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Los Django de Melilla y la resistencia ante las leyes que priorizan las fronteras sobre la vida de las personas

Por Taima Dehni, miembro del Equipo de migración y refugio en Amnistía Internacional España,

El 22 de julio emprendimos nuestro viaje a Melilla con el objetivo de recoger testimonios acerca de lo que ocurrió el pasado 24 de junio, cuando alrededor de 2.000 personas, en su mayoría provenientes de Sudán, Sudán del Sur, y Chad, intentaron cruzar la valla que separa Melilla de la ciudad marroquí de Nador, hecho que desembocó en una tragedia, cobrándose la vida de al menos 37 personas y cuya investigación sigue reclamando Amnistía Internacional junto con otras ONG y organismos internacionales como la ONU.

Mi labor como intérprete requería no implicarme emocionalmente en los casos, un principio no muy fácil de seguir cuando se trata de escuchar experiencias como aquellas. Tras unos días de largas entrevistas, habíamos escuchado ya varios testimonios, todos ellos desgarradores. Con apenas 14-15 años, muchos de esos jóvenes se habían visto obligados a emprender un viaje que iba a durar no menos de tres años pasando por países donde se enfrentaron a toda clase de dificultades: racismo, malos tratos, explotación, exclusión… Y justo cuando ya parecía que ese sufrimiento había terminado, a las puertas de la Europa pro-derechos humanos, habían vivido la mayor tragedia de la frontera sur en los últimos 30 años. El resultado: al menos 37 muertes, 77 personas desaparecidas y 470 devoluciones sumarias.

Agentes antidisturbios acordonan la zona tras la llegada de inmigrantes a suelo español y cruzar la valla de Melilla, el 24 de junio de 2022. © AP Photo/Javier Bernardo, Archivo

Ese día llegamos al lugar donde sería nuestro despacho durante toda nuestra misión en Melilla. Un sofá y dos sillas conseguidas por los chavales de algún vertedero y colocadas debajo de un puente cerca del CETI. Ahí nos esperaban tres chicos dispuestos a dar su testimonio, número que fue elevándose a medida que pasaban los días y aumentaba su confianza en nosotras.

Uno de los chicos dibujaba en la pared lo que parecía una palabra en árabe. Aquella imagen me recordó a los famosos grafitis de Daraa (Siria) a principios del 2011. Esas pintadas expresaban desobediencia civil y reclamaban cambios, una forma de expresión pacifica que, sin embargo, tuvo duras represalias por parte del régimen. Aquello fue la chispa que provocó el fuego de la Revolución Siria. 

Django”, leí. “¿Qué significa?”.

Somos nosotros, los inmigrantes negros”, dijo Omar.

Omar tenía la cabeza completamente rapada y dejaba al descubierto una cicatriz de unos 12 puntos. Días antes, le habíamos preguntado durante su testimonio cómo se lo había hecho. “Un golpe con la porra. Fue un guardia español quien me la proporcionó cuando ya había saltado la valla”, había sentenciado.

La palabra Django proviene de una novela muy conocida en Sudán, del famoso autor sudanés Abdelaziz Baraka Sakin”, dijo Rayan.

Rayan provenía de un campamento de refugiados de Darfur. Entre el 2003 y 2009, esta región en el Sudán occidental fue objeto de bombardeos y una campaña de “limpieza étnica” por parte del gobierno autoritario de Omar al Bachir. El conocido como “el carnicero de Darfur” respondía así ante la insurgencia de grupos de rebeldes africanos y llevó a que millones de personas se desplazaran forzosamente, Rayan y su familia entre ellas. Él era un claro ejemplo de una persona con derecho a protección internacional, un derecho que le fue arrebatado por todos aquellos países que llegó a pisar, incluida España.

“… léelo y entenderás su significado”, dijo Rayan.

Manifestación antirracista "contra las muertes en las fronteras", celebrada en Barcelona el 1 de julio de 2022, para pedir responsabilidades por la tragedia de Melilla y condenar lo allí sucedido. © Pau Barrena/AFP via Getty Images

Esa noche quise ampliar mi información acerca del término Django y, siguiendo la recomendación de Rayan, empecé a leer la novela de Abdelaziz Baraka Sakin. Era un duro relato sobre los “Django”, aquellos trabajadores agrícolas que malviven en las fronteras sudanesas en difíciles condiciones, marginados y olvidados por el sistema. Un día, los Django, hartos de la condición de vida impuesta, deciden rebelarse y luchar por su derecho más básico: el derecho a tener una vida digna. Buscando un poco más, descubrí que, gracias a esta novela, la palabra “Django” se convirtió en un símbolo de resistencia que inspiró a muchos jóvenes sudaneses en su revolución contra Al-Bashir. 

¿Tenéis algún sueño?”, les preguntamos el último día de nuestra misión.

Rayan sonrió. “Si no tuviéramos sueños y ambiciones no hubiésemos salido de Sudán”.

Mi sueño es ser jugador de fútbol profesional”, dijo Sheikh con un tono triste pero firme.

Era la tercera vez que Sheikh pisaba suelo español. Las dos veces anteriores había sido devuelto en caliente, sin que nadie le preguntase sobre su procedencia o las causas por las cuales había huido del Sudán, concretamente de al Damazin, capital del Nilo azul y zona azotada por conflictos tribales. La segunda vez que fue devuelto la recordaba con amargura. Debido a la persecución por la gendarmería marroquí había sufrido heridas en una de sus piernas que más tarde le impedirían dedicarse a lo que más le gusta: jugar al fútbol. En Ceuta se le negó la asistencia médica para proceder a devolverle en caliente. “Al no poder sostenerme en pie, hicieron que uno de mis amigos me cargara en su espalda de vuelta a Marruecos”, había relatado Sheikh el día que le entrevistamos. Sin embargo, a pesar de todo lo vivido, Sheikh no iba a abandonar su sueño tan fácilmente.

A mí me gustaría terminar mis estudios de enfermería y llegar a escribir un libro algún día”, respondió. 

¿Sobre qué sería?”

Sobre mi viaje. Quiero inspirar a la gente”.

Son muchas las cosas que me enseñaron los Django de Melilla. Quizá la más importante de ellas es que la voluntad de la vida, la de una vida digna, es mucho más poderosa que cualquier ley escrita por el hombre.

Los Django de Melilla habían resistido a las políticas represivas de sus países y lo seguían haciendo fuera de ellos. Con su viaje, resistían aquellas leyes que priorizan las fronteras sobre la vida de las personas. Desde su lengua reclaman la más natural de las leyes de vida, la del movimiento de las personas cuando las condiciones de vida en el lugar de origen se vuelven imposibles. Luchar contra ello sería como luchar contra de la propia naturaleza: inmoral, inútil y fatídico.

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