SOPA/SIPA
La educación es una de las herramientas más poderosas para romper el ciclo de la desigualdad de género, pero millones de niñas siguen quedándose atrás. A pesar de los avances de las últimas décadas, la UNESCO estima que son 122 millones en el mundo quienes siguen fuera de la escuela, desde primaria hasta secundaria. Son niñas a las que se les niega una educación que podría protegerlas de la pobreza, el matrimonio infantil y la violencia, y sin la cual es casi imposible ejercer plenamente sus derechos.
Las barreras que la perpetúan son variadas: pobreza, conflictos armados, crisis climática y normas sociales que priorizan a los niños. El matrimonio infantil expulsa directamente a las niñas de las aulas. Además, muchas se enfrentan a escuelas inseguras, falta de agua y saneamiento, y violencia de género y sexual en el entorno escolar.
Según el Banco Mundial y la UNESCO, cada año adicional de educación secundaria reduce el riesgo de matrimonio infantil y aumenta las opciones de empleo digno y participación pública de las niñas.
Por eso, garantizar el derecho a la educación no es solo una cuestión de desarrollo, sino de igualdad real, porque el feminismo es el marco que rompe los mecanismos de exclusión, cuestiona las normas que expulsan a las niñas de las aulas y exige que aprender no sea un privilegio, sino un derecho garantizado para todas.
9. Derechos sexuales y reproductivos bajo ataque

En las calles, las mujeres recuerdan que la igualdad de género también pasa por garantizar derechos sexuales y reproductivos: decidir sobre el propio cuerpo, acceder al aborto seguro y a una educación sexual integral. © Perla Bayona/Long Visual Press/Universal Images Group via Getty Images
Los derechos sexuales y reproductivos son clave para la autonomía corporal: decidir si tener relaciones, si tener hijos, cuándo y con quién. En los últimos años se observa una ofensiva coordinada que intenta recortar estos derechos en muchos países, mediante restricciones al aborto, recortes en planificación familiar, cierre de servicios de salud sexual y censura de la educación sexual integral.
La ONU estima que solo alrededor de un 55% de las mujeres puede tomar por sí misma decisiones fundamentales sobre su salud y sus derechos sexuales y reproductivos. Esto significa que para millones de mujeres el control sobre su propio cuerpo sigue en manos de otras personas o de leyes que les niegan esa autonomía.
Desde la perspectiva de los derechos humanos, negar o limitar estos servicios no es una cuestión “moral” abstracta, sino una violación del derecho a la salud, a la vida, a la autonomía corporal, a la no discriminación y a no sufrir tratos crueles o inhumanos. Por eso el feminismo insiste en que los derechos sexuales y reproductivos son derechos humanos: sin poder decidir sobre su cuerpo y su maternidad, las mujeres no pueden participar en igualdad en ningún ámbito de la vida. Sin autonomía corporal, no hay igualdad posible.
10. La crisis climática también es una crisis de género

La crisis climática agrava las desigualdades. En muchos lugares, son las mujeres quienes soportan las peores consecuencias de inundaciones y desastres ambientales. © Amazing Aerial Agency/SIPA
La crisis climática no afecta a todo el mundo por igual: amplifica desigualdades ya existentes y golpea con más fuerza a mujeres y niñas, especialmente en contextos de pobreza y discriminación. En muchos países, ellas asumen tareas esenciales para la supervivencia, como recoger agua, leña o alimentos, por lo que las sequías, las inundaciones y otros desastres climáticos incrementan su carga de trabajo, su exposición a distintos tipos de violencia y su riesgo de quedar desplazadas o atrapadas en la pobreza.
Al mismo tiempo, las mujeres son actores clave de la acción climática: están en primera línea en la gestión del agua, la agricultura familiar, la defensa de los territorios y la construcción de resiliencia comunitaria. Sin embargo, siguen infrarrepresentadas en los espacios donde se toman las decisiones sobre clima y energía, desde las cumbres internacionales hasta los ministerios y las empresas.
Por eso el feminismo insiste en que no habrá justicia climática sin justicia de género. Incorporar la voz y el liderazgo de las mujeres no es solo una cuestión de derechos, sino una condición para construir respuestas más eficaces y justas frente a la crisis climática. Las mujeres conocen los problemas y tienen las soluciones; sin feminismo, sus voces seguirán siendo ignoradas.
Feminismo es igualdad real

Un feminismo fuerte, diverso, interseccional, organizado en las calles y en las comunidades, es imprescindible para conquistar y defender los derechos de las mujeres en todo el mundo. © Ulises Ruiz / AFP
El feminismo es igualdad real, reconociendo que no todas las mujeres parten del mismo lugar ni afrontan las mismas violencias. Por eso debe ser interseccional. Porque no es lo mismo ser una mujer blanca con recursos que una mujer migrante sin papeles, una mujer trans trabajadora sexual o una mujer mayor racializada. El género se cruza con el origen étnico, la clase social, la edad, la discapacidad, la identidad de género o la orientación sexual, situando a muchas mujeres y niñas en posiciones de desventaja extrema. Un feminismo comprometido con los derechos humanos tiene que mirar de frente estas desigualdades superpuestas y poner en el centro a quienes sufren más barreras.
El feminismo tampoco es un movimiento contra los hombres; no es sectarismo, no es una agenda "ya superada". Es la herramienta política necesaria para nombrar, visibilizar y cambiar las estructuras que perpetúan la desigualdad.
Cada razón que hemos visto en este post (violencia, pobreza, desigualdad, falta de educación, ausencia de poder) no desaparece con buenas intenciones ni con leyes que no se aplican: desaparece cuando hay un movimiento feminista fuerte que exige cambios reales, que cuestiona el status quo y que no acepta que millones de niñas y mujeres sigan atrapadas en sistemas diseñados para excluirlas. Por eso el feminismo no es una ideología: es una necesidad urgente. Sin él, seguiremos pagando el precio de nuestra inacción.
