Durante siglos, la destrucción deliberada de pueblos enteros quedó diluida entre términos imprecisos: guerras, matanzas, represalias… No existía una palabra que identificara la violencia y la intención de borrar a un grupo humano por lo que es. El origen de la palabra genocidio se remonta a 1944, cuando el jurista Raphael Lemkin la acuñó. En plena barbarie nazi, cuando el Holocausto arrasaba Europa, Lemkin ofreció al derecho internacional, al menos, una herramienta para nombrar y perseguir el horror.
¿Quién fue Raphael Lemkin y por qué creó el concepto de genocidio?
De niño cuentan que Raphael Lemkin quedó horrorizado con el relato que se hace en la novela “Quo Vadis” de la persecución a los cristianos. Y se diría que esa reacción de repulsa le perseguiría toda su vida, hasta el día en que murió en Nueva York en 1959. Lemkin nació en 1900 en una zona rural cercana a Wolkowysk, en el entonces Imperio ruso (actual Bielorrusia). De origen judío, aunque inició sus estudios como lingüista, al poco tiempo fue redirigiéndolos al derecho, en particular a la protección de las minorías.
A pesar de lo que pueda imaginarse, el origen del concepto de genocidio no surgió tras el Holocausto sino unos años antes, cuando Lemkin tuvo conocimiento de las matanzas contra los armenios durante la I Guerra Mundial. El planteamiento de Lemkin como jurista era sencillo: si matar a una persona es un delito, también debería serlo tratar de acabar con un pueblo entero, es decir, con las personas de una determinada religión o etnia. En concreto, le perturbó el caso de Talaat Pasha, quien había organizado la deportación y muerte de cientos de miles de personas y no había un cargo en el derecho del que poder acusarle de esos crímenes.
Pronto Lemkin se convirtió en un jurista de prestigio. En 1933, de cara a una conferencia sobre derecho penal que se celebró en Madrid y a la que finalmente no pudo asistir, Lemkin propuso el concepto “crímenes de barbarie” entendiendo por esto aquellas “acciones exterminadoras” realizadas por motivos políticos o religiosos. Por desgracia, la historia le daría pronto un ejemplo más de aquel delito que aún carecía de nombre.

Los Juicios de Núremberg marcaron un punto de inflexión en la persecución de los crímenes internacionales tras el genocidio nazi. © picture alliance / ZB | Agentur Voller Ernst
El origen de la palabra genocidio: qué significa y cómo la creó Lemkin (1944)
Como judío residente en Polonia, en 1939 Lemkin huyó de la persecución nazi y, tras pasar por varios países europeos, llegó a Estados Unidos en 1941. Desde hacía años veía cómo el régimen de Hitler reprimía cada vez más a distintos grupos sociales, entre ellos, a aquel al que él mismo pertenecía.
Con la invasión de Polonia y el estallido de la II Guerra Mundial, Lemkin contempló horrorizado cómo la barbarie que había denunciado contra otros se volvía contra él y los suyos. Logró huir, pero en los años siguientes fueron asesinados 49 de sus familiares, entre ellos sus padres. Inevitablemente, su vida personal y su visión jurídica quedaron así entrelazados para siempre.
En 1944, aún con el conflicto bélico sin acabar y, por tanto, sin la información y los testimonios que se obtuvieron tras la liberación de los campos de concentración, Lemkin publicó Axis Rule in Occupied Europe, donde acuñó por primera vez el término “genocidio”, combinando el griego genos (raza o pueblo) y el latín -cidio (matar). En esta obra, definió el término genocidio como un proceso, más que un acto puntual, basado en la intención de destruir a un grupo humano, su cultura y su identidad. El genocidio era un proceso coordinado para borrar a un pueblo de la historia.
A las atrocidades nazis contra el pueblo judío, Winston Churchill las llamó en un discurso radiofónico en 1941 “el crimen sin nombre”. Tres años después, en 1944, Raphael Lemkin acuñó el término “genocidio” para definir ese horror.
Lemkin se estableció en Estados Unidos y comenzó una intensa labor de incidencia política. Participó en los preparativos de los Juicios de Núremberg y logró que el término “genocidio” apareciera en las acusaciones, aunque no como un delito como tal. Cuando se publicaron las sentencias contra los acusados, la palabra genocidio no apareció por ninguna parte. “Fue el día más oscuro de mi vida”, escribió Lemkin.
La Convención contra el genocidio (1948) y la lucha de Raphael Lemkin
Tras el revés que supuso la no inclusión del delito de genocidio en la sentencia contra los dirigentes nazis, Lemkin no cesó en su empeño. De hecho, su objetivo no era solo inventar un término jurídico, sino conseguir un tratado internacional que persiguiera y, por tanto, ayudara a prevenir actos de genocidio.
El jurista exiliado empezó a recorrer en solitario, sin ninguna institución que lo respaldara, los pasillos de la recién creada Naciones Unidas: se reunía con delegaciones diplomáticas, redactaba propuestas, insistía a los nuevos representantes de cada país. Su labor fue fundamental para que en 1948 se aprobara la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, adoptada el 9 de diciembre de 1948 por la Asamblea General de la ONU y en vigor desde 1951. El delito no solo tenía un nombre, sino que ya formaba parte del derecho internacional. Años después se crearía la Corte Penal Internacional como el organismo que tiene las facultades para perseguir este delito, así como tribunales específicos.
Lamentablemente, los actos constitutivos de genocidio se han seguido produciendo. Ha ocurrido en los conflictos de Yugoslavia, en Ruanda o en la persecución contra el pueblo rohingya, ampliamente descrita como limpieza étnica y objeto de investigaciones internacionales por posible genocidio, incluido un proceso ante la Corte Internacional de Justicia. También en episodios que algunos juristas han calificado como genocidio durante la dictadura en Argentina, y en los actuales ataques a la población de Gaza por parte, ironías de la historia, del Estado de Israel. Pero al menos ahora, y gracias a Raphael Lemkin, tenemos una palabra para nombrar ese horror y un marco jurídico para perseguir a quienes aún hoy lo siguen cometiendo.
A pesar de su enorme contribución, en los años 50 Lemkin perdió su plaza en la Universidad de Yale. Invirtió todos sus ahorros y energías en seguir trabajando para que más países firmaran el tratado contra el genocidio. Nueve años después, murió en Nueva York de un infarto, el 28 de agosto de 1959. Puede ser que su figura haya sido olvidada para la gran mayoría, pero no la idea que fundamentó su vida: la destrucción de cualquier grupo humano no puede ser un asunto interno de los países, sino algo que nos interpela a toda la humanidad.

Activistas se manifiestan en Londres contra las atrocidades en Darfur y reclaman justicia por posibles crímenes de guerra y genocidio. © picture alliance / Photoshot
Preguntas frecuentes sobre el genocidio y Raphael Lemkin
Nombrar el genocidio fue solo el primer paso. Entender qué significa, cómo se aplica y por qué sigue siendo un concepto clave hoy plantea muchas preguntas. Estas son algunas de las más frecuentes.
¿Cuál es la diferencia entre genocidio y crímenes de lesa humanidad?
El genocidio es un delito que exige demostrar que se cometieron ciertos actos (como matar, causar daños graves, someter a condiciones de destrucción, impedir nacimientos o trasladar por la fuerza a niños y niñas) con la intención específica de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Los crímenes de lesa humanidad, en cambio, son una serie de actos (asesinato, deportación, esclavitud, tortura, violación, persecución, desaparición forzada, etc.) cometidos como parte de un ataque generalizado o sistemático contra la población civil, con conocimiento de dicho ataque, pero sin que sea necesario probar la intención de destruir a un grupo concreto.
¿Qué dice exactamente la Convención de la ONU sobre qué es genocidio?
La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948 define el genocidio como una serie de actos (matanza de miembros del grupo, causarles daños graves, someterlos a condiciones de existencia que lleven a su destrucción física, impedir nacimientos o trasladar por la fuerza a sus niños y niñas) cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal. Esa definición legal es la que utilizan los tribunales internacionales, incluida la Corte Penal Internacional, para determinar si una situación concreta constituye genocidio.
¿Cuántos países han ratificado la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio?
La Convención fue adoptada el 9 de diciembre de 1948 y entró en vigor el 12 de enero de 1951. Hoy la han ratificado la gran mayoría de los Estados del mundo, más de 150 países, lo que la convierte en uno de los tratados de derechos humanos más universalmente aceptados. Además, es considerado el primer tratado de derechos humanos adoptado por la Asamblea General de la ONU, lo que refleja hasta qué punto las ideas de Raphael Lemkin influyeron en el desarrollo del derecho internacional contemporáneo.
¿Cuántos genocidios reconoce la comunidad internacional de forma clara?
No existe una lista oficial y cerrada de genocidios, pero sí hay casos en los que existe un consenso jurídico y académico muy amplio. Entre ellos destacan: el Holocausto contra el pueblo judío y otros grupos perseguidos por el régimen nazi; el genocidio de 1994 contra la población tutsi en Ruanda; y el genocidio cometido contra la población musulmana bosnia, especialmente en Srebrenica, reconocido por los tribunales internacionales para la ex Yugoslavia.
¿Recibió Raphael Lemkin algún reconocimiento importante en vida por su trabajo sobre el genocidio?
A pesar de su influencia decisiva en la creación del término “genocidio” y en la aprobación de la Convención de 1948, Raphael Lemkin no llegó a recibir en vida un reconocimiento institucional acorde con la dimensión de su trabajo. Fue nominado varias veces al Premio Nobel de la Paz, pero nunca lo obtuvo, y pasó sus últimos años en condiciones económicas precarias, sin un puesto universitario estable y prácticamente sin apoyo institucional. Solo décadas después, gracias a la historiografía y al trabajo de museos y centros de memoria, su figura empezó a ser reivindicada como una de las más importantes en la historia del derecho internacional de los derechos humanos.
