Con motivo de su visita a España, conversamos con Flavia Mwangovya, directora regional adjunta de la Oficina Regional de Amnistía Internacional para África Oriental y Meridional, sobre los graves problemas que vive la región como el conflicto en Sudán, pero también sobre el avance del feminismo o la respuesta de la juventud africana frente al autoritarismo.
¿Cuál es el objetivo de su visita a España en estos días?
Estoy aquí para contribuir a que no se pierda la atención sobre Sudán y sobre una cuestión más general que vemos que se está repitiendo en la región: conflictos largos y dañinos, con un coste altísimo de vidas, pero que casi nunca reciben la atención que merecen. Sudán entra ahora en su tercer año de guerra, hay comunidades de la República Democrática del Congo que llevan más de treinta años sufriendo la violencia.
Mi visita tiene que ver con construir solidaridad, compartir lo que están viviendo las personas en primera línea y promover una acción política más decidida. Pero también con escuchar: crear espacios para intercambiar perspectivas sobre cómo estos conflictos están reconfigurando los derechos de las mujeres, el espacio cívico y las posibilidades reales de justicia.
Flavia Mwangovya posa ante el logotipo de Amnistía Internacional durante su visita a España para hablar sobre la crisis en Sudán y la situación de los derechos humanos en África oriental y meridional. © AI España
En Europa suele haber no solo desconocimiento, sino también muchas ideas erróneas sobre África. ¿Cuáles considera que pueden ser los prejuicios europeos más graves o dañinos?
Uno de los más dañinos es la idea de que las sociedades africanas son pasivas, de que el cambio tiene que venir de fuera. Nada más lejos de la realidad. En todo el continente, la gente responde con un coraje y una capacidad de organización extraordinarios. Uganda, por ejemplo, sigue acogiendo a millones de personas refugiadas de crisis vecinas, incluido Sudán. Y dentro del propio Sudán, las mujeres que lideran las Salas de Respuesta a la Emergencia* están redefiniendo la acción humanitaria, a la vez que asumen enormes riesgos personales. Lo que sucede realmente en África es una historia de superación, ingenio y resiliencia, y esto ocurre a pesar de unas limitaciones inmensas.
Conflictos bélicos, hambrunas, violencia contra las mujeres, regímenes que asfixian a la oposición, desastres naturales debido al cambio climático. Parece que África Oriental y Meridional, la región de la que es responsable en Amnistía Internacional, sigue sufriendo problemas que persisten durante décadas. ¿Es posible alguna puerta abierta al optimismo?
La hay, y para mí el optimismo no es ingenuo: es una posición política. África es el continente más joven y estamos viendo a una generación audaz, conectada y sin miedo a cuestionar los sistemas de poder. Desde Kenia a Nigeria o Madagascar, la juventud impulsa movimientos cívicos, conecta luchas más allá de las fronteras y exige rendición de cuentas de formas que están transformando cómo nos imaginamos la política.
El simple hecho de que las comunidades sigan organizándose, incluso en condiciones restrictivas o peligrosas, es en sí mismo una forma de esperanza.

Residentes sudaneses se reúnen para recibir comida gratuita en Al Fasher, ciudad de Darfur sitiada durante más de un año por las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) en el contexto de la guerra que vive Sudán desde 2023.© STR/AFP via Getty Images
Como experta en feminismo, ¿qué avances observa en esta región de África y cuáles son los principales obstáculos ante estos avances?
El avance más alentador es la fortaleza de los movimientos feministas, especialmente la articulación panafricana que conecta realidades locales con luchas regionales y globales. Estos movimientos están creando nuevas solidaridades, formando liderazgos y cambiando los relatos sobre el poder y la justicia.
El mayor obstáculo es el contexto global. El orden internacional basado en normas y el sistema internacional de derechos humanos, en los que muchas personas confiaban, están bajo una enorme presión, mientras que las prácticas autoritarias no dejan de ganar terreno. Este estrechamiento del espacio cívico permite que los conflictos persistan con impunidad y sin rendición de cuentas, lo que afecta directamente a las mujeres y a las comunidades más marginadas.
¿Qué consecuencias está teniendo en la región los recortes en ayuda en cooperación, en particular del gobierno estadounidense?
El impacto ha sido inmediato, grave y, en muchos casos, mortal. Lo hemos visto con claridad en países afectados por conflictos como Sudán, Congo y Etiopía.
Las conclusiones recientes de Amnistía muestran que las suspensiones abruptas y arbitrarias de la ayuda exterior han cerrado de la noche a la mañana miles de programas que salvan vidas: desde el tratamiento de la desnutrición y el cólera hasta servicios de VIH, refugios seguros para supervivientes de violencia sexual y de género así como protección comunitaria para personas refugiadas y desplazadas internas. No son cambios de política abstractos: se traducen directamente en mayores riesgos para la vida, la salud y la dignidad de las personas.
Las mujeres y las niñas están entre las más afectadas. Los recortes en salud sexual y reproductiva, en el apoyo a supervivientes de violencia de género y en los mecanismos locales de protección hacen que quienes ya afrontaban los mayores riesgos pierdan precisamente los servicios destinados a protegerlas.
Lo más alarmante es que estos recortes vulneran obligaciones internacionales en materia de derechos humanos y crean un vacío que los equipos en el terreno, ya desbordados, no pueden cubrir. Las consecuencias son visibles en múltiples países de África oriental y meridional, y se ven con especial claridad en Sudán y Congo: menos protección, menos servicios y una vulnerabilidad creciente para comunidades que ya sufrían los efectos de conflictos prolongados.

Personas desplazadas que huyeron del campo de Zamzam llegan con sus pertenencias en carros tirados por burros a un asentamiento improvisado cerca de Tawila, en Darfur occidental (Sudán), tras los ataques de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). © AFP via Getty Images
¿Cuál es la situación actual del conflicto en Sudán y qué perspectivas hay en el futuro próximo?
Sudán atraviesa una de las peores crisis de protección de la población civil del mundo. Las comunidades soportan desplazamientos masivos, violaciones generalizadas y la destrucción de infraestructuras esenciales. Las condiciones de asedio, especialmente en torno a El Obeid, en Kordofán, corren el riesgo de repetir las atrocidades que se han producido en El Fasher.
Lo que más me preocupa es el flujo continuado de armas, el colapso casi total de la rendición de cuentas y el rápido estrechamiento del espacio humanitario. Ya se han confirmado condiciones de hambruna en El Fasher y Kadugli. Con el acceso bloqueado y desplazamientos repetidos, la hambruna es ahora una amenaza inminente en amplias zonas de Darfur y Kordofán.
Sin una acción internacional urgente y coordinada, la crisis se agravará y acabará normalizándose aún más.
¿En qué medida este conflicto afecta en mayor medida a las mujeres y niñas sudanesas?
Las mujeres y las niñas sufren daños múltiples y acumulativos. Hay una violencia sexual generalizada relacionada con el conflicto —incluidas violaciones, violaciones en grupo y esclavitud sexual—, el colapso de los servicios de salud sexual y reproductiva y las dificultades diarias del desplazamiento, la inseguridad alimentaria y la pérdida de medios de vida.
Al mismo tiempo, muchas de las mujeres que lideran respuestas comunitarias, especialmente a través de las Salas de Respuesta de Emergencia, están siendo objeto de amenazas, detenciones arbitrarias y desapariciones forzadas. Ellas sufren el mayor impacto y, sin embargo, siguen siendo fundamentales en las respuestas al conflicto.
¿Qué podría hacer la comunidad internacional así como las potencias africanas para terminar con esta violencia?
Hay medidas muy concretas que pueden adoptarse. En el caso de Sudán, esto incluye dotar plenamente de recursos a la Misión de Investigación de la ONU, apoyar la misión de investigación de la Comisión Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos, avanzar hacia un embargo de armas a escala nacional, mantener la vía de Darfur ante la Corte Penal Internacional y ampliar su mandato, y garantizar una protección con perspectiva de género y el acceso humanitario.
De forma más amplia, es esencial un apoyo político constante a la sociedad civil y a las personas defensoras de derechos humanos en Sudán, en la República Democrática del Congo y en toda la región.

Personas desplazadas que huyeron del campo de Zamzam descansan en un campamento improvisado en un campo abierto cerca de Tawila, en Darfur occidental, tras los ataques que provocaron cientos de muertos y cientos de miles de desplazamientos. © AFP via Getty Images
Y como sociedad civil europea, ¿qué podemos hacer para apoyar a quienes defienden los derechos humanos en África?
La sociedad civil europea desempeña un papel clave para mantener visibles estas crisis y evitar que la presión política se diluya dentro del flujo informativo. Esto implica amplificar las voces de las y los activistas locales, defender una política exterior basada en principios y derechos, apoyar una financiación flexible y a largo plazo para las organizaciones de primera línea y construir alianzas basadas en la confianza, no solo en una solidaridad reactiva.
La visibilidad sostenida, la coherencia y un compromiso genuino a largo plazo pueden marcar la diferencia en la vida de quienes están en la primera línea.
*Las Salas de Respuesta de Emergencia son redes comunitarias de voluntariado civil creadas para ayudar a coordinar el apoyo a los sudaneses afectados por la guerra y proporcionar servicios vitales a las comunidades. Están formadas por sudaneses de la diáspora y voluntarios sobre el terreno que gestionan las solicitudes del público a través de grupos de WhatsApp y otras plataformas. Estas peticiones incluyen necesidades de evacuación, identificación de rutas y salidas seguras, opciones de transporte, acceso a alimentos, agua, electricidad, refugio y otras necesidades básicas.