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Mujer migrante en situación de trabajo informal, expuesta a explotación laboral y ausencia de derechos laborales.

Mujer migrante en un entorno de trabajo informal, donde la falta de protección laboral aumenta el riesgo de explotación. © Freepik

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Explotación laboral y trata de personas: cómo se vulneran derechos humanos en el trabajo

Mireya Cidón, Responsable de Edición en Amnistía Internacional España,

La explotación laboral y la trata de personas no son abusos aislados ni el resultado de decisiones individuales. Operan sobre estructuras legales, económicas y migratorias que colocan a determinadas personas, especialmente mujeres migrantes, en situaciones de dependencia extrema, miedo y ausencia de alternativas reales.

Este artículo analiza cómo funcionan estas dinámicas de explotación, por qué no siempre es fácil trazar fronteras claras entre precariedad, explotación y trata, y qué papel juegan las políticas migratorias, el consentimiento y la falta de protección efectiva. Entender estas dinámicas estructurales es clave para comprender por qué, para muchas víctimas, escapar o denunciar no es una opción segura.

1. De la precariedad a la explotación: cuando el trabajo vulnera derechos humanos

No existe una frontera clara y universal entre trabajo precario, explotación laboral y trata de personas. En la práctica, muchas situaciones comienzan con condiciones laborales abusivas que acumulan mecanismos de control, dependencia y miedo, motivado normalmente en la situación de vulnerabilidad, pobreza o necesidad en la que se encuentra la persona que accede a ese trabajo.

Entender estos condicionantes es clave para evitar enfoques simplistas que preguntan por qué una persona “aceptó” un trabajo o “no se fue”, y para centrar el análisis en lo fundamental: cuándo y cómo se vulneran derechos humanos y qué estructuras permiten que esa vulneración se sostenga en el tiempo.

Trabajadoras migrantes reunidas en espacio público, ejemplo de precariedad laboral y vulnerabilidad frente a la explotación.

Trabajadoras migrantes se reúnen en un espacio público durante su día de descanso, en un contexto de precariedad laboral y dependencia del empleador. © Amnesty International (Photo: Robert Godden)

2. La trata de personas: una grave violación de derechos humanos perseguible más allá de las fronteras

La trata de seres humanos es un crimen internacional grave que viola derechos fundamentales como la vida, la libertad y la dignidad. Cuando se comete de forma sistemática, puede constituir un crimen de lesa humanidad.

El derecho internacional no define la trata por una única condición, sino por la combinación de tres elementos, recogidos en el Protocolo de Palermo de Naciones Unidas (2000):

  • Acción: la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de personas.
  • Medios: la amenaza o el uso de la fuerza, el rapto, el fraude, el engaño, el abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad, o la concesión o recepción de pagos o beneficios para lograr el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra.
  • Finalidad: la explotación, que incluye como mínimo la explotación sexual, los trabajos o servicios forzados, la esclavitud o prácticas análogas, la servidumbre o la extracción de órganos.

Un punto central de esta definición es que el consentimiento de la víctima es irrelevante cuando se han utilizado medios coercitivos. Esto significa que una persona puede haber aceptado inicialmente migrar o trabajar, pero si esa aceptación se obtuvo mediante engaño, amenaza, abuso de poder o endeudamiento forzado, la situación puede constituir trata con independencia de ese consentimiento inicial.

Esta distinción es clave para entender muchas de las situaciones que afectan a mujeres migrantes en sectores como el trabajo doméstico, la agricultura o los servicios sexuales: ofertas de empleo aparentemente legítimas que, una vez iniciadas, se transforman en escenarios de control, explotación y violencia de los que resulta extremadamente difícil escapar.

Qué nos dicen los datos en España

La dificultad de trazar fronteras claras entre precariedad, explotación, trabajo forzoso y trata también se refleja en los datos oficiales. En España, las cifras del Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO) indican que en 2024 se identificaron 1.794 víctimas, de las cuales 1.151 lo fueron de explotación laboral, lo que supone un aumento del 22% respecto al año anterior.

Sin embargo, la Red Española contra la Trata de Personas advierte de que estas cifras representan solo una parte de la realidad, ya que la infradetección es masiva, especialmente en sectores invisibilizados como el trabajo doméstico interno, la agricultura o ciertos servicios. Muchas situaciones quedan clasificadas como “trabajo precario” o “conflicto laboral” pese a reunir elementos claros de explotación grave, trabajo forzoso o trata, lo que impide que las víctimas accedan a protección efectiva.

3. Sectores feminizados, explotación estructural

Las cifras muestran la magnitud del problema, pero no toda la explotación es igual ni afecta de la misma forma a todas las personas. La explotación laboral no se distribuye al azar. Se concentra en sectores fuertemente feminizados, poco regulados y donde el trabajo de las mujeres, especialmente migrantes y racializadas, se ha considerado históricamente barato, invisible y sustituible. El trabajo doméstico, la agricultura, la industria textil y los servicios sexuales comparten patrones estructurales similares: informalidad, aislamiento y ausencia de protección efectiva.

​En estos sectores, las violaciones de derechos humanos no pueden entenderse como "casos aislados", sino como el resultado de modelos laborales construidos sobre la precarización, el abuso de poder y la dependencia.

Trabajo doméstico realizado por una mujer migrante, sector con alta precariedad y riesgo de explotación laboral.

El trabajo doméstico y de cuidados es uno de los sectores con mayor riesgo de explotación laboral, especialmente para mujeres migrantes. © Freepik

​Trabajo doméstico: cuando la explotación está tras la puerta cerrada

El trabajo doméstico es el sector donde se concentra de forma más clara la feminización de la precariedad laboral. En España, el 95% de las personas empleadas en el sector doméstico son mujeres. De ellas, el 43% son mujeres extranjeras regularizadas. Sin embargo, el sector está profundamente marcado por la informalidad.

​Una encuesta de la Universidad de A Coruña y la Plataforma por un Empleo del Hogar y de Cuidados con Plenos Derechos documentó que el 36% del trabajo doméstico se realiza sin contrato ni cotización a la Seguridad Social. Esto implica que más de una de cada tres trabajadoras domésticas se encuentra fuera de las estadísticas oficiales, sin acceso efectivo a derechos laborales básicos.

​Las investigaciones de Amnistía Internacional muestran que esta combinación de feminización, migración e informalidad crea un terreno especialmente propicio para la explotación grave.

​En el informe Locked in, left out: the hidden lives of Kenyan domestic workers in Saudi Arabia (2025), basado en más de 70 entrevistas con trabajadoras domésticas keniatas, Amnistía Internacional documenta un patrón de abusos sistemáticos en el marco del sistema de patrocinio kafala: jornadas de más de 16 horas sin descanso semanal, confiscación de pasaportes y teléfonos, retención o impago de salarios, privación de comida adecuada, alojamiento inhumano, agresiones verbales, físicas y sexuales, y discriminación racial persistente.

​De forma similar, el informe Their house is my prison: Exploitation of migrant domestic workers in Lebanon describe cómo unas 250.000 trabajadoras domésticas migrantes en Líbano, en su mayoría mujeres de países africanos y asiáticos, quedan también atrapadas en el sistema kafala

​También en Qatar, el informe My sleep is my break: Exploitation of migrant domestic workers in Qatar documenta que más de la mitad de las mujeres trabajadoras migrantes están empleadas en hogares particulares, padeciendo semanas de hasta 100 horas de trabajo sin días de descanso, engaño sobre las condiciones ofrecidas, restricciones severas de movimiento y comunicación, y trato deshumanizante que incluye violencia física y sexual.

​Fuera del contexto de Oriente Medio, el informe We just want some rights! Migrant care workers denied rights in Austria revela un patrón comparable: trabajadoras domésticas migrantes sometidas a jornadas sin límite formal de horas, clasificadas como trabajadoras autónomas, sin acceso a protección social, con salarios mínimos y una dependencia excesiva de agencias intermediarias que cobran tasas abusivas.

Mujeres trabajando en una fábrica textil en Bangladesh, sector con alto riesgo de explotación laboral y vulneración de derechos humanos.

Mujeres trabajando en la industria textil, uno de los sectores más feminizados y precarizados a nivel global. © Mustasinur Rahman Alvi/ Eyepix Group

​​Agricultura, textil y explotación en otros sectores feminizados

Aunque menos visibilizados que el trabajo doméstico, otros sectores presentan patrones de explotación estructural igualmente graves.

  • Agricultura

Las personas trabajadoras migrantes representan al menos el 26% del sector agrícola en Europa, según datos de Oxfam. Las investigaciones muestran que las mujeres migrantes en este ámbito afrontan jornadas extremas, salarios precarios, condiciones de alojamiento peligrosas, falta de acceso a agua potable y servicios sanitarios, y una mayor exposición a violencia y abusos, especialmente en contextos de trabajo temporal y aislamiento rural.

  • Industria textil

Las mujeres constituyen entre el 60% y el 80% de la fuerza laboral mundial del sector textil. Investigaciones de Amnistía Internacional en países como India y Bangladesh documentan cómo supervisores y gerentes hombres intimidan, hostigan y sexualizan a las trabajadoras. Mujeres de comunidades marginadas (dalits en India, tamiles en Sri Lanka, cristianas en Pakistán) son especialmente vulnerables. Las condiciones incluyen jornadas de 12 a 15 horas, salarios inferiores a dos dólares diarios, violencia contra quienes se niegan a hacer horas extra, condiciones de vida inhumanas en talleres clandestinos y, en muchos casos, explotación laboral infantil.

  • Servicios sexuales vinculados a explotación laboral

El informe Desprotegidas. Violencia basada en género contra mujeres venezolanas refugiadas en Colombia y Perú documenta cómo, por falta de opciones, muchas mujeres venezolanas solo acceden a trabajos informales muy precarizados (como servicio doméstico, venta ambulante o cuidados) donde sufren explotación laboral y donde algunas son cooptadas para trabajos con fines de explotación sexual.

Protesta en Hong Kong por la explotación laboral y los abusos contra trabajadoras domésticas migrantes.

Manifestación en defensa de los derechos de las trabajadoras domésticas migrantes y contra los abusos y la explotación laboral. © Robert Godden

​4. Relaciones de poder desiguales: cómo se sostiene la explotación

Para entender cómo funcionan estas estructuras de explotación, es necesario mirar más allá de los sectores y preguntarse qué hace que una persona no pueda negarse, escapar o denunciar abusos. La respuesta está en las asimetrías de poder. Aunque las relaciones desiguales son habituales en muchos ámbitos, cuando se combinan con precariedad económica, vulnerabilidad migratoria y aislamiento, estas asimetrías se convierten en instrumentos sistemáticos de control que facilitan la explotación grave.

Qué es la asimetría de poder y cómo crea vulnerabilidad

Una asimetría de poder es una diferencia estructural en la capacidad de tomar decisiones, acceder a recursos o ejercer control dentro de una relación. En el ámbito laboral, estas diferencias pueden ser legítimas. Sin embargo, se transforman en mecanismos de explotación cuando se utilizan para generar dependencia extrema.

En los contextos de explotación laboral y sexual, estas asimetrías suelen combinarse:

  • Económica: quien emplea controla el salario; la trabajadora carece de ingresos propios o está endeudada.
  • Legal y migratoria: el empleador tiene plenos derechos; la trabajadora depende de un permiso precario o está en situación irregular.
  • De estatus o poder social: una persona con influencia frente a una mujer desconocida o socialmente marginada.
  • De conocimiento: quien domina el idioma, el sistema legal y las redes frente a quien las desconoce.
  • Física y social: aislamiento en espacios privados, ausencia de redes de apoyo y mayor exposición a la violencia.

Ninguna de estas asimetrías por sí sola explica la explotación. El problema surge cuando todas convergen en una misma relación. En ese punto, cada aspecto de la vida (trabajo, ingresos, vivienda, documentación y comunicación) depende del mismo actor que ejerce el poder, y la capacidad de resistencia se erosiona progresivamente.

​Dinero y estatus como mecanismos de control

El control económico es uno de los mecanismos más eficaces de dominación porque no requiere violencia física explícita cuando existe dependencia absoluta.

​En contextos de explotación, este control se manifiesta de varias formas:

  • Retención o impago de salarios, que impide cubrir necesidades básicas o planear una salida.
  • Endeudamiento forzado, especialmente a través de tasas abusivas de reclutamiento, que atrapan a la persona en una lógica de "trabajar para pagar".
  • Confiscación de documentos y acceso al dinero, lo que bloquea cualquier alternativa laboral o administrativa.
  • Promesas incumplidas, que alimentan la esperanza de que la situación mejore y retrasan la huida.

En estos escenarios, el dinero deja de ser un medio de subsistencia y se convierte en una herramienta de control. La posibilidad de perderlo todo (ingresos, alojamiento, estatus migratorio) actúa como una amenaza constante que paraliza.

​Cuando el "sí" no es libre

En situaciones de explotación laboral y sexual, se invoca que la trabajadora o el trabajador acepta dichas condiciones, para justificar abusos. Sin embargo, no hay consentimiento cuando es otorgado bajo engaño, coacción, abuso de poder o aprovechamiento de una situación de extrema vulnerabilidad. En estos casos, no existe una voluntad verdaderamente libre y consciente.

​No podemos hablar de que hay consentimiento, por ejemplo, cuando:

  • ​Se ocultan deliberadamente las condiciones reales de trabajo
  • Se amenaza con la deportación o la denuncia
  • Se aprovecha la falta de alternativas reales de una persona sin recursos
  • Se priva de información básica sobre derechos
  • O se ejerce violencia física o psicológica

Por ello, el Protocolo de Palermo establece que el consentimiento de la víctima es irrelevante cuando existen medios coercitivos. La pregunta clave no es si la persona “aceptó” sino si hubo control y abuso de poder.

El mito de que "si se quedó fue porque quiso" confunde consentimiento con supervivencia. Elegir entre explotación y deportación no es una elección libre. Cuando alguien controla tu dinero, tu documentación, tu alojamiento y tu comunicación, la capacidad de decir "no" desaparece.

5. Conclusiones

Comprender cómo funciona la explotación es solo el primer paso. Igual de importante es entender quiénes son especialmente vulnerables, por qué muchas víctimas no pueden denunciar ni escapar y qué medidas son necesarias para garantizar su protección.

En el siguiente artículo abordamos estas preguntas clave:

  • Quiénes son las personas más expuestas a esta explotación
  • Qué factores profundizan su vulnerabilidad
  • El papel decisivo de las políticas migratorias en crear el contexto para el abuso
  • Por qué denunciar puede traducirse en deportación en lugar de protección
  • Qué recursos y derechos existen para las víctimas en España

Porque entender la explotación sin actuar sobre sus causas estructurales es dejar intactas las máquinas que la producen.

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