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Alan y Gyan viendo el partido del Bayern de Munich contra el Real Madrid. © AI

El partido de sus vidas para una familia de refugiados

Por Ángel Gonzalo (@Trompikonio), periodista de Amnistía Internacional en España,

Conocí a Alan y Gyan Mohammad, de 31 y 28 años respectivamente, y a otros miembros de su familia, en un hotel lúgubre de Atenas, los primeros días de febrero de 2017. Son dos hermanos kurdos de Siria que huyeron del conflicto en su país y que sufren distrofia muscular desde su nacimiento.

Estaban en una 5ª Planta, en aquel momento sin ascensor, alojados en dos habitaciones. En una de ellas, las tres mujeres: Amsha (la madre), Shilan (la hermana pequeña) y Gyan. En otra habitación contigua, dormían Alan e Iván, los chicos varones.

Yo estaba allí con un equipo de Amnistía Internacional. Llevábamos miles de mensajes de apoyo de diferentes partes del mundo para transmitirles nuestro ánimo y solidaridad como parte de la campaña #YoAcojo.


Modric posa junto a Alan y Gyan. © Jarek Godlewski / Amnistía Internacional Alemania

En su pequeña habitación, hablamos de muchas cosas: de la familia, de la vida, de sus sueños y de temas menos importantes, pero que llenan los espacios de silencio... así que también hablamos de fútbol. Resulta que todos los miembros de la familia son grandes aficionados de este deporte.

Alan se hizo del Real Madrid poco antes de la final de Glasgow, la de la novena Copa de Europa conquistada por el club de Chamartín, la de la volea de Zidane el 15 de mayo de 2002. Gyan, por su parte, admira profundamente desde hace años a Modric, el hijo de la guerra, el cerebro del Real Madrid que con seis años tuvo que abandonar su hogar en Zadar, Croacia, en los años 90 por culpa de la guerra de los Balcanes. Ivan, el hermano mayor y sostén de la familia, es hincha acérrimo del Bayern de Munich desde que supo que Alemania acogía a su padre y hermana y podría acogerles a ellos. A todos les hacía una ilusión bárbara ver un partido de estos dos equipos. Soñamos con ello este último invierno en Atenas.

La familia al completo había emprendido un increíble viaje en el verano de 2014 huyendo del terror del autodenominado Estado Islámico en Hasaka, al noreste Siria. Hasta en tres ocasiones la familia intentó cruzar la frontera con Turquía, pero los disparos de la policía turca les disuadieron de su empeño. Probaron otra ruta a través de la frontera con Irak y permanecieron allí durante un año y medio. Cuando el Estado Islámico comenzó a acercarse, volvieron a huir. Entonces la familia se separó. El padre, Saleh, y una hermana, Rwan, emprendieron su viaje y consiguieron llegar a Alemania.

Huyendo de Irak. © Privado

Los hermanos Alan y Gyan cruzaron las montañas hasta Turquía, sujetos con correas a los costados de un caballo, acompañados por su madre, su hermano y una hermana menor, que iban detrás empujando sus pesadas sillas de ruedas. Una vez en Turquía, se vieron obligados como otros tantos refugiados, a pagar a traficantes de personas, que controlan los arriesgados trayectos por mar hacia las costas europeas. Se subieron a bordo de un bote inflable abarrotado con el que el consiguieron alcanzar la isla griega de Quíos, después de pasar algunas horas a la deriva. Desde allí, fueron trasladados a un campo de refugiados en Ritsona (Grecia), donde residieron en condiciones deplorables. Allí los conoció Amnistía Internacional en julio pasado.

En septiembre de 2016 tuvieron su primera entrevista con la Oficina de Asilo griega, y fueron trasladados a un hotel de Corinto, ciudad situada al norte de Atenas, con la ayuda del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR). Poco después fueron trasladados al hotel donde les conocí en Atenas.En marzo de 2017 recibieron la noticia que tanto esperaban. Alemania había aceptado su solicitud de reubicación y volarían a Múnich para reunirse con su padre y su hermana, a los que no veían desde hacía más de un año. Viajaron a Alemania y desde entonces viven en un centro de refugiados a las afueras de Hanover, esperando que se les conceda el estatus de refugiados para emprender una nueva vida.

La familia de Alan y Gyan sostienen una camiseta del Bayern de Munich y otra del Real Madrid. © Jarek Godlewski / Amnistía Internacional Alemania

Prácticamente un mes después de su llegada, el 12 de abril de 2017, vieron cómo el sueño del que hablamos en Atenas, de ver un partido del Real Madrid y del Bayern de Múnich, así como conocer a algunos de sus ídolos se hizo realidad. Ocurrió en el Allianz Arena de Munich, en la ida de los cuartos de final de la Champions League que enfrentó a estos dos equipos.

Abrir las puertas del centro de refugiados de Hanover para sacar de allí a Alan, Gyan, Ivan y a Shilan en tiempo récord, organizar su traslado a Múnich (más de seis horas por carretera en vehículo adaptado) y cruzar todos los controles de seguridad y protocolarios para ver a sus ídolos y asistir al partido fue una odisea logística para nosotros, pero poca cosa para ellos después del peligroso viaje que emprendieron al salir de Siria.


Alan y Gyan antes del partido de Champions entre Bayern de Munich y el Real Madrid. © Jarek Godlewski / Amnistía Internacional Alemania

Sus caras de felicidad el día del partido y la emoción que sintieron no tiene precio. Desde luego el partido de sus vidas ha tenido más de dos tiempos y más de una ida y vuelta, pero han ganado. Y es una victoria que para ellos equivale a una Champions.

Lamentablemente este no es el caso de muchas personas que pese a jugar también el partido de sus vidas, como Alan, Gyan y su familia, aun no han llegado a un lugar seguro.

En 2015, la Unión Europea se comprometió a reubicar a 66.400 personas desde Grecia en el plazo de dos años, que acabará en septiembre de 2017. El 13 de abril sólo 11.421 personas habían viajado a otros países europeos con el programa de reubicación; de ellas, solo han llegado 742 a España. Es evidente que Europa, y España, pueden y deben hacer más para aceptar a personas refugiadas de Grecia mediante la reubicación, la reagrupación familiar o los visados por razones humanitarias.

La historia de Alan y Gyan muestra también como Europa puede ser una tierra de sueños y de acogida. La buena noticia es que aún hay tiempo. El pitido final aún no ha sonado. Pero es necesario un esfuerzo mayor. Estamos esperando más voluntad política por parte de las autoridades para poder cantar victoria. Una victoria que sin duda merecen todas las personas refugiadas.

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