Conocí a Alan y Gyan Mohammad, de 31 y 28 años respectivamente, y a otros miembros de su familia, en un hotel lúgubre de Atenas, los primeros días de febrero de 2017. Son dos hermanos kurdos de Siria que huyeron del conflicto en su país y que sufren distrofia muscular desde su nacimiento.
Estaban en una 5ª Planta, en aquel momento sin ascensor, alojados en dos habitaciones. En una de ellas, las tres mujeres: Amsha (la madre), Shilan (la hermana pequeña) y Gyan. En otra habitación contigua, dormían Alan e Iván, los chicos varones. Yo estaba allí con un equipo de Amnistía Internacional. Llevábamos miles de mensajes de apoyo de diferentes partes del mundo para transmitirles nuestro ánimo y solidaridad como parte de la campaña #YoAcojo.
Modric posa junto a Alan y Gyan. © Jarek Godlewski / Amnistía Internacional Alemania

Huyendo de Irak. © Privado
Los hermanos Alan y Gyan cruzaron las montañas hasta Turquía, sujetos con correas a los costados de un caballo, acompañados por su madre, su hermano y una hermana menor, que iban detrás empujando sus pesadas sillas de ruedas. Una vez en Turquía, se vieron obligados como otros tantos refugiados, a pagar a traficantes de personas, que controlan los arriesgados trayectos por mar hacia las costas europeas. Se subieron a bordo de un bote inflable abarrotado con el que el consiguieron alcanzar la isla griega de Quíos, después de pasar algunas horas a la deriva. Desde allí, fueron trasladados a un campo de refugiados en Ritsona (Grecia), donde residieron en condiciones deplorables. Allí los conoció Amnistía Internacional en julio pasado.En septiembre de 2016 tuvieron su primera entrevista con la Oficina de Asilo griega, y fueron trasladados a un hotel de Corinto, ciudad situada al norte de Atenas, con la ayuda del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR). Poco después fueron trasladados al hotel donde les conocí en Atenas.En marzo de 2017 recibieron la noticia que tanto esperaban. Alemania había aceptado su solicitud de reubicación y volarían a Múnich para reunirse con su padre y su hermana, a los que no veían desde hacía más de un año. Viajaron a Alemania y desde entonces viven en un centro de refugiados a las afueras de Hanover, esperando que se les conceda el estatus de refugiados para emprender una nueva vida.“Los hermanos Alan y Gyan cruzaron las montañas hasta Turquía, sujetos con correas a los costados de un caballo, acompañados por su madre, su hermano y una hermana menor, que iban detrás empujando sus pesadas sillas de ruedas.”Ángel Gonzalo, Amnistía Internacional

La familia de Alan y Gyan sostienen una camiseta del Bayern de Munich y otra del Real Madrid. © Jarek Godlewski / Amnistía Internacional Alemania
Prácticamente un mes después de su llegada, el 12 de abril de 2017, vieron cómo el sueño del que hablamos en Atenas, de ver un partido del Real Madrid y del Bayern de Múnich, así como conocer a algunos de sus ídolos se hizo realidad. Ocurrió en el Allianz Arena de Munich, en la ida de los cuartos de final de la Champions League que enfrentó a estos dos equipos. Abrir las puertas del centro de refugiados de Hanover para sacar de allí a Alan, Gyan, Ivan y a Shilan en tiempo récord, organizar su traslado a Múnich (más de seis horas por carretera en vehículo adaptado) y cruzar todos los controles de seguridad y protocolarios para ver a sus ídolos y asistir al partido fue una odisea logística para nosotros, pero poca cosa para ellos después del peligroso viaje que emprendieron al salir de Siria.“12 de abril de 2017, vieron cómo el sueño del que hablamos en Atenas, de ver un partido del Real Madrid y del Bayern de Múnich, así como conocer a algunos de sus ídolos se hizo realidad.”
Ángel Gonzalo, Amnistía Internacional
Alan y Gyan antes del partido de Champions entre Bayern de Munich y el Real Madrid. © Jarek Godlewski / Amnistía Internacional Alemania
