La situación de las mujeres en Gaza es una de las crisis humanitarias más graves y menos visibilizadas del mundo. Las Naciones Unidas estiman que hay alrededor de 700.000 personas menstruantes en Gaza. Detrás de esta cifra hay una realidad física desgarradora: ¿te imaginas cómo debe ser menstruar con dolor en medio de la guerra, la militarización y la extrema escasez?
El dolor menstrual (que ya en condiciones normales puede ser incapacitante) se vuelve insoportable entre escombros, sin acceso al agua necesaria para la higiene, sin privacidad y sin analgésicos. En este contexto, la menstruación en Gaza no es solo una cuestión de salud: es también una emergencia de pobreza menstrual, violencia de género y vulneración de derechos humanos.
Cómo viven las mujeres en Gaza durante la guerra
Vivir en Gaza durante la guerra implica enfrentarse a una combinación constante de violencia, desplazamiento forzado y escasez extrema. Para muchas mujeres y niñas, esta realidad se agrava por la falta de intimidad, el hacinamiento en refugios improvisados y la imposibilidad de cubrir necesidades básicas en condiciones de dignidad, incluido algo tan cotidiano como la menstruación.
Menstruar con dolor en Gaza es una experiencia de sufrimiento profundo y silenciado. El entorno no solo agrava los síntomas físicos, sino que multiplica sus causas: el miedo crónico, el frío, el estrés extremo, la desnutrición y la deshidratación severa. En este contexto, el dolor menstrual no es solo biológico, sino también emocional, ambiental y social.
Entre escombros, refugios saturados y desplazamientos constantes, muchas mujeres afrontan su ciclo en silencio, sin posibilidad de quejarse o de buscar ayuda. En estas condiciones, gestionar la menstruación implica tomar decisiones constantes para evitar el dolor, la exposición o el rechazo social. Lo que en otro contexto sería una necesidad básica se convierte aquí en una fuente adicional de angustia, limitando su movilidad, sus relaciones y su capacidad de participar en la vida cotidiana.

Médicas y paramédicas de la Sociedad de la Media Luna Roja Palestina se manifiestan en Nablus, Cisjordania. Su protesta es también la de todas las mujeres cuya salud, dignidad y derechos reproductivos siguen sin ser reconocidos. © Nasser Ishtayeh/SOPA Images/Shutterstock
Qué es la pobreza menstrual y cómo afecta a las mujeres en Gaza
La pobreza menstrual es la falta de acceso a productos de higiene, agua y condiciones adecuadas para gestionar la menstruación con dignidad. En contextos de crisis y conflicto, esta situación se agrava hasta convertirse en un problema de salud y de derechos humanos.
La invisibilización de la violencia de género en zonas de conflicto es sistémica. Mientras los titulares internacionales se centran en la geopolítica, las necesidades biológicas y los derechos sexuales son relegados a un segundo plano, considerados “problemas menores”.
En Gaza, la pobreza menstrual se manifiesta en la falta casi total de compresas, agua suficiente, jabón y espacios seguros para cambiarse o lavarse. Muchas mujeres y niñas se ven obligadas a improvisar con trozos de tela, ropa vieja, pañales o fragmentos de tiendas de campaña, lo que aumenta el riesgo de infecciones, irritaciones y complicaciones ginecológicas en un contexto donde apenas hay atención médica disponible.
Esta situación no solo implica incomodidad, sino que agrava la desigualdad y la violencia. Limita la movilidad, la participación en la vida cotidiana y refuerza el estigma, al convertir la menstruación en una fuente de vergüenza y humillación pública, tal y como documentan el UNFPA y Naciones Unidas en sus informes sobre la crisis humanitaria en Gaza.
Por qué algunas mujeres en Gaza usan pastillas para detener la menstruación
La negligencia ante la salud menstrual en Gaza ha empujado a miles de mujeres y niñas a una medida de resistencia y desesperación: el uso de pastillas para retrasar o detener la menstruación, como la noretisterona, un anticonceptivo hormonal que no siempre se toma bajo supervisión médica. Sin compresas, sin agua, sin privacidad, muchas optan por medicalizar su propio cuerpo: suprimir el sangrado antes de que ocurra se convierte en la única forma de gestión posible.
En los refugios improvisados y tiendas de campaña, donde no hay privacidad ni baños separados, la menstruación puede volverse una “vergüenza pública”: la sangre es visible, el olor se intensifica por la falta de agua y jabón, y cualquier mancha en la ropa se convierte en motivo de estigma. En este contexto, cortar o retrasar la regla no es una elección libre, sino una estrategia de supervivencia en un entorno que no garantiza condiciones mínimas para gestionar el ciclo menstrual con dignidad.
El uso prolongado y masivo de estas pastillas, sin seguimiento sanitario ni información adecuada, aumenta el riesgo de efectos secundarios y complicaciones ginecológicas. Pero, sobre todo, revela una verdad cruda: en un contexto de genocidio y violencia estructural, la propia biología se percibe como una vulnerabilidad que debe ser suprimida para poder sobrevivir.

Ikram al-Najjar ha perdido a gran parte de su familia. Sigue sobreviviendo, menstruando y resistiendo en un espacio sin agua, sin privacidad y sin analgésicos. Su cuerpo, como el de cientos de miles de mujeres en Gaza, no es una cifra: es el centro de una emergencia de derechos humanos que no puede seguir ignorándose. © Tariq Mohammad/APAImages/Shutterstock
Abortos, amenorrea, infertilidad: el impacto del genocidio en la salud reproductiva
El impacto del genocidio en Gaza sobre la salud reproductiva de las mujeres y niñas se refleja también en una jerarquía del dolor donde lo íntimo queda fuera de la agenda humanitaria. Esta invisibilización es, en sí misma, una táctica de deshumanización. Al ignorar la salud menstrual y reproductiva de las mujeres y niñas en Gaza, se ejerce una doble victimización: la de los ataques directos y la de la negligencia que asume que el cuerpo femenino debe resistir en el anonimato.
Cuando no se nombra el dolor menstrual, no se provee la infraestructura para gestionarlo y se obliga a las mujeres a recurrir a métodos invasivos o a sufrir en la vergüenza. El cuerpo de las mujeres no es solo una víctima colateral; es un campo de batalla donde se libra una violencia estructural y silenciosa.
Esta realidad se enmarca en lo que investigadoras y activistas denominan reprocidio: una estrategia genocida que busca anular la capacidad y salud reproductiva de un pueblo (Shoman, 2025). Bajo este asedio, el cuerpo de las mujeres se convierte en un territorio de castigo donde ocurren abortos espontáneos, infertilidad y amenorrea (pérdida del ciclo) por trauma. Las niñas que hacen frente a su menarquía lo hacen sin dignidad, navegando el estigma del sangrado en un entorno que ya de por sí duele.
Qué pasa con la menstruación en guerras y crisis humanitarias
La falta de acceso a productos menstruales, agua limpia y saneamiento adecuado es una constante en contextos de guerra y crisis humanitarias en todo el mundo. Organismos internacionales como UNFPA y Naciones Unidas han advertido de que la salud menstrual sigue siendo una de las áreas más desatendidas en la respuesta humanitaria, pese a su impacto directo en la salud, la dignidad y los derechos de mujeres y niñas.
En campamentos de personas refugiadas o en zonas afectadas por conflictos armados, la ausencia de infraestructuras seguras y de productos básicos obliga a millones de personas a gestionar su menstruación en condiciones precarias y expone a mujeres y niñas a mayores situaciones de vulnerabilidad y violencia.
Aunque en los últimos años se han desarrollado estándares internacionales que reconocen la importancia de la salud menstrual (como el estándar sobre gestión de la higiene menstrual del Manual Esfera, la guía de consenso en la respuesta humanitaria), su implementación sigue siendo insuficiente.

Una mujer palestina recorre los restos de su hogar destruido en el centro de Gaza. La pérdida de vivienda y el desplazamiento forzado agravan la pobreza menstrual, al dificultar el acceso a agua, higiene y espacios seguros para gestionar la menstruación. © Omar El Qattaa/Amnesty International
Qué debería cambiar: salud menstrual y derechos humanos en Gaza
Por ello, es imperativo hablar de doloridad (concepto desarrollado por la filósofa brasileña Vilma Piedade, 2021), una solidaridad que nace del reconocimiento del dolor compartido y específico de las mujeres, niñas y personas con útero de Gaza.
Esta visibilización no ocurre en el vacío: la protagonizan mujeres organizadas en Palestina y en todo el mundo que han convertido la salud menstrual y los derechos reproductivos en una causa de resistencia política. Frente al silencio estructural que rodea el cuerpo de las mujeres en contextos de guerra, ellas nombran lo que otros callan. Nombrarlas es reconocer que hay quienes, aun bajo el genocidio, siguen exigiendo que el cuerpo de las mujeres no sea un campo de batalla ignorado.
Pero esta visibilización debe traducirse también en cambios concretos. Garantizar el acceso a productos menstruales, agua limpia, saneamiento, privacidad y atención sanitaria no es una cuestión secundaria, sino una obligación en cualquier respuesta humanitaria basada en derechos humanos.
Es necesario que la salud menstrual y reproductiva deje de tratarse como un problema menor y pase a formar parte central de la acción humanitaria, con recursos, infraestructuras y mecanismos de rendición de cuentas que aseguren condiciones dignas para todas las mujeres y niñas.
Visibilizar este dolor es, también, un acto de memoria: recordar que, tras las cifras de bombardeos, existen cuerpos que siguen sangrando y resistiendo bajo una violencia que el mundo no puede permitirse seguir ignorando.
Preguntas clave sobre menstruación y guerra en Gaza
Para entender mejor la situación de las mujeres en Gaza y el impacto de la pobreza menstrual en contextos de guerra, respondemos a algunas preguntas frecuentes.
¿Cuántas mujeres y niñas están en riesgo por la pobreza menstrual en Gaza?
Las Naciones Unidas estiman que hay alrededor de 700.000 mujeres y niñas en edad reproductiva en Gaza. En contextos de guerra y desplazamiento forzado, este grupo se enfrenta riesgos específicos: falta de productos de higiene menstrual, escasez extrema de agua, ausencia de espacios privados y seguros y acceso casi nulo a atención sanitaria. Esta combinación convierte la menstruación en una emergencia de salud y dignidad que la respuesta humanitaria internacional sigue sin abordar de forma adecuada.
¿Qué es la pobreza menstrual y cómo se agrava en contextos de guerra?
La pobreza menstrual es la falta de acceso a productos de higiene menstrual, agua limpia, saneamiento y condiciones dignas para gestionar la menstruación. En contextos de conflicto armado, esta situación se agrava de forma extrema: desaparecen los productos básicos, se destruyen las infraestructuras de agua y saneamiento y la privacidad se vuelve un lujo imposible. En Gaza, muchas mujeres han tenido que improvisar con trozos de tela o ropa vieja, lo que aumenta el riesgo de infecciones y complicaciones ginecológicas.
¿Es seguro tomar pastillas para retrasar o detener la menstruación en estas condiciones?
El uso de pastillas como la noretisterona para retrasar o detener la menstruación no es intrínsecamente peligroso en condiciones normales, pero en Gaza se utiliza de forma masiva, sin supervisión médica, sin información adecuada y durante períodos prolongados. Esto aumenta el riesgo de efectos secundarios como sangrados irregulares, náuseas, cambios de humor y, en algunos casos, complicaciones ginecológicas más graves. Más allá del riesgo médico, esta práctica evidencia un fallo estructural: cuando sobrevivir implica suprimir la propia biología, el sistema humanitario ha fracasado.
