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Interior del hospital Abu Yousef Al-Najjar, en Rafah, gravemente dañado tras las operaciones militares en Gaza.

La destrucción de hospitales y centros médicos agrava una crisis sanitaria que obliga a profesionales como Mohammed y Malak a trabajar en condiciones extremas. © picture alliance/dpa | Abed Rahim Khatib

Blog

Mohammed y Malak: una casa vacía, una historia de amor y dos vidas destruidas en Gaza

Por Amnistía Internacional España,
Mohammed y Malak (*)
Mohammed es intensivista pediátrico en Gaza. Malak era médica neonatóloga. Llevaban siete años de relación y tenían previsto formalizar su compromiso en octubre de 2023. El conflicto entre Israel y Gaza truncó sus planes y Malak murió el 15 de noviembre de ese mismo año. Hoy, Mohammed continúa trabajando con pacientes pediátricos mientras convive con su pérdida.

Hay cicatrices en el cuerpo que la medicina puede curar, pero hay ausencias que perforan el alma para siempre. A sus treinta años, el doctor Mohammed sabe que la parte más dura de una guerra no es el estruendo de los proyectiles que caen, sino el silencio insoportable que dejan a su paso las personas que amamos y que ya no van a regresar. Esta no es una crónica sobre hospitales desbordados ni estadísticas del conflicto; es la historia del hilo invisible que unió a dos jóvenes profesionales de la medicina en mitad del caos, de una casa construida con ilusión que jamás llegó a ser habitada, y de un nombre, Malak, grabado en una pared que el fuego no pudo borrar.

1. El inventario de las personas desconocidas

En la medicina de urgencias, el anonimato es un mecanismo de defensa. Cuando el hospital colapsa, la mente del intensivista se automatiza para no quebrarse: el dolor se clasifica, se contiene y se numera. La noche del 15 de noviembre, el doctor Mohammed aplicaba esa fría disciplina forense en el European Gaza Hospital. La sala de urgencias se había convertido en un andén de cuerpos destrozados: personas adultas, ancianas y bebés cuyos llantos se apagaban conforme se les terminaba el aire. La muerte ganaba la partida en cada camilla y su tarea, puramente administrativa, consistía en certificar los fallecimientos en cadena para evitar que se perdieran en el anonimato de las fosas comunes.

Con un bolígrafo y una tablilla médica, Mohammed iba levantando un inventario de la catástrofe. Fue anotando en los registros oficiales: Desconocido 1, Desconocido 2, Desconocido 3... así, de manera sistemática, hasta llegar al número quince.

Hasta ese momento, el horror había tenido números. Pero entonces un miembro del personal de rescate, cubierto de polvo gris y sangre seca, se le acercó de frente y pronunció un apellido entre las víctimas que acababan de liberar de los escombros de un cohete. Era el apellido de la familia de Malak.

Mohammed dejó la tablilla y le miró a los ojos.

— ¿Qué quiere decir? Repita ese apellido, por favor. ¿La doctora Malak?

El hombre no habló. Se limitó a señalar hacia una de las camillas del fondo, donde descansaba una hilera de bolsas de plástico oscuras. «Ese es su cuerpo. Ahí está ella», dijo.

Mohammed caminó hacia la camilla y abrió la cremallera de plástico. Frente a la bolsa intentó buscar sus rasgos familiares, la forma de su rostro o el brillo de sus ojos azules, pero el impacto de la explosión había sido tan devastador que el cuerpo estaba irreconocible. Por un instante, la negación médica le hizo pensar que era un error. Sin embargo, al apartar un fragmento de ropa, sus dedos tropezaron con un collar de plata que él mismo le había regalado meses atrás. Tenía su nombre grabado y estaba cubierto con su sangre.

A su lado, el tío de Malak entró en la sala con el rostro desencajado y confirmó su identidad completa para el registro oficial. La mujer con la que Mohammed iba a casarse estaba allí, inerte sobre el metal de la camilla. El inventario de las personas desconocidas había terminado.

“La mujer con la que Mohammed iba a casarse estaba allí, inerte sobre el metal de la camilla. El inventario de las personas desconocidas había terminado”.

La población civil palestina comparte la ruptura del ayuno durante el Ramadán entre edificios destruidos en Rafah, Gaza.

En Rafah, familias palestinas comparten la ruptura del ayuno entre los escombros. La vida cotidiana continúa incluso en medio de la devastación. © Ali Jadallah/Anadolu via Getty Images

2. Siete años de ciencia y una pared con nombre

Para un médico, la vida se mide en la viabilidad de los cuerpos; para Mohammed y Malak, el futuro se medía en planos y paredes de yeso fresco. El contraste entre la camilla de urgencias y la memoria de su origen es un salto de siete años atrás, a los pasillos ruidosos de la facultad de medicina. Se conocieron en cuarto año, compartiendo apuntes, guardias y un café rápido entre clase y clase.

A principios de 2023, la estabilidad de sus puestos médicos les permitió planear su boda para octubre de ese mismo año. Mohammed se volcó en la construcción de la casa que compartirían,

No levantó cuatro paredes cualquiera; construyó un santuario dedicado a su futuro común. Ambos dedicaron tardes enteras a montar los muebles, a diseñar la disposición de la cocina, a imaginar dónde colocarían los libros y los utensilios médicos. Mohammed, en un arrebato, contrató a un pintor profesional con un único encargo especial: escribir el nombre de ella, en letras inglesas, sobre la pared principal de la que sería su habitación común: Malak.

Con la casa completamente terminada y los muebles colocados, la pareja fijó la fecha para el compromiso formal ante sus familias. Mohammed había reservado el día 10 de octubre para ir de etiqueta a casa de los padres de Malak, cumplir con los ritos tradicionales y pedir su mano formalmente antes de la boda. Pero el 7 de octubre, el sonido de las sirenas y las primeras explosiones rasgaron el cielo de Gaza. El conflicto estalló de golpe, y las manecillas del reloj de su vida se rompieron para siempre.

Debido a la situación, pospusieron el proyecto del compromiso. La prisa por ponerse a trabajar los obligaba a compensar la falta de personal. Eran médicos y los necesitaban en los hospitales más que en ningún otro lugar. Mohammed asumió la UCI pediátrica de su centro y Malak se marchó al suyo para atender a mujeres con complicaciones tras el parto. Separados por la urgencia del conflicto, dejaron atrás la casa recién terminada, un espacio vacío habitado únicamente por el eco de un nombre pintado en una pared que jamás llegó a estrenarse.

3. El luto invisible a cien metros de la fosa

Tras la confirmación de la identidad en urgencias, la lógica médica de Mohammed se redujo al espacio del depósito de cadáveres del hospital, un sótano saturado donde el olor a muerte se pegaba a la ropa. Entró en la sala de autopsias y permaneció de pie en una esquina, observando en silencio cómo una mujer lavaba con agua el cuerpo inerte de Malak, limpiando la tierra y la sangre antes de envolverla en el sudario blanco y colocarla en uno de los nichos metálicos. Al salir, la familia le comunicó que el entierro se llevaría a cabo a las doce del mediodía del día siguiente, en un terreno familiar en las afueras.

Ahí fue donde la realidad cultural y la crueldad del contexto mostraron su cara más amarga. En aquella sociedad, al no haberse celebrado aún el compromiso formal del 10 de octubre, Mohammed no era considerado oficialmente parte de la familia. No tenía el estatus de esposo ni de prometido ante la ley ni ante las costumbres. No podía estar en primera línea sosteniendo el féretro, ni recibir los abrazos de pésame. Su inmenso dolor era, a ojos de las costumbres, un luto invisible.

Durante el cortejo fúnebre Mohammed se vio obligado a quedarse a más de cien metros de distancia de la tumba. Desde allí, oculto tras la esquina de una estructura derruida, vio cómo bajaban el sudario a la fosa, cómo cubrían la tierra y cómo los familiares se retiraban poco a poco.

“No podía sostener el féretro ni recibir el pésame. Su inmenso dolor era, a ojos de las costumbres, un luto invisible”,

El cuerpo humano tiene un límite, y el de Mohammed llegó esa misma tarde. Tras el entierro, la mente del médico dijo basta. Se quitó la bata, abandonó las salas de la UCI y regresó a la casa de sus padres, donde se derrumbó. Fue entonces cuando el trauma acumulado durante meses emergió a la superficie de la forma más violenta posible. El doctor Mohammed desarrolló un trastorno de estrés postraumático severo acompañado de devastadores ataques de pánico.

«Me despertaba sintiendo que me estrangulaban, que me asfixiaba en mitad de la noche. Me faltaba el aire por completo. Tenía que levantarme y sentarme en un rincón de la habitación, acurrucado, temblando de arriba abajo con las manos apretadas con fuerza en torno a mi garganta, como si hubiera algo invisible oprimiéndome las vías respiratorias y quitándome la vida despacio».

Sus padres lo sostuvieron en ese abismo, calmando sus temblores en el suelo del dormitorio y recordándole cómo respirar cuando el aire se negaba a entrar en sus pulmones.

Ambulancia dañada entre escombros en Beit Lahia, al norte de Gaza, tras meses de conflicto armado.

Una ambulancia destruida. El personal sanitario de Gaza trabaja entre la escasez de recursos, los daños a las infraestructuras y la inseguridad constante. © Hasan N. H. Alzaanin/Anadolu via Getty Images

4. El hospital como único mecanismo de defensa

Quince días duró el aislamiento en su habitación mientras el conflicto continuaba en el exterior. En mitad de la penumbra de los ataques de pánico, una frase empezó a repetirse en la cabeza de Mohammed como un eco lejano, rescatada de aquella última conversación telefónica del 15 de noviembre. Eran las palabras de Malak.

«Tú eres Mohammed –le había dicho ella meses atrás–. No eres como cualquier otro médico, así que mantente firme hasta el final del conflicto».

Entendió que regresar al hospital era la única forma de honrar su memoria. Mohammed se levantó, se enfundó de nuevo la bata y regresó a las Unidades de Cuidados Intensivos Pediátricos. Pero ya no volvió como el mismo hombre. Volvió habitado por el recuerdo de Malak y empezó a encadenar turnos de veinticuatro horas al día, trabajando cinco o seis días por semana.

Sus compañeros y compañeras del hospital lo miraban con una mezcla de respeto y pesar. Sabían lo que había ocurrido en urgencias aquella noche de noviembre. Algunas amistades cercanas le sugerían, con delicadeza, que estaba trabajando demasiado, que se estaba matando a guardias en un intento desesperado por escapar de la realidad.

“Los hospitales de Gaza no solo atienden heridas: también son el lugar donde médicos y enfermeras afrontan pérdidas personales mientras siguen cuidando de otras personas”.

Hoy, Mohammed encuentra cierto consuelo en la fe y en la certeza de que el sufrimiento de Malak ha terminado. Sabe que ella está en un lugar seguro, lejos del humo, del desabastecimiento y del ruido de los cazas. A veces, en los breves instantes de calma que le concede la noche, abre el Sagrado Corán y lee unos versos en su memoria, recordando los siete años que compartieron. En sus pensamientos, ella le sigue pidiendo que cuide de los pacientes de la UCI pediátrica.

Esta es la historia del director de una UCI pediátrica en Gaza, un hombre que atiende a la infancia mientras convive con su propia ausencia. Contar lo que sucedió aquella noche del 15 de noviembre no es solo un acto de denuncia; es el compromiso de mantener vivo el recuerdo de Malak, impidiendo que su talento, su trabajo y su nombre queden sepultados bajo el polvo gris de los escombros.

Si quieres conocer mejor su trabajo diario, lee nuestro post: "Tenía que elegir qué niño o niña recibía una cama en la UCI": la historia de Mohammed, intensivista pediátrico en Gaza

Dedicado a la memoria de Malak, Tamer, Razan y Mira. Que el silencio de su descanso recuerde siempre el valor de quienes se quedaron para sanar.
(*) Mohammed y Malak son nombres ficticios para proteger su identidad.

 

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