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Marcos Ana junto a Esteban Beltrán, director de Amnistía Internacional España en el 50 aniversario de la organización. © AI

Vale la pena luchar

Por Carmen López (@lacarmenlolo), responsable de Medios en Amnistía Internacional,

El poeta Marcos Ana (seudónimo formado con el nombre de sus padres) no tenía 96 años, tenía 73.  Cuando se presentaba, en un alarde de coqueteo se permitía quitarse los 23 años arrebatados mientras estuvo en la cárcel.

Vinculado desde muy joven a las Juventudes Socialistas Unificadas, luchó del lado del Gobierno de la República durante de la Guerra Civil. Una vez terminada fue detenido y condenado a muerte dos veces.

Nos conocimos en 2011 durante una grabación en su casa. Una casa llena de libros, de charlas, de vida, de anécdotas contadas con una sonrisa entrañable y seductora. Una grabación para recordar que Amnistía Internacional cumplía 50 años y que Fernando Macarro Castillo, este era su nombre real, había sido uno de los presos políticos que más tiempo permaneció en las cárceles franquistas.

Marcos Ana, en el centro inferior de la foto, junto a activistas de Amnistía Internacional celebrando el 50 aniversario de la organización. © AI

En octubre de 1961 se convirtió en uno de los primeros presos españoles adoptados por Amnistía Internacional. Su caso apareció en la publicación Amnesty, bajo el título de "Poeta de la Libertad". El 17 de noviembre de ese mismo año, gracias a la presión internacional y el trabajo de Amnistía Internacional, fue liberado después de 23 años de cautiverio.

Contaba, era un magnífico conversador, que después de tantos años encerrado se había convertido en un ladrillo de la cárcel, pero un ladrillo que empezó a escribir entre el arrope de sus compañeros de prisión, todos ellos presos políticos. Sus poemas, camuflados en tubos de pasta de dientes, atravesaron las rejas antes de que él pudiera cruzarlas. Unos poemas que han recorrido todo el mundo.

Le gustaba contar que para él lo más difícil fue aprender a volver a vivir. Entró en la cárcel con 18 años y salió con 41. No sabía nada de la vida, pero no tenía más tiempo que perder. Tras su puesta en libertad, fundó y dirigió en París el Centro de Información y Solidaridad con España (CISE), recorrió Europa y América para relatar su experiencia personal y denunciar las prácticas realizadas durante el régimen franquista. Y no ha parado hasta el final.

Para Amnistía Internacional ha sido un lujo contar con su presencia en tantas ocasiones. Un lujo sin duda y una lección de vida, de compromiso, de defensa de los derechos humanos. De Marcos Ana se ha aprendido y se seguirá aprendiendo.

De nuestro encuentro en 2011 me quedo con muchos recuerdos, ese calor de quien sabe que la vida es lo mejor que tenemos y un libro de poemas escritos por él y sus compañeros de la cárcel de Burgos. Pero cuando recuerdo a Marcos Ana siempre me viene a la cabeza el título de uno de sus libros: Vale la pena luchar. Y en ello estamos. Un placer.

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