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Después de Rabaa

Rocío Lardinois, activista de Amnistía Internacional, 

A las puertas de la mezquita, una mujer recorría con el dedo las listas interminables de nombres. Un chico empujaba una carretilla cargada de bloques de hielo. La sala de oración era una morgue improvisada.

La escena solo podía verse en la televisión al-Jaazera. Sentadas junto a los cuerpos, las familias, anonadadas, no podían llorar. Era el 15 de agosto de 2013, en El Cairo. El día anterior, las fuerzas de seguridad habían irrumpido en dos concentraciones de los Hermanos Musulmanes, que exigían el retorno del presidente depuesto, Mohamed Morsi. En la plaza de Rabaa al Adawiya, los francotiradores habían disparado a los manifestantes, matando en unas horas a un millar de personas.

Al entrar en la sala de oración, la mujer se tapó la nariz y la boca con un pañuelo. Avanzaba, temerosa, entre las filas de sudarios, en el murmullo de los ventiladores y la recitación del Corán. Se detuvo ante los cuerpos sin identificar, mientras un hombre destapaba con cuidado las caras estupefactas de los muertos.

“Como perros había que acabar con ellos, no quieres entenderlo”, me decían. Sabía que Egipto ya no volvería a ser el mismo. Desde que el General Abdel Fattah al-Sisi había tomado el poder a principios de julio, mi mundo se había desmoronado. Quienes se negaban a tomar partido estaban en minoría; los llamaban traidores. Después de Rabaa, oiría muchas veces: “si no te gusta este país, ya sabes lo que tienes que hacer”.

Voluntarios fotografiaban con los móviles los rostros y los carnés de identidad, para ayudar en las identificaciones. En unas horas, habían muerto más personas que en los dieciocho días de revueltas contra Hosni Mubarak, por disparos en la cabeza, el cuello y el pecho.
Apenas hay fotografías de las mujeres que murieron durante el asalto de las fuerzas de seguridad, tal vez por respeto, como si sus cuerpos siguieran siendo tabú también en la muerte. Según distintas fuentes, habrían muerto veinte mujeres en la plaza. Es posible que para los francotiradores matar a una mujer fuera algo así como cruzar una línea roja. Los cuerpos se amontonan en el hospital de Rabaa. El suelo está ensangrentado. Los muertos son tan jóvenes. No estaba allí, pero esas imágenes me persiguen.

El día antes, desde el balcón, frente al puente del 6 de Octubre, había visto pasar helicópteros con las puertas abiertas. Volaban tan bajo que podía ver las caras de niño de los soldados. Luego supimos que habían sobrevolado la plaza de Rabaa, aterrorizando a los manifestantes. Había sido una matanza, pero en Egipto la mayoría no lo reconocía.

La palabra “masacre” estaba proscrita; quien la pronunciaba quedaba etiquetado en el bando de los Hermanos Musulmanes.
Aunque algunas personalidades de la primavera egipcia, como Alaa Abdel Fattah, denunciaron la matanza desde el primer día, muchos callaron entonces. Un odio fratricida dividía el país. “Los Hermanos Musulmanes nos traicionaron, ahora hay que cerrar filas con el ejército”, decía un amigo, que había participado en las manifestaciones de la plaza Tahrir contra Mubarak.

No querían que nos conmoviéramos. Sin imágenes, no hay empatía. Quisieron ocultar lo sucedido en Rabaa deteniendo a periodistas. El fotorreportero Shawkan, que había vivido la masacre, estuvo cinco años en prisión. Desde que salió de la cárcel, vive en semi libertad: es libre doce horas; se pasa las otras doce encerrado en una comisaría. Tiroteaban a la prensa. Mientras grababa en video, un francotirador mató a la periodista egipcia Habiba Ahmed Abdel Aziz. Tenía veintiséis años.

Antes de escapar de Rabaa, un joven fotógrafo,Mosaab al-Shamy, logró esconder en su zapato la memoria de la cámara. La prensa internacional publicó sus fotografías. El horror ya no podría negarse. Sin embargo, los oficiales implicados en la masacre no serán juzgados, porque una ley reciente les otorga inmunidad.

Las televisiones difundían la misma escenografía zafia: sacos de municiones y machetes relucientes, supuestamente encontrados en Rabaa. Una docena de hombres armados trataba de repeler el ataque de las fuerzas de seguridad. Mostraban las mismas imágenes una y otra vez. “No había otra solución; no quieres entenderlo”, me explicaban mis amistades. “Ese no era modo de dispersar Rabaa. Los demás manifestantes eran pacíficos”, decía yo. Hablaba en el desierto.

Un niño se sienta en medio de los escombros de un campamento de protesta fuera de la mezquita quemada Rabaa Adawiya en El Cairo, 15 de agosto de 2013. REUTERS/Mohamed Abd El Ghany
Todos los canales de televisión egipcios repetían lo mismo: “Los Hermanos Musulmanes son terroristas; quieren destruir el país y hay que acabar con ellos”. Siguiendo un mismo guión, aseguraban que “en circunstancias excepcionales, hay que suspender los derechos humanos”. En la plaza de Rabaa al-Adawiya, una mujer extendía los brazos al cielo, junto a la mezquita calcinada. Le habían quitado el sonido, pero leí en sus labios: “tanta violencia, tanta”.

A las diez de la noche, el parte del ministerio de interior hablaba de 638 muertos y 4.000 heridos. Sería el último comunicado oficial sobre lo sucedido. Las muertes eran muchas más. La televisión animaba a delatar a quienes simpatizaran con los Hermanos Musulmanes.
A todas horas, sonaba la canción Que Dios bendiga al ejército. El Cairo se llenó de retratos del nuevo hombre fuerte, el general Abdel Fattah al-Sisi. Quienes habían perdido a un hijo, una hermana, un marido en Rabaa, vivían un sufrimiento indecible. Era un dolor sin reconocimiento, porque una parte del país lo consideraba un mal necesario.

Los Hermanos Musulmanes siguieron manifestándose, con una importantísima participación de las mujeres, y las fuerzas de seguridad volvieron a disparar. Se detenía a adolescentes por fotografiarse haciendo el signo de Rabaa, cuatro dedos extendidos y el pulgar doblado. La Hermandad fue ilegalizada y sus propiedades requisadas. Unos meses después, empezaron los juicios masivos contra los líderes y los simpatizantes del movimiento, con cientos de acusados enjaulados. Se dictaron terribles condenas.

Encarcelados en prisiones de máxima seguridad, como Al-Aqrab, los líderes de los Hermanos Musulmanes llevan desde entonces en régimen de aislamiento, hablándole a la pared, sin ver a sus familias ni recibir atención médica adecuada. Quienes denuncian estas terribles condiciones de reclusión pagan un alto precio: la cárcel. Aisha al-Shater, la hija de un destacado dirigente de la Hermandad, lleva presa desde el pasado noviembre, aislada de las demás reclusas.

Los gobiernos europeos condenaron la masacre de Rabaa con la boca pequeña. El Consejo Europeo acordó un embargo de armas que no se cumplió. El silencio de la comunidad internacional encubrió lo sucedido.

Rabaa era una advertencia: la disidencia ya no estaba permitida. Poco después, empezaron a detener a aquellos hombres y mujeres jóvenes que habían traído la primavera a Egipto, levantándose contra Mubarak y después la Junta Militar. Actualmente, detienen a periodistas, abogadas, defensores de derechos humanos, disidentes, a gente corriente que exige libertad.  Después de Rabaa, Egipto es una cárcel a cielo abierto.