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Una multitud contempla unos automóviles quemados tras la explosión de una bomba en la glorieta más transitada cerca del mercado de los lunes en Maiduguri, estado de Borno, 1 de julio de 2014. © STRINGER/AFP/Getty Images

Boko Haram: Un reguero de muerte, destrucción y crueldad

Hace justo un año que el secuestro de 276 colegialas en Chibok (Nigeria) situó el foco de atención internacional en el grupo armado islamista Boko Haram y en su feroz campaña de violencia en el nordeste de ese país africano. Más de 4.000 muertes de civiles en 2014 y otras 1.500 en el primer trimestre de 2015 confirman la magnitud del drama, cuyos perfiles dibujan un escalofriante escenario de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad perpetrados por Boko Haram y documentados en nuestro informe titulado Nuestra labor es disparar, asesinar y matar. El reinado del terror de Boko Haram en el nordeste de Nigeria

Boko Haram en cifras:

  • 15.000: Número aproximado de combatientes de Boko Haram.
  • 5.500: Número mínimo de civiles a los que Boko Haram ha dado muerte desde el comienzo de 2014. Esta cifra incluye:
    – 817 civiles muertos en 46 ataques con bombas en el nordeste y en otras zonas del país.
    – 1.500 civiles muertos en 2015 en al menos 70 ataques diferentes contra pueblos y ciudades del nordeste.
  • 2.000: Número aproximado de mujeres y niñas secuestradas por Boko Haram desde el comienzo de 2014. Esta cifra incluye:
     276 escolares secuestradas en Chibok en abril de 2014, de las cuales 219 llevan 365 días desaparecidas. 
  • 300: Número de incursiones y ataques contra civiles realizados por Boko Haram desde el comienzo de 2014.
  • 5.900: Número de edificios de la localidad de Bama (entre ellos un hospital) dañados o destruidos por Boko Haram en marzo de 2015, según imágenes de satélite. Esta cifra representa el 70 % del total de la ciudad. 
  • 3.700: Número de edificios de la localidad de Baga dañados o destruidos por Boko Haram en enero de 2015, según imágenes de satélite.  

El propio título de la investigación deja claro ese terrible panorama. Y tanto su base testimonial como las pruebas gráficas subrayan la brutal devastación humana y material causada. A las víctimas mortales se suma el más de millón y medio de personas que han huido a otras regiones o a países vecinos, mientras localidades como Bama han visto destruido o dañado el 70% de sus edificios, incluido el hospital.

Precisamente de Bama proceden algunos de los testimonios más escalofriantes.

Amira Ali*  vio a miembros de Boko Haram yendo casa por casa, cadáveres con cuchilladas y disparos y "cuerpos sin cabeza tendidos en la calle". 

Halima Gana
* contó que mataban a todos los hombres que encontraban, aunque ella consiguió salvar a su hijo tras insistir en que "no iba a la escuela ni hacía ningún trabajo para el Gobierno".

Boko Haram, cuyo nombre suele traducirse como "La educación occidental es pecado", se opone desde 2009 a todo lo que crea "influido por Occidente", incluidas elecciones y educación laica, y persigue ese tipo de actividades de forma implacable. La atrocidad de sus métodos alcanza, según narró Fatima Umaru* a los investigadores de AI, a la quema de "más de 10 viviendas con ancianos y mujeres dentro", y de la prisión con gente en su interior.

El grupo armado nigeriano, que juró el mes pasado lealtad al yihadista Estado Islámico, no repara en métodos brutales para imponer su ley. En Gamborou, localidad del mismo Estado de Borno que Chibok, sus sucesivos ataques se han cobrado cientos de muertes.
 

Sari Zuwa* vio a los combatientes de Boko Haram "disparando y matando indiscriminadamente", primero con un carro blindado y luego desde un centenar de motos robadas en un concesionario. 


Ibrahim Jibrie* llegaba al mercado cuando oyó los tiros; él mismo enterró 30 cadáveres al día siguiente, algunos de comerciantes quemados dentro de sus propias tiendas. Hubo casi 400 víctimas, y al menos 200 en otro ataque posterior cuyo objetivo principal fueron los hombres jóvenes.

Al hijo de 20 años de Mallam Yusuf* lo persiguieron hasta su casa y "le dispararon en la cabeza justo delante de mí". La lista de víctimas incluyó niños de 10 años y ancianos de 70, y Hamidah Tijani* estimó en 200 los cadáveres enterrados en una fosa común.

La bandera de Boko Haram ondea en un puesto de mando de Gamborou, abandonado después que tropas procedentes de Chad expulsaran al grupo armado de esta localidad fronteriza el 4 de febrero de 2015. Los combatientes de Boko Haram llevaron a cabo una matanza en la localidad de Fotokol, en la frontera con Camerún, donde masacraron a decenas de civiles e incendiaron una mezquita antes de que los soldados de la región los obligaran a retirarse. STEPHANE YAS/AFP/Getty Images

 
Boko Haram no solo tiene en su punto de mira a civiles, sino también a las milicias respaldadas por el Estado para luchar contra ellos, conocidas como Fuerzas Especiales Conjuntas. En un reciente ataque a la localidad de Monguno, Halima Hussein* contó que los combatientes buscaron "casa por casa" a posibles integrantes de las Fuerzas Especiales Conjuntas, y Abdullah Abba* coincidió en que en esa búsqueda "empezaron disparando especialmente a hombres jóvenes y muchachos". Al final, añadió el segundo, las víctimas civiles superaron el centenar –también mujeres, niños y mayores–, y había "tantos cadáveres", que "olía a muerto en todas partes".


"Ellos asumen que todos los jóvenes son de las Fuerzas Especiales Conjuntas",
se lamentó Hauwa Kolomi* al recordar el asesinato de su yerno en un ataque de Boko Haram a Baga. No hubo manera de convencerlos de lo contrario, ni siquiera cuando erraron el disparo; entonces lo tomaron por hechicero y "lo golpearon hasta la muerte con una barra de metal. Lo hicieron delante de sus hijos y de mi hija; nos obligaron a verlo". Como telón de fondo quedó un reguero de muerte (cientos de civiles asesinados), destrucción (3.700 edificios arrasados) y crueldad implacable.

Implacable crueldad como la registrada en Madagali, donde cientos de hombres fueron 'ejecutados' por no sumarse a Boko Haram. Ahmed Saleh* comprobó cómo dos combatientes cumplían su amenaza de "muerte a quienes rehusaran convertirse" y "degollaban con navajas" a varios hombres "sentados en el suelo con las manos atadas". Mientras se apilaban los cadáveres y esperaba "su turno" –contó 27 'ejecuciones'–, la suerte llamó a la puerta de Alhaji Batare*: su verdugo "dijo que su cuchillo ya no cortaba", así que "nos arrojó a varios al montón de cadáveres, cogió su pistola y disparó. Un hombre cayó encima de mí. Una bala me dio en el hombro derecho. Estaba lleno de sangre". Pero se libró: los combatientes dispararon al resto de hombres y se fueron. 


Una pared con pintadas de Boko Haram en Damasak, 24 de marzo de 2015. Según informaron los residentes, los integristas de Boko Haram han secuestrado a más de 400 mujeres, niños y  niñas en la localidad de Damasak, en el norte de Nigeria, liberada este mes por tropas de Níger y Chad. © REUTERS/Joe Penney 
 

Mujeres y niñas

El círculo de terror de Boko Haram se cierra con las mujeres y niñas, que se cuentan entre sus grandes víctimas. El secuestro de las 276 alumnas de secundaria de Chibok –de las que medio centenar lograron escapar– no es más que la punta del iceberg. Más de 2.000 nigerianas han sido secuestradas en 2014 y 2015 por ese grupo armado, que las encarcela y utiliza como esclavas sexuales, que las obliga a convertirse y les impone matrimonios forzosos con sus combatientes y que incluso las entrena militarmente y las obliga a participar en sus ataques. 

 Me violaron en varias ocasiones. A veces cinco de ellos, a veces tres, a veces seis. Durante todo el tiempo que estuve allí. Siempre por la noche. Algunos eran compañeros de clase o de mi pueblo. Estos que me conocían eran incluso más brutales conmigo.

[Me enseñaron] a disparar, a utilizar bombas y a atacar una aldea. Yo fui en una operación a mi propia aldea.

Tras pasar cuatro meses secuestrada en un remoto campo de Boko Haram, Aisha Yusuf* puede dar testimonio de todo ello. "Me violaron en varias ocasiones. A veces cinco de ellos, a veces tres, a veces seis. Durante todo el tiempo que estuve allí. Siempre por la noche. Algunos eran compañeros de clase o de mi pueblo. Estos que me conocían eran incluso más brutales conmigo". También integró el grupo de mujeres combatientes. La enseñaron "a disparar, a utilizar bombas y a atacar una aldea". Y llegó a entrar en combate. "Yo fui en una operación a mi propia aldea", contó. "Nunca sufrimos bajas, porque la mayoría de las veces ni siquiera encontrábamos resistencia de los soldados". 


Confiesa que "
no maté a nadie, pero sí quemé casas". Y vio asesinar a más de 50 personas en el campo, por rehusar convertirse o por negarse a aprender a matar. No llegó a ver la fosa común donde arrojaban a las víctimas, pero sentía el olor de los cadáveres en descomposición. A su hermana, secuestrada junto a ella, la mataron allí. Ella pudo escapar en enero con la ayuda de una cocinera.

Pero no se acaba ahí el "reinado del terror de Boko Haram", cuya galería de abusos y  atrocidades –documentada en este informe y que AI pide que sea estudiado por la Corte Penal Internacional– va desde el reclutamiento de hombres y niños bajo amenaza de muerte, hasta los incesantes ataques contra objetivos civiles tan vitales como escuelas, mercados o estaciones de autobuses. Por no hablar de las
condiciones de detención en los campos de Boko Haram, donde Paul Ali* recordó sus noches a la intemperie y sus días sin comer –la comida suele depender del éxito de los combatientes en sus saqueos–. Y en las improvisadas cárceles de mujeres como la de Ngoshe, donde las obligan a convertirse a su interpretación del islam.

Pese al fuerte despliegue de tropas en el nordeste y a la intensidad de los ataques de Boko Haram contra los civiles, las fuerzas de seguridad nigerianas han eludido en repetidas ocasiones su deber de proteger a la población civil frente a los ataques. Otras veces han respondido a la violencia con más violencia. El gobierno de Nigeria debe tomar todas las medidas legales necesarias para garantizar la seguridad y protección de la población civil y de sus bienes y debe garantizar que las víctimas tengan justicia y reparación, así como asegurar la rendición de cuentas. 

 

* Se han utilizado nombres ficticios por motivos de seguridad