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Jesse Owens en los Juegos Olímpicos de Berlín, 1936

Jesse Owens, Juegos Olímpicos de Berlín, 1936. © picture alliance / Photoshot | -

Blog

Seis momentos históricos en los que el deporte derrotó al racismo

Alberto Senante, Colaborador de Amnistía Internacional,
A lo largo del siglo XX la lucha contra el racismo se jugó, y en ocasiones incluso se ganó, en los estadios, pabellones y terrenos de juego.

Gracias a la enorme atención social que recibe, el deporte consiguió victorias simbólicas, hizo añicos las ideas de superioridad racial y demostró el valor de la convivencia y la inclusión frente al odio y la discriminación.

1.- Jesse Owens desmonta al nazismo en su propia casa

Jesse Owens en el podio olímpico de Berlín 1936

Jesse Owens en el podio olímpico después de su victoria en el salto de longitud en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 junto a Naoto Tajima (izquierda) y Luz Long (derecha). © Bundesarchiv, Bild 183-G00630 / Desconocido / CC-BY-SA 3.0

Berlín, 1936. Un estadio abarrotado de personas y esvásticas. El régimen nazi organiza los Juegos Olímpicos con la intención de mostrar al mundo la verdad de su doctrina: la raza aria es superior al resto y, por tanto, debe gobernar el mundo. Pero sucedió todo lo contrario. Jesse Owens, un joven atleta de Alabama ganó la final en una de las pruebas reina de las Olimpiadas, los 100 metros lisos. Además, lo hizo en 10,3 segundos, lo que le convertía en el hombre más rápido de la tierra en ese momento.

Pero lo que desbarató aún más a los propagandistas nazis fue que al día siguiente Owens venció en el salto de longitud al alemán Luz Long, una de las principales opciones para el anfitrión de conseguir una medalla de oro. Al parecer Long felicitó deportivamente a Owens, lo cual hizo enfadar aún más al fürher. El atleta estadounidense ganó todavía dos medallas de oro más, en los 200 metros lisos y en los relevos del 4x100.

No está claro si el propio Hitler estaba en el palco cuando Owens venció en esas cuatro competiciones o si se fue del estadio precisamente para no entregarle las medallas. Lo que sí es seguro es que Jesse Owens fue el primer atleta de una larga lista que dejó en evidencia –delante de todo el planeta– la idea de que alguien es superior a otro por el color de su piel.

2.- Jackie Robinson, el hombre que le hizo un homerun a la segregación

Jackie Robinson, jugador de béisbol, junto a su familia

Jackie Robinson, jugador de béisbol, su esposa Rachel y su hijo Jackie Jr. en su casa de Nueva York. © GBM Historical Images/Shutterstock

Un jugador de béisbol consigue un homerun cuando batea tan lejos que puede terminar de recorrer todas las bases en una sola carrera. Y eso es lo que le hizo Jackie Robinson al racismo el 15 de abril de 1947, cuando se convirtió en el primer afroamericano en jugar en las Grandes Ligas de Béisbol con los Brooklyn Dodgers. Hasta entonces, el béisbol profesional estaba dividido por el color de la piel, y los jugadores negros no podían formar parte de los mejores equipos.

Robinson cambió eso para siempre. Porque no solo debutó. A pesar de los insultos racistas del público y del rechazo de otros jugadores, incluidos algunos de su propio equipo, fue elegido Novato del Año. Dos años después ganó el premio al Jugador Más Valioso de la Liga, dejando en evidencia el argumento de que la segregación se debía a la calidad de los jugadores y no al color de la piel.

Tras su retirada, Robinson continuó su activismo a favor de la igualdad de derechos y en contra de la discriminación. Esa que hacía añicos cada vez que bateaba.

3.- Althea Gibson, la campeona que derribó dos murallas

Althea Gibson, ganadora de Wimbledon en 1957, es felicitada por su contrincante

Darlene Hard, de California, besa a Althea Gibson, de Nueva York, después de que Gibson la derrotara por 6-2 y 6-3 en el Campeonato de Tenis Individual Femenino de Wimbledon. © Newspress Photo

Hay personas que no se conforman con una y consiguen dos cosas que parecían imposibles. La familia de Gibson era muy humilde, trabajaba en los campos de algodón de Carolina de Sur y emigraron al barrio de Harlem, en Nueva York, tras una sequía. Eran los años 40 y que una chica negra de barrio jugara al tenis, un deporte practicado sobre todo en clubes elitistas, sonaba a delirio. Por supuesto, una chica como Gibson no podía entrar en las canchas donde se jugaban los campeonatos, pero cuando tenía 14 años fue su club el que organizó un torneo, así que Althea no sólo pudo participar, sino que lo ganó.

Desde entonces comenzó una trayectoria que parece la de un barco rompehielos cruzando el Ártico. Primera mujer negra en jugar en unos Campeonatos nacionales, primera en disputar un Gram Slam, primera en ganar Roland Garros, Wimbledon y el US Open. En 3 años ganó 11 títulos, en los que además de a sus rivales, se enfrentaba a prejuicios y tradiciones que decían que ella no debería ni siquiera entrar en esas pistas a otra cosa que no fuera limpiar los asientos. Pero ella iba a competir siempre, y muchas veces a ganar.

Cuando dejó el tenis decidió romper otra barrera, quizás aún más alta, en el seguramente el deporte más elitista y cerrado: el golf. En 1963 consiguió entrar en la LPGA, la liga femenina profesional. Cuentan que como no podía entrar en las instalaciones de los clubes tenía que cambiarse en su coche e ir directamente al primer hoyo. No logró ningún torneo, pero su mera presencia sobre el césped suponía una victoria frente a quienes pensaban que allí no podía estar una mujer de su piel ni de su origen.

Las dos carreras deportivas de Gibson hicieron más fácil el camino para las y los tenistas y golfistas negros que llegaron después. Figuras como las hermanas Williams o Tiger Woods también se tuvieron que enfrentar a discriminación y racismo en los clubes donde competían, pero las primeras murallas ya estaban derribas. Lo había hecho Althea Gibson, la mujer que consiguió dos imposibles.

4.- Smith y Carlos, dos puños que encierran toda una lucha

los atletas estadounidenses Tommie Smith, en el centro, y John Carlos levantan sus puños enguantados

En esta foto de archivo del 16 de octubre de 1968, los atletas estadounidenses Tommie Smith, en el centro, y John Carlos levantan sus puños enguantados después de que Smith recibiera el oro y Carlos el bronce en la carrera de 200 metros en los Juegos Olímpicos México. © picture-alliance/ dpa | DB

Es una de las imágenes más icónicas de la historia del deporte y a la vez del movimiento por los derechos de las personas negras. Los atletas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos consiguieron las medallas de oro y bronce respectivamente en los Juegos Olímpicos de 1968. Al subir al podio alzaron sus puños envueltos en un guante negro y agacharon la cabeza mientras sonaba el himno estadounidense. Era el gesto del black power, el movimiento de protesta de la comunidad negra contra la discriminación y la violencia policial. En un momento además muy convulso: hacía apenas unos meses del asesinato de Martin Luther King.

La escena fue portada en periódicos de todo el mundo. La anécdota que explica la imagen es que Carlos olvidó sus guantes en la villa olímpica y fue el otro atleta en el podio, el australiano Peter Norman, quien les dio la idea de que llevara un guante cada uno. Por eso Carlos no levanta la mano derecha como era habitual al hacer ese gesto.

Pero más allá del consejo, Norman mostró su apoyo a sus compañeros y los tres recibieron duras sanciones por su gesto de compromiso frente a la injusticia. Smith y Carlos fueron expulsados de la Villa Olímpica y recibieron todo tipo de insultos y amenazas durante los años siguientes en su país. A Norman su propia federación le prohibió competir en los siguientes Juegos, a pesar de que consiguió su clasificación. A cambio, protagonizaron una imagen que hizo historia.

5.- Sudáfrica unida en un solo color, el verde de los Springboks

Nelson Mandela felicita al capitán sudafricano Francois Pienaar

El capitán sudafricano Francois Pienaar recibe el trofeo de la Copa del Mundo de manos del presidente sudafricano Nelson Mandela, 24 de junio de 1995. © Colorsport/Shutterstock

One team, one country coreaba la multitud en el estadio Ellis Park de Johannesburgo en la final de la Copa del Mundo de Rugby. La escena era inimaginable apenas unos meses antes. Sudáfrica había salido hacía apenas un año de décadas de apartheid, un sistema donde la supremacía y el privilegio blanco eran ley. Nelson Mandela ya había sido elegido presidente, pero resultaba aún más increíble que un jugador negro, Chester Williams, formara parte de los Springboks, y que todo el país quisiera animar a este equipo que durante tanto tiempo fue un símbolo de la segregación y la dominación de los blancos.

Como narró John Carlin en el libro El factor humano, y como vimos en su adaptación al cine Invictus, Mandela vio en el balón ovalado la oportunidad de unir al país en un logro colectivo que impulsara la reconciliación necesaria en un momento repleto de desconfianza, temores y cuentas pendientes entre personas y comunidades. Pero Sudáfrica no era en absoluto favorita en aquel torneo, de hecho fue una verdadera sorpresa que llegara a la final. Y parecía imposible que derrotara a los temibles All blacks de Nueva Zelanda, que contaban con un jugador que parecía imparable, Jonah Lomu. Pero ocurrió el milagro, y Sudáfrica venció a Nueva Zelanda por un apretado 15-12.

El campeonato supuso el inicio de programas nacionales para la integración racial en el rugby y en otros deportes. Y como cualquier otra victoria deportiva no arregló ni las desigualdades raciales ni los problemas cotidianos. Pero sí le dio a un país desunido una muestra de lo lejos que podían llegar si empujaban todos juntos.

6.- Cathy Freeman, la velocista que abanderó los derechos aborígenes

Cathy Freeman, campeona del mundo de 400 m. © Acikalin/Live Action/SIPA

Perteneciente a la comunidad Kuku Yalanji, Cathy Freeman creció en una Australia donde la población descendiente de los pueblos aborígenes aún sufría discriminación y prejuicios. Eran una suerte de ciudadanos de segunda, y su cultura y su legado eran poco menos que invisibles. Desde muy joven, Freeman quiso servirse de su velocidad para cambiar esta situación. Así que, en su primera competición importante, los Juegos de la Commonwealth de 1994, celebró sus dos medallas de oro envuelta en la bandera aborigen. Un gesto de orgullo que generó mucha polémica en su país.

Unos años después, consiguió su primer gran éxito internacional con la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de 1996 en la carrera de los 400 metros lisos. Y en los años siguientes fue la gran dominadora de esta prueba, ganando el oro en dos Mundiales. Los siguientes Juegos, Sidney 2000, se celebrarían en su país, así que todo indicaba que había llegado su momento.

El primer éxito estaba garantizado: en la ceremonia de inauguración fue la última portadora de la antorcha olímpica y la encargada de encender el tradicional pebetero. Pero la gran cita llegó con la final de su prueba, los 400 metros, la vuelta completa a la pista. Enfundada en un traje ceñido que le cubría la cabeza para mejorar la aerodinámica, a partir de la última curva, Freeman se separó del resto de corredoras y entró con ventaja a la meta en medio de una explosión de alegría. El estadio parecía venirse abajo. A los pocos segundos se puso sobre los hombros la bandera de Australia y la propia de los aborígenes, en una imagen que resumía su carrera, su lucha y la historia de todo su pueblo.

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