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Genovés, con activistas de AI, 2019. © AI

Genovés: el pintor de la humanidad

Por Esteban Beltrán, director de Amnistía Internacional España, 

Una de mis primeras actividades en Amnistía Internacional, cuando tenía diecinueve años, fue vender a familiares y amigos, en una mesa a la salida del “Café Comercial”, litografías de “El Abrazo” el cuadro emblemático del pintor Juan Genovés, uno de los grandes, que ha muerto hoy.

La organización, en esos primeros años de existencia, se financió en parte con la venta de carteles de este cuadro, cuyos derechos Genovés cedió generosamente.

Ese “Abrazo” reflejaba el encuentro de los presos de conciencia con sus familiares a la salida de cárcel. Años después en su estudio, nos contó que la policía, en la época en que pintó el cuadro, quiso entrar en su casa tratando de capturarle, y que su hijo, apenas una criatura y aleccionado por sus padres, indicó amablemente a los funcionarios franquistas que no podía abrir la puerta hasta que no tuvieran una orden judicial. Cuando finalmente fue detenido e interrogado los policías le preguntaron por la identidad de la única figura femenina que aparecía en el cuadro. ¿No será esa la mujer de Marcelino Camacho? En el ambiente oscuro y arbitrario de entonces Juan Genovés describía con su pintura al ser humano, como hizo siempre.

Sí, creo que Juan era el pintor de la humanidad en pequeño. Me enseñó, ese mismo día, un cuadro en espiral lleno de diminutas figuras humanas. Ahí comprendí que también era el pintor de lo individual, de la irrepetible condición de cada uno de nosotros. Cientos de figuras, con diferentes formas, se entrelazaban unas con otras, independientes y unidas a la vez.

Hoy se me vienen encima recuerdos como pájaros. Le conocí personalmente en el año 2004, junto a José Saramago, cuando acudió al acto en Madrid del Premio Embajador de Conciencia que entregamos ese año a Hilda Morales, defensora guatemalteca de derechos humanos, y a Mary Robinson, expresidenta de Irlanda. Desde entonces, de una u otra manera, nos hemos mantenido en contacto y mi casa se ha ido llenando de Genovés. Sobre el cabecero de mi cama flotan algunos de sus planetas azules llenos de hombrecitos.

Hace unos meses asistí a la presentación de un libro suyo que reunía su pintura más política. Los organizadores proyectaron en la sala algunas de sus obras de la década de los años sesenta y setenta del siglo pasado. La pintura era fresca, ágil y precisa, en ocasiones casi cinematográfica. Me sorprendieron algunas obras que anticipaban, en cierta manera, el estilo de Banksy. Me llamó la atención el uso de los colores planos, del blanco y el negro, de la perspectiva... Recuerdo gente corriendo, despavorida, como si huyeran de los golpes de policías tras una manifestación; o policías con cascos llevándose a gente joven detenida… Me impactó, sobre todo, la imagen de cinco figuras de pie, con los ojos vendados, con la ropa arrugada, esperando su ejecución. Cada una de esas personas, erguidas, mantenía la dignidad ante la muerte.

Al terminar el acto nos acercamos a saludarle. A pesar de su edad, estaba lleno de energía, siempre andaba imaginando proyectos y acontecimientos en su vida. Se quejaba, eso sí, de que los grandes museos españoles no parecían interesados en exponer su colección de cuadros de temas políticos y de derechos humanos. Le pregunté qué tal se encontraba, quizá todavía impresionado por aquella conversación, un par de años atrás, durante la cual me confirmó que se levantaba a las seis de la mañana y trabajaba sin interrupción varias horas seguidas. “Ahora no puedo tanto, Beltrán. Con ochenta y siete años trabajo tres horas seguidas, descanso una y sigo”.

Un día se acercó a la oficina de Amnistía Internacional en Madrid a visitar la sala de reuniones “El Abrazo” presidida por una reproducción en tamaño real de su obra. La miró con curiosidad, como si todavía pudiera descubrir entre sus trazos algo oculto o no evidente. Se interesó por nuestro trabajo de hoy, y recuerdo la indignación que le provocaba la situación de aquellos refugiados que arriesgaban su vida para huir de la guerra y se encontraban con un portazo sonoro e ilegal de muchos países europeos.

Parafraseando a Mark Twain al descubrir su propio obituario en el New York Times, las noticias de su muerte son del todo exageradas: Juan es inmortal, lo es su obra y su humanidad.