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© Bollistuff

El miedo al feminismo

En un momento histórico de autocomplacencia social, entiendo que se considere subversivo, incluso radical, que una mujer se declare feminista sin que le tiemble el pulso.

Es bastante evidente que no estamos bien, pero existe un sentimiento común en el que pensamos ‘bueno, podríamos estar peor’ y es cierto, podríamos, pero la realidad es que, dentro de nuestra aparente sensación de bienestar, estamos viviendo en el mejor de los males. Que ya os adelanto que para la gran mayoría es más que suficiente.

Así que siempre que veo en RRSS o medios de comunicación el estupor que genera la palabra feminismo recuerdo a mi abuela Pepa. Mi abuela tiene el carácter propio de alguien que ya lo ha visto todo y ha sobrevivido con más fuerza que cabeza. Entrañable a su manera y con un soniquete en su voz que invita a la condescendencia. Y como toda mi familia materna, viviendo el drama de la única manera que sabe: con humor.

La Pepona –que así la conocemos– tiene una frase lapidaria para todos los males del mundo. Ella no dialoga, no aconseja, ella sentencia. De todas las frases que tiene, sin duda, mi favorita es con la que finiquita cualquier asunto relacionado con las parejas.


© Bollistuff

Imaginad la situación. Mis tías acuden a ella como un ritual en el que todo parece una copia de una escena ya vivida. Describen con pelos y señales el motivo de su enfado con sus parejas y, sin importar la gravedad o intensidad del problema, mi abuela siempre sentencia sin levantar la cabeza de sus actividades ‘agradece que tu marido no se vaya de putas’. Nadie añade nada más. Es imposible después de algo así.

Y así está la sociedad; jodida, triste, poco exigente y agradeciendo que sus privilegios y falso bienestar no se vayan de putas. El machismo inherente en el que vivimos expuestos nos tiene presos en una relación tóxica con nuestros derechos, con el Estado y la propia sociedad. Por eso entiendo que exigir ahora mismo derechos –que no privilegios– sea visto como algo completamente radical.

Aunque, desde mi punto de vista, el verdadero atentado lo comete una sociedad pasiva que humilla a quienes no se conforman. Desde el atril de la ignorancia fomentamos el ataque a quienes sí están haciendo mucho por nuestra generación y más por las que vienen detrás.  Desprestigiando a quien acuña palabras inclusivas para respetar la necesidad de pertenencia que tenemos las personas. Insultando a quienes utilizan sus redes sociales como altavoz o espacio para la pedagogía. Cegando con desinformación a quienes aún tienen miopía social. Obviando la toxicidad de nuestras acciones cotidianas porque siempre estuvieron ahí. Eludiendo cualquier tipo de responsabilidad y haciendo alarde de ello. Saturando espacios públicos con reivindicaciones que parodian la dignidad de una lucha. Usando la nobleza del humor como licencia para atacar. Aceptando todos los privilegios de la influencia y negando todas sus consecuencias.  

Y a pesar de todo esto no tengo una visión oscura del futuro. Gracias a –aunque a veces también ‘a pesar de– Internet que nos ha dado voz a los marginales, a las minorías, a los fracasados y a los oprimidos. Por cada muestra de censura hay cinco de educación. Estamos consiguiendo que quienes titubeen sean aquellos que oprimen. Utilizando el termino feminista radical no para ahuyentar, sino como reapropiación. Pero sí, entiendo perfectamente que para alguien que no ha escuchado jamás, hasta el más leve susurro le parezca ensordecedor.