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Fauzia Nawabi, de la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Afganistán, entrevistando a presas de la prisión de Mazar-e-Sharif. © Marcus Perkins for AI

Defender los derechos de las mujeres afganas, activismo de alto riesgo

Manu Mediavilla, colaborador de Amnistía Internacional, 

Un informe de Amnistía Internacional recoge testimonios de la 'heroica' lucha de profesoras, doctoras, abogadas, periodistas, policías o políticas para protagonizar su espacio en la vida pública.

 
Defender los derechos humanos de las mujeres en Afganistán es una actividad de alto riesgo, de las más peligrosas del mundo. Como subraya una activista por la igualdad, "las amenazas vienen ahora de todos lados: es difícil identificar a los enemigos. Pueden ser familiares, organismos de seguridad, talibanes, políticos". Y en su punto de mira están todas las afganas que reivindican y protagonizan su espacio en la vida pública, incluidas profesoras, doctoras, abogadas, periodistas, policías, políticas...

Muchas han pagado ese compromiso igualitario con su vida o la de sus seres queridos. Y para Amnistía Internacional es "indignante que las autoridades las abandonen a su suerte cuando su situación es más peligrosa que nunca". Lo dijo este martes en Kabul el secretario general de AI, Salil Shetty, al presentar el informe "Their Lives On The Line". Un impresionante testimonio de esa lucha –casi heroica– por la igualdad, que se apoya en entrevistas a 50 de esas mujeres y a sus familiares, y que resume en varios casos-tipo la violencia que sufren: amenazas, acoso e intimidación, ataques sexuales, agresiones personales y a bienes, asesinatos...

La amenaza contra las defensoras y defensores de los derechos de las afganas –la gran mayoría son mujeres, pero no faltan 'hombres igualitarios'– no tiene límites, se apoya en normas culturales, religiosas y sociales que favorecen una auténtica 'cultura de impunidad' de los abusos patriarcales. De ahí el empeño de los grupos más tradicionales, desde los talibanes hasta los comandantes locales y 'señores de la guerra', en centrar su objetivo en activistas destacadas para disuadir a otras mujeres de insistir en esa lucha.

La senadora Rohgul Khairkhwahfuereconocida con el premio a "la más valiente" de Afganistán. Su vehículo fue tiroteado por talibanes, que mataron a su hija de ocho años y a su hermano, dejaron inválida a otra hija de 11, y a ella la dejaron malherida. Lejos de abandonar, retomó su labor política para "motivar a otras mujeres a continuar su trabajo".


La senadora Rohgul Khairkhwah, reconocida por el Ministerio de Asuntos de la Mujer con el premio a "la más valiente" de Afganistán, es un claro ejemplo de esa estrategia. Su vehículo fue tiroteado por talibanes, que mataron a su hija de ocho años y a su hermano, dejaron inválida a otra hija de 11, y la dejaron malherida por nueve balazos. Lejos de abandonar, retomó su labor política tras dos meses hospitalizada para "motivar a otras mujeres a continuar su trabajo". Dos años después, las investigaciones sobre el atentado no han avanzado lo más mínimo.

Nada extraño si se tiene en cuenta que la discriminación de las mujeres se extiende por todos los niveles sociales y profesiones. El caso de Khairkhwah es uno más en el ámbito político. Las exparlamentarias "Adeena" y "Fahima" –seudónimos para proteger su identidad y a su familia– lo han vivido en persona. La primera vio cómo asesinaban a su hermano cuando participaba en su campaña electoral, y recibió otro 'aviso' con una granada lanzada a su vivienda; incluso algunos de sus colegas se permitieron llamarla "prostituta porque trabajas fuera de casa". Y la segunda confirma que "hay un techo, pero dos ambientes. Mis colegas varones reciben coche y guardaespaldas; yo no. A ellos los recibe inmediatamente el gobernador; a mí me hace esperar horas afuera y sin protección". Por no hablar de las llamadas amenazadoras, "demasiadas para contarlas"...

La desigualdad también se refleja en el ámbito policial, donde la presencia femenina quiebra los roles de género tradicionales en una profesión de gran mayoría masculina. Y el abuso es tanto más brutal cuanto mayor es el compromiso igualitario de las mujeres policías. La teniente "Homaira", única jefa de departamento en su provincia, nunca ha tenido pelos en la lengua para denunciar abusos y acoso sexual contra sus compañeras, ni tampoco para reclamar métodos de reclutamiento basados en méritos y no en favores, instalaciones adecuadas para ambos sexos, mejoras en la formación de las agentes, igualdad de condiciones en los ascensos...

Resultaba demasiado 'molesta', y más cuando se negó a aceptar sobornos. Sus colegas la acusaron falsamente de corrupción, inmoralidad y prostitución –fue exculpada tras una investigación–, y sus superiores la acosaron e intimidaron. Pero nada la disuadió, ni siquiera un ataque con granada contra su casa: "Yo no soy de las que abandonan".

Mozhgan Entazar dirige una pequeña organización que lucha por mejorar los salarios y derechos de las mujeres que trabajan en fábricas de Herat. En la foto se la ve conversando con el imam local que comparte oficina con ella. © Marcus Perkins for AI

No es fácil ser policía para las mujeres afganas y a algunas, como Islam Bibi y Negar Bibi, les ha costado la vida. Ambas sufrieron el mismo acoso y la misma desprotección: llamadas amenazadoras –"sabemos dónde vives"–, cambios de teléfono y de vivienda, de nuevo las llamadas: "sigues viva, ¿cómo es posible?", incluso amenazas pistola en mano por parte de familiares... A falta de protección eficaz, acabaron asesinándolas con dos meses de diferencia.

Tampoco es fácil ser mujer periodista y menos si se rechaza aparecer en televisión con el chador cubriendo la cabeza. Como "Nargis", reportera de un programa en lengua persa de un medio extranjero, que recibe incesantes amenazas por "no creyente y esclava de Estados Unidos" y que ha sufrido un intento de secuestro. Después de estudiar en otro país y regresar con la esperanza de mostrar "otra cara de Afganistán" y el "empoderamiento de sus mujeres", ahora se siente desesperanzada sobre su capacidad de "cambiar mi sociedad" mientras se cierne sobre ella la sombra de un matrimonio concertado.

No es fácil luchar por la igualdad educativa para mujeres como "Malalai", que dirigía un colegio de chicas y ha tenido que pedir asilo en Europa tras el secuestro y asesinato de un hijo y un atentado con bomba que hirió a su esposo. "Siempre portaré la bandera de la educación", insiste, porque promoverla en Afganistán es "el único modo de combatir a la gente ignorante". Y no es fácil ser doctora y defender la salud materna en medio de prejuicios patriarcales, como en el caso de "Brishna", que ha tenido que trasladarse a otra región tras sufrir amenazas y atentados –un hermano muerto, un hijo herido grave– por su trabajo en una clínica para mujeres y niñas víctimas de violencia sexual, incluidas violaciones en el ámbito familiar.

"La peor cosa en tu vida es no ser capaz de proteger a tus hijos", se lamenta, mientras constata la impotencia del Gobierno y confiesa que "no veo solución"...

Incluso trabajar en el Ministerio de Asuntos de la Mujer y el Departamento que implementa sus políticas supone un alto riesgo. La exparlamentaria Shah Bibi asumió una dirección provincial del departamento tras el asesinato de sus dos predecesoras, y no tardó en recibir amenazas de muerte "por animar a las mujeres a divorciarse y a romper familias". Ha tenido que irse a vivir a otra provincia y viaja cada día durante horas para acudir a su oficina.

El telón de fondo es casi siempre el mismo: protección insuficiente, investigación escasa o nula y, en casos excepcionales, procesamientos y condenas mínimas. Pero ni así acaba la pesadilla: familiares de las dos mujeres asesinadas, Islam Bibi y Negar Bibi, cuentan que siguen recibiendo amenazas.

También para los hombres comprometidos con la igualdad supone un alto riesgo defender los derechos de las mujeres afganas. Como "Mirwais", un joven abogado que 'descubrió' la magnitud del problema al realizar sus prácticas en un refugio para mujeres y niñas víctimas de violencia de género. Ahora se confiesa "firme creyente en la igualdad", aunque mantiene cierta cautela por motivos de seguridad, sobre todo en los casos con personalidades y altos funcionarios implicados. Eso no le ha librado de recibir amenazas, pero prefiere asumirlas: "Incluso si dejo este trabajo, la amenaza estará ahí, así que ¿para qué dejarlo?".