Buena parte de la población siria sigue sufriendo tras casi siete años de sangrienta guerra civil que ha provocado ya entre 350.000 y 450.000 muertes, 5,5 millones de personas refugiadas y 6,3 millones de desplazadas internas.
Aunque las fuerzas del presidente Bashar al Assad, apoyadas por Rusia, han ganado mucho terreno, el conflicto bélico continúa, y zonas como la de Guta Oriental próxima a Damasco, se encuentran en situación crítica. El asedio gubernamental a ese enclave rebelde donde 400.000 civiles sobreviven a duras penas está siendo implacable. Los crímenes de guerra y de lesa humanidad siguen estando a la orden del día. El horizonte se ha vuelto aún más sombrío y cruel por los incesantes bombardeos –incluso con las prohibidas bombas de racimo– y la negativa del Gobierno a evacuar a personas con heridas y enfermedades graves. La atención sanitaria en Guta se encuentra bajo mínimos, con el personal diezmado y una creciente escasez de material médico y quirúrgico y de fármacos adecuados –se aprovechan incluso los ya caducados– para tratar cánceres, dolencias cardíacas, diabetes y otras enfermedades crónicas. A la falta de agua y luz se suma la de alimentos básicos, que ha hecho aumentar la desnutrición, sobre todo infantil.Los testimonios son espeluznantes. Hoda, médico de un hospital de campo, hace recuento de urgencias –"necesitamos combustible, anestésicos, oxígeno, antibióticos"– y subraya que "quienes más sufren" son los menores. Como "sus familias no pueden permitirse comprarles comida, terminan comiendo cebada, que es asequible, una vez al día". El resultado es su desnutrición: "Todos los niños y niñas que me llegan son esqueletos: huesos y piel. Vi a un bebé de 10 meses que pesaba 800 gramos. Todos, sin excepción, están por debajo de su peso”. Otro testimonio sanitario relata con impotencia las fatales consecuencias de la falta de material: "Cuando nos llegaban casos de insuficiencia renal, no podíamos hacer nada, porque no teníamos máquinas de diálisis. Así que veíamos a los pacientes morir delante de nuestros ojos sin poder ofrecerles nada”.“Todos los niños y niñas que me llegan son esqueletos: huesos y piel. Vi a un bebé de 10 meses que pesaba 800 gramos. Todos, sin excepción, están por debajo de su peso.”
Hoda, médico de un hospital de campo
Decenas de personas sirias esperan la llegada de un convoy de ayuda el 11 de enero de 2016 en la ciudad sitiada de Madaya como parte de un histórico acuerdo alcanzado para poner fin a las hostilidades en esa zona a cambio de asistencia humanitaria. © STRINGER/AFP/Getty Images
"Morir para poder comer en el cielo"
El asedio se reforzó en febrero de 2017 con el cierre gubernamental de los túneles de contrabando por los que llegaba un mínimo de alimentos, agua y material médico, y se completó el 3 de octubre con la clausura del aeropuerto de Al Wafideen, lo que permitía bloquear la ayuda sanitaria y humanitaria. Desde entonces apenas se ha autorizado la entrada de dos convoyes, y solo después de apartar todo el material médico. La retirada o bloqueo de suministros farmacológicos, médicos y quirúrgicos ha sido denunciada desde el departamento de Asuntos Humanitarios de la ONU como violación de las obligaciones humanitarias internacionales de Siria. También la oposición armada –en particular Hayat Tahrir al Sham y el Movimiento Islámico Ahrar al Sham– han restringido y confiscado ayuda humanitaria. Ni siquiera los cuatro pactos locales de 2016 y 2017 entre Gobierno y grupos armados de oposición han mejorado la situación. Pese a su etiqueta oficial de avance hacia la "reconciliación", la realidad es que fueron precedidos de mortíferos asedios y bombardeos que reeditaron la táctica militar gubernamental de "rendirse o morir de hambre" y que provocaron masivos desplazamientos forzados de civiles. Amnistía Internacional lo documentó hace dos meses en su informe “Nos marchamos o morimos”: Desplazamiento forzado por los acuerdos de ‘reconciliación’ en Siria. La devastadora combinación de asedios y bombardeos, remarcó Philip Luther desde AI: "formaba parte de un ataque sistemático y generalizado contra civiles, que constituye crímenes de lesa humanidad”. También lo es el desplazamiento de miles de personas de seis zonas sitiadas: Daraya, Alepo-Este, Al-Waer, Madaya, Kefraya y Foua.Los testimonios recogidos componen una galería de atrocidades bélicas. En Daraya, el asedio redujo la dieta diaria a una única comida, y antiguos residentes contaron que "no sabíamos que podías comer hierba". Cuando descubrieron que "era comestible", intentaron "agregarle diferentes ingredientes", aunque "al final solo era hierba". Una madre de dos menores aparcó cualquier escrúpulo para alimentarlos: si el arroz sobrante se pudría por el calor, lo lavaba, recocía y volvía a servir aunque hubieran aparecido gusanos; si había que "limpiar el arroz de excrementos de ratas", se hacía y "nos lo comíamos" aunque a ella siempre le hubieran dado miedo las ratas. Antiguos residentes contaron que lo habitual era perder peso, y la "fatiga física era tal, que era común ver a gente desmayarse en la calle". Y un maestro que coordinaba una escuela clandestina tras el cierre de los colegios públicos relataba cómo un brillante alumno de cinco años "estaba irreconocible" dos años después: "Era como un cadáver con los ojos abiertos". Otro muchacho "dijo que deseaba morir como su padre para finalmente poder comer en el cielo".“La fatiga física era tal, que era común ver a gente desmayarse en la calle. (...) Otro muchacho dijo que deseaba morir como su padre para finalmente poder comer en el cielo.”Testimonio de un antiguo residente en Daraya
Saqueos militares, cultivos quemados
Un miembro de las fuerzas progubernamentales sirias se encuentra a la entrada de la ciudad siria de Madaya, controlada por los rebeldes, mientras los residentes esperan un convoy de ayuda de la Media Luna Roja Árabe Siria el 14 de enero de 2016. © AFP/Getty Images
