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Imagen de Matthew Shepard sobre una bandera arcoíris

Matthew Shepard. © matthewshepard.org

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Matthew Shepard: el crimen de odio que evidenció la homofobia y marcó la lucha por los derechos LGBTIQ+

Mireya Cidón, Responsable de Edición en Amnistía Internacional España,

La noche del 6 de octubre de 1998, Matthew Shepard, un joven universitario de 21 años, fue brutalmente golpeado y abandonado en las afueras de Laramie, Wyoming. Su único "delito": ser gay.

Su asesinato no solo conmocionó a Estados Unidos, sino que se convirtió en un símbolo de la lucha contra los crímenes de odio y la discriminación. Más de dos décadas después, su historia sigue recordándonos la importancia de combatir la violencia y defender los derechos de la comunidad LGBTIQ+.

La noche del 6 de octubre de 1998, Matthew Shepard, un joven de 21 años, acudió a un bar en Laramie, Wyoming, donde entabló conversación con Aaron McKinney y Russell Henderson. Ambos acabaron atrayendo a Matthew a la camioneta de McKinney. Pero, en lugar de conducirlo a su destino, lo llevaron a un área aislada en las afueras de la ciudad. Ahí, la violencia se desató con una brutalidad inimaginable. Lo golpearon repetidamente con la culata de una pistola hasta dejar su rostro irreconocible. No satisfechos con la paliza, lo ataron a una valla, lo despojaron de sus pertenencias y lo abandonaron en medio de la noche, expuesto al frío, con temperaturas bajo cero. Matthew estuvo agonizando durante 18 horas, inmóvil y sin poder pedir ayuda, hasta que un ciclista lo encontró a la mañana siguiente por casualidad. Al principio, creyó que se trataba de un espantapájaros, pero cuando se acercó, vio el rostro ensangrentado del joven y su respiración débil. De inmediato, pidió ayuda.

Cuando su familia llegó al hospital encontraron a Matthew en coma y con un daño cerebral irreversible. Durante los días siguientes, los médicos hicieron todo lo posible por salvarlo, pero las lesiones eran demasiado graves. El 12 de octubre de 1998, Matthew Shepard falleció.

Su asesinato fue un crimen de odio, un recordatorio atroz de lo que la homofobia puede llegar a hacer. Su muerte despertó indignación en todo el mundo y puso sobre la mesa la urgencia de legislar contra este tipo de ataques. 

De la tragedia a la lucha

Concentración contra el crimen de Matthew Shepard

Concentración contra el crimen de Matthew Shepard. © Campbell Clark/SIPA

El asesinato de Matthew Shepard en 1998 marcó un punto de inflexión. Su brutal homicidio expuso de manera desgarradora la vulnerabilidad de la comunidad LGBTIQ+ frente a los crímenes de odio y la indiferencia institucional que, en muchos casos, los ampara. Durante más de una década, su familia, especialmente su madre Judy Shepard, lideró una incansable campaña para que la justicia reconociera el carácter de crimen de odio en el asesinato de su hijo y para impulsar cambios legislativos que protegieran a las personas LGBTIQ+ de la violencia y la discriminación.

Durante el juicio, la defensa de los agresores intentó argumentar que habían actuado en un "arranque de ira" al descubrir que Matthew era gay, una estrategia legal conocida como "gay panic defense" (defensa del pánico gay), que en algunos casos había sido utilizada para reducir sentencias. Sin embargo, esta justificación no fue aceptada por el tribunal, y ambos fueron declarados culpables.

Russell Henderson se declaró culpable de los cargos de asesinato y secuestro, lo que le permitió evitar la pena de muerte. Como resultado, fue condenado a dos cadenas perpetuas consecutivas.

Por su parte, Aaron McKinney, acusado de secuestro, robo con agravantes y asesinato en segundo grado, aceptó una sentencia de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional ni apelación. A pesar de la gravedad de los crímenes cometidos, la familia de Matthew optó por no solicitar la pena de muerte para ninguno de los dos agresores.

Gracias a su lucha, en 2009 se aprobó la Ley Matthew Shepard y James Byrd Jr. de Prevención de Crímenes de Odio, que amplió la protección federal contra los delitos motivados por la orientación sexual, la identidad de género y la discapacidad. Esta legislación supuso un avance crucial en la defensa de los derechos LGBTIQ+, ya que estableció que los crímenes de odio no eran casos aislados, sino parte de un problema estructural que requería una respuesta contundente por parte del Estado. Sin embargo, la violencia sigue siendo una realidad cotidiana para muchas personas LGBTIQ+ en todo el mundo, lo que subraya la necesidad de continuar luchando por un futuro en el que nadie sea atacado, discriminado o asesinado por su identidad o su orientación sexual. El legado de Matthew Shepard nos recuerda que la justicia solo se logra con compromiso y que ningún crimen de odio puede quedar impune.

El obispo Gene Robinson se prepara para llevar los restos de Matthew Shepard después de su servicio conmemorativo en la Catedral Nacional de Washington el 26 de octubre de 2018 en Washington, DC.

El obispo Gene Robinson se prepara para llevar los restos de Matthew Shepard tras el servicio conmemorativo en la Catedral Nacional de Washington, 26 de octubre de 2018 en Washington, DC. © Leigh Vogel/UPI/Shutterstock

En 2018, los restos de Matthew Shepard fueron trasladados y enterrados en la prestigiosa Catedral Nacional de Washington, donde reposan junto a figuras históricas como el expresidente Woodrow Wilson, la pionera académica Helen Keller, y el destacado oficial naval del siglo XIX George Dewey. Este reconocimiento póstumo es un tributo excepcional que no se le concedió ni siquiera a Harvey Milk, el político y activista estadounidense que se convirtió en el primer hombre abiertamente homosexual en ser elegido para un cargo público en los Estados Unidos y que fue asesinado en 1977.

La lucha continúa

La historia de Matthew Shepard no es solo una tragedia, sino un recordatorio del poder del activismo y la resistencia. Aunque la ley que lleva su nombre fue un avance crucial, la violencia contra la comunidad LGBTIQ+ sigue presente en muchas partes del mundo.

Su legado nos recuerda que la justicia no es automática, sino el resultado de la lucha constante de quienes se niegan a aceptar el odio como norma. Honrar su memoria significa seguir trabajando por un mundo donde nadie sea atacado, discriminado o asesinado por su identidad o su orientación sexual.

 

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