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Velas en memoria de Giulio Regeni en El Cairo ©AP Photo/Amr Nabil

Egipto: Presidente al-Sisi, ¿dónde están las personas desaparecidas?

Rocío Lardinois Estructura de Trabajo de Norte de África, Amnistía Internacional, 

A principios de febrero, el cuerpo de Giulio Regeni apareció, desfigurado y semidesnudo, al borde de una carretera a las afueras de El Cairo. No había habido noticias suyas desde el 25 de enero, quinto aniversario de las revueltas contra Hosni Mubarak. La primavera egipcia, “la revolución de enero” como dicen allí, parecía cosa de un pasado lejano. No era día de celebración. Policías de paisano patrullaban el centro de El Cairo; tanquetas militares custodiaban los accesos a la Plaza Tahrir. Desde hacía un año, cien personas desaparecían cada mes en Egipto, unas tres al día. Cuando Giulio bajó a la calle no sospechaba que ese día se sumaría a las estadísticas de desapariciones forzadas.

Para su tesis de doctorado, Giulio Regeni llevaba unos meses en el Cairo indagando sobre los sindicatos independientes, creados cinco años antes al hilo de las manifestaciones que exigían “pan, libertad y justicia social”. Recientemente, una oleada de huelgas y protestas había ido contagiando las industrias y el sector público. El gobierno de Abdel Fattah al-Sisi reprimía duramente toda oposición, pero el mundo laboral era uno de los pocos espacios de disidencia que se le resistían. La nueva constitución estrangulaba la libertad sindical y el derecho de huelga, restituyendo el sindicato único. Los trabajadores no pretendían que cayera el régimen, sólo exigían salarios dignos y condiciones laborales decentes. “Frío, frío, caliente, caliente”, dice un juego infantil de adivinanzas. Giulio Regeni se puso a entrevistar a dirigentes de sindicatos independientes y acudió a una asamblea general. Se estaba quemando y no lo sabía.

© AP Photo/Luca Bruno

Golpes por todo el cuerpo

Giulio tenía rotos los dedos de las manos, las uñas arrancadas, cortes, quemaduras y golpes por todo el cuerpo. “Sólo le reconocí por la punta de la nariz”, declaró su madre. En Egipto, el ministerio de interior se apresuró a anunciar que Giulio Regeni había muerto en accidente de tráfico. Más adelante aseguró que había sido asesinado por una banda criminal que secuestraba a extranjeros. Según activistas de derechos humanos egipcios, las torturas que sufrió Giulio no llevan la firma de delincuentes comunes, pero las autoridades niegan que hubiese sido detenido. “Giulio fue torturado y asesinado como tantos egipcios”, recalca su madre. Se desconoce quién mató a Giulio Regeni. Las autoridades egipcias no muestran ningún celo por llegar al fondo de lo ocurrido. Amnistía Internacional exige una investigación imparcial y exhaustiva sobre la muerte de Regeni y respalda a su familia en su batalla por la verdad.

La muerte de Giulio Regeni “no es un incidente aislado, sino que se produjo en un contexto de torturas, muertes bajo custodia y desapariciones forzadas registradas en todo el territorio egipcio”, declaraba el Parlamento Europeo. Tras el caso Regeni, el gobierno egipcio ya no puede ocultar la amplitud de los secuestros, desapariciones y torturas de ciudadanos corrientes a manos de sus fuerzas de seguridad, como denuncia Amnistía Internacional en su informe “Oficialmente no existes”.

Paola, madre de Giulio Regeni © AP Photo/Luca Bruno

¿Dónde están?

Camino del trabajo, volviendo de la universidad, al salir de un restaurante, en sus domicilios o lugares de trabajo, en la calle, detienen a personas corrientes, a estudiantes, a veces menores de edad. Amnistía Internacional ha documentado muchos casos de desapariciones, demasiados ya; parecen calcados unos de otros. Muchos reaparecen en prisión, después de semanas o meses de cautiverio en centros de detención clandestinos. De otros no se sabrá nada. “No tenemos a nadie detenido con ese nombre”, responden en las comisarías, mientras la fiscalía ignora las denuncias de desaparición con un silencio despectivo. En las redes sociales, se comparten fotografías de jóvenes sonrientes, con la fecha de desaparición y una misma pregunta: “¿Dónde están?”.

Tras reaparecer en alguna cárcel, a la espera de juicio, todos sin excepción relatan humillaciones, malos tratos y torturas físicas o psicológicas para forzar confesiones de las que se desdijeron después. Los colgaron de las muñecas y de los pies, los azotaron, electrocutaron, violaron, golpearon, amenazaron, aterrorizaron, hasta que confesaron. El muestrario de vejaciones se repite, con variaciones. Tras confesar, el fiscal los interroga generalmente sin que esté presente un abogado. El informe de acusación falsea la fecha y el lugar de detención para ocultar que han estado recluidos en centros de detención secretos. Se los acusa de “manifestarse sin autorización”, “pertenecer a grupos ilegales”, o “planear atentados”. Numerosas personas han sido condenadas a duras penas de prisión e incluso a muerte por confesiones que realizaron mientras estaban desaparecidas.

Después de cuatro meses detenido en secreto, Islam Khalil escribió: “¿Por qué me detuvieron? ¿Por qué estuve desaparecido? ¿Por qué fabricaron una causa contra mí, aunque sabían que yo era inocente? ¿Por qué el aparato judicial no está al servicio de la justicia? ¿Por qué niega el ministerio de interior que estuve desaparecido por sus propias fuerzas de seguridad sufriendo tortura? No hay más respuesta a esas preguntas que las que un compañero de celda me dio un día: porque eres egipcio y estás en Egipto”.  Se equivocaba; en Egipto, puede pasarle a cualquiera.

Si las estadísticas se cumplen, tres personas podrían desaparecer hoy en Egipto. Detenidas en secreto, temerán el próximo interrogatorio. Las autoridades negarán que estén detenidas. Si reaparecen en alguna prisión, acusadas de conjurar o de militar en algún grupo prohibido, sus familias respirarán aliviadas, pues ¡están vivas! El juez aceptará sus confesiones, sin importarle cómo se obtuvieron. Ya sabemos cómo acabará la historia. “Presidente al-Sisi, ponga fin a las desapariciones forzadas”.

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