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Fotografía de Ibrahim con su madre, Aster Fissehatsion, Eritrea, 28 de abril de 1990. © Amnesty International/Karen Veldkamp

Nacido en los campos de batalla de Eritrea

Por Kristin Hulaas Sunde, 

Los padres de Ibrahim fueron veteranos combatientes en la larga guerra de Eritrea para independizarse de Etiopía. Cuando esta finalizó en 1991, su madre, Aster Fissehatsion, se convirtió en una destacada política y su padre, Mahmoud Ahmed Sherifo, fue nombrado vicepresidente. En septiembre de 2001, ambos fueron arrestados tras haber criticado al presidente y ya no se ha vuelto a saber de ellos. Ibrahim nos cuenta su historia.

 

¡ACTÚA!

Aster Fissehatsion era la única mujer entre los 11 líderes políticos que fueron encerrados en las cárceles de Eritrea, famosas por su dureza, en septiembre de 2001. Envía un tuit con un mensaje de apoyo a la familia de Aster, utilizando para ello #FreeAsterNow.

Siete datos sobre Eritrea

  • Es el país con más censura en el mundo.
  • Más de 10.000 personas han sido detenidas sin cargo ni juicio por motivos políticos desde 1993.
  • Muchas de ellas están recluidas y hacinadas en celdas subterráneas o en contenedores de mercancías en el desierto, padeciendo frío y calor extremos.
  • Unas 3.000 personas huyen del país cada mes, a menudo para eludir el servicio militar obligatorio e indefinido.
  • Las personas procedentes de Eritrea constituyen el 10% de quienes se arriesgan a emprender la letal travesía del mar Mediterráneo hacia Europa (entre enero y finales de abril de 2015).
  • Etiopía anexionó Eritrea a su territorio en 1962, lo que desató una violenta lucha por la independencia.
  • El gobierno de Isaias Afewerki, el único presidente de Eritrea desde 1993, es sumamente autocrático y represivo.

Como muchos niños y niñas de mi generación, nací en los campos de batalla de Eritrea. En nuestra choza camuflada –una extensión natural de una colina rocosa–, pasé momentos felices junto a mi cariñoso padre de voz suave y a mi amorosa madre. La única vida que conocí estaba llena de estoicismo, valor y compañerismo.

Mis mejores amigos eran otros niños y niñas acostumbrados a vivir en permanente caos: explosiones, correr hacia los lugares seguros durante los bombardeos aéreos, reunirse para entrar y salir de los refugios contra bombardeos, ver a los combatientes yendo o regresando de los campos de batalla. Cantábamos canciones de Eritrea: sobre su historia, las tradiciones y las luchas de nuestro pueblo.

Mis padres lucharon por la libertad y siempre estaban en misiones militares que los alejaban de mí. Pero yo me sentía privilegiado porque conocía a otros niños y niñas de la guerra cuyos padres nunca regresaron.

La vida parecía una fiesta

Tan pronto como nuestros combatientes liberaron Eritrea en mayo de 1991, me trasladé a la capital, Asmara. Allí la vida estaba sorprendentemente desprovista de miedo. Hice nuevos amigos, iba a la escuela infantil y jugaba en los parques del barrio.

Me asombraban muchas de las cosas que me rodeaban. Vivía en una casa con agua corriente y electricidad, llevaba ropa bonita y zapatos de verdad. La vida en Asmara parecía una gran fiesta.

Los cuatro años siguientes fueron, con diferencia, los mejores de mi vida, pero en 1998, cuando estaba a punto de terminar la escuela primaria, Eritrea volvió a entrar en guerra con Etiopía. En 2000, cuando pasé a la escuela secundaria, terminó la guerra, dejando un saldo de 19.000 jóvenes eritreos muertos.

La discordia entre la cúpula del gobierno y los líderes del partido gobernante se exacerbó con esta guerra, que había dejado a Eritrea gravemente herida, especialmente por la importante pérdida territorial frente a Etiopía.

Mahmoud Ahmed Sherifo y Aster Fissehatsion. © AI

No he vuelto a verlos nunca

En mayo de 2001, mis padres y otras personas críticas con el gobierno fueron relevados de sus cargos tras haber publicado una carta abierta pidiendo diálogo pacífico y democrático. La suerte de mis padres estaba echada: el 18 de septiembre de 2001 se los llevaron unos agentes de seguridad, y ya no he vuelto a verlos nunca.

Recuerdo a mis padres con orgullo y admiración. No se en qué condiciones físicas y psicológicas se encuentran, ni qué necesidades médicas tienen, pero están muy vivos en mi mente y en mi corazón. Y sus ideales aguantarán el paso del tiempo.

El presidente y su séquito son culpables ante el tribunal de la conciencia: ellos son, por tanto, los verdaderos presos. La conciencia y los ideales de mis padres se mueven con libertad entre las cuatro paredes de sus celdas, y más allá de ellas.

Ibrahim está haciendo campaña para la liberación de sus padres junto con otros hijos e hijas de personas detenidas en Eritrea.