“Hay muchos días en los que mis manos se abren en YouTube o Instagram sin que ni yo lo note, y al cabo de un rato me doy cuenta de que han pasado dos o tres horas: me he perdido en un agujero de contenido.”
Hace más de tres décadas, el mundo dio un paso histórico al aprobar la Convención sobre los Derechos del Niño. Soñábamos con una infancia protegida, libre y llena de oportunidades.
Hoy, esa infancia navega entre algoritmos, pantallas y redes que no siempre están de su lado. Juegan, aprenden y se comunican en espacios que observan cada gesto. Detrás de cada clic hay una mirada que los mide, un dato que los sigue.
La tecnología, que debería servir para proteger y educar, está afectando su salud mental, distorsionando su autoestima y vulnerando su privacidad. En lugar de celebrar avances, debemos alzar la voz por quienes aún no pueden hacerlo.

Una adolescente usa el móvil en un parque. Las redes sociales tienen un papel central en la vida cotidiana de muchas personas jóvenes. © Freepik
Un modelo digital que explota la atención de la infancia
Cada segundo que un niño, una niña o un adolescente pasa frente a una pantalla se traduce en beneficios millonarios para las grandes tecnológicas. Los algoritmos no entretienen: adiestran, moldean comportamientos y explotan la atención infantil como un recurso económico.
El Parlamento francés ha descrito el algoritmo de TikTok como “extremadamente adictivo”, capaz de retener a los usuarios, en su mayoría adolescentes, más de una hora y cuarenta minutos diarios, impulsando un consumo compulsivo de videos sin fin.
Detrás de cada “me gusta”, cada notificación y cada video, hay mecanismos diseñados para activar los circuitos de recompensa del cerebro, liberando dopamina y generando la sensación de placer inmediato. Ese ciclo lleva a muchos adolescentes a perder la noción del tiempo, la concentración y el control sobre su propio comportamiento.
Diversos informes oficiales advierten que este uso compulsivo de redes sociales puede alterar el desarrollo neurológico y generar síntomas comparables a los de una adicción al juego o a sustancias.
“Si no pagas por el producto, el producto eres tú.”

Estudiante frente al ordenador en casa, representando el impacto del entorno digital en la educación y el bienestar juvenil. © Fred Scheiber/SIPA
Salud mental en riesgo: emociones bajo ataque
Los efectos del uso intensivo de redes sociales no se limitan a la atención: también están afectando el bienestar emocional de niños, niñas y adolescentes. Las plataformas no solo captan la mirada, moldean la salud mental de toda una generación.
El Centro Común de Investigación (JRC) de la Comisión Europea advierte que la adolescencia es una etapa crítica del desarrollo cerebral. La exposición constante a estímulos digitales puede alterar la amígdala y la corteza prefrontal, regiones esenciales para el autocontrol, la empatía y la gestión emocional.
Según la OMS Europa (2024), uno de cada diez adolescentes presenta un uso problemático de redes sociales, con síntomas similares a los de una adicción digital: irritabilidad, falta de sueño y deterioro del bienestar psicológico. El tiempo excesivo frente a la pantalla se asocia con ansiedad, depresión y baja autoestima, especialmente en quienes ya enfrentan dificultades emocionales.
Para muchos jóvenes, desconectarse ya no es una opción: la vida social, la identidad y la autoestima pasan por una pantalla. Los adolescentes con ansiedad o depresión pasan, en promedio, 50 minutos más al día conectados, y reaccionan de forma más intensa ante la validación digital —los “me gusta” o los comentarios—.
“Hemos creado una generación que se siente sola en compañía.”

Joven consulta su teléfono móvil con auriculares, símbolo del uso intensivo de redes sociales entre adolescentes. © Freepik
Radicalización y odio en redes sociales
Más allá de la salud mental, las redes sociales están transformando la forma en que los jóvenes entienden el mundo y construyen su identidad. Se han convertido en espacios donde la desinformación, el odio y la radicalización digital prosperan sin control.
Los algoritmos, diseñados para amplificar las emociones, premian la indignación y el conflicto por encima del pensamiento crítico. El resultado es un entorno que refuerza los extremos, reduce el diálogo y debilita la empatía.
El Parlamento francés, en su Rapport Final TikTok, advierte que el algoritmo puede exponer repetidamente a adolescentes a mensajes incendiarios, racistas o violentos, creando cámaras de eco donde la radicalización se normaliza.
La Comisión Europea y el Consejo de Europa alertan de que estos discursos vulneran los derechos de la infancia y la adolescencia, fomentando la discriminación hacia personas migrantes, racializadas, mujeres y población LGBTIQ+.
Por su parte, UNICEF advierte que la exposición repetida a este tipo de mensajes reduce la empatía y normaliza la violencia simbólica, que con frecuencia se traslada al mundo offline.
“Internet no ha inventado el odio, solo lo ha optimizado.”
Estereotipos y violencia digital: las niñas bajo presión
Las consecuencias del uso de redes sociales no son iguales para todos: las niñas y adolescentes cargan con la mayor presión. Las plataformas no solo moldean cómo pensamos, sino también cómo nos vemos y nos valoramos.
Las redes sociales reproducen estereotipos de género y violencia machista, donde las adolescentes son objeto de acoso, juicios y comentarios sobre su cuerpo o apariencia. La validación —a través de likes o comentarios— refuerza estándares de belleza imposibles y roles de género tradicionales.
El Centro Común de Investigación (JRC) de la Comisión Europea confirma que el uso intensivo de redes impacta especialmente en la salud mental de las chicas adolescentes, al potenciar la comparación social y la autoexigencia estética.
La UNESCO, en su informe La tecnología en los términos de ellas (2023), advierte que las redes amplifican los estereotipos de género y afectan el bienestar emocional y la participación social de las niñas. Por su parte, el Ministerio de Igualdad de España (2023) documenta que la violencia digital y la hipersexualización infantil limitan la libertad y refuerzan las desigualdades estructurales.
La OMS alerta de que estos entornos contribuyen al aumento de los trastornos alimentarios, la ansiedad social y la dismorfia corporal. En un entorno donde todo se compara, las niñas aprenden pronto que su valor parece medirse en filtros y en likes.
Las redes no son un espejo neutro: distorsionan la identidad y moldean cómo las niñas aprenden a valorarse.
“Cuando el cuerpo se convierte en contenido, la autoestima se vuelve una métrica.”

Una niña utiliza el portátil ejemplo del aumento del tiempo frente a las pantallas en la infancia. © RobinUtrecht/SIPA
Otros riesgos invisibles: privacidad infantil y “sharenting”
Incluso cuando parece que nada pasa, los riesgos siguen ahí: invisibles, silenciosos, pero profundos. Desde la infancia, las redes sociales recopilan datos personales (edad, emociones, hábitos y preferencias) que conforman una huella digital antes de que los menores puedan comprenderla.
El Consejo de Europa advierte que esta recopilación pone en riesgo el derecho a la privacidad infantil, reconocido en la Convención sobre los Derechos del Niño y en el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD).
La Agencia Europea de Protección de Datos (EDPS) exige a las grandes plataformas evaluaciones de riesgo específicas para menores y más transparencia en el uso de sus datos, tal como establece el Reglamento de Servicios Digitales (DSA).
Otro riesgo nace dentro del hogar: el “sharenting”, cuando madres, padres o familiares publican fotos o información de sus hijos e hijas en redes. UNICEF advierte que esta práctica puede provocar pérdida de privacidad, exposición indebida y huellas digitales permanentes, según la Guía para padres y madres sobre privacidad y redes sociales creada en colaboración con la AEPD (2023).
Proteger la privacidad infantil no es censurar la vida familiar: es preservar la autonomía, la seguridad y la dignidad futuras. Cada foto, cada publicación y cada “acepto las cookies” tiene un costo oculto: una infancia que deja un rastro digital antes incluso de comprenderlo.
“Nuestros hijos están creciendo en una economía que comercia con su inocencia.”

Una adolescente revisa su teléfono en el transporte público, una imagen cotidiana del vínculo entre juventud y redes sociales. © Adil Benayache/SIPA
¿Qué podemos hacer?
Los informes son claros: no es la infancia la que debe adaptarse a las redes, sino las redes a la infancia. Las plataformas digitales deben garantizar entornos seguros y respetuosos con los derechos de niños, niñas y adolescentes.
Los Estados tienen la obligación de regular los algoritmos, limitar la publicidad dirigida y exigir transparencia a las grandes tecnológicas. Las escuelas y familias deben promover una educación digital crítica, acompañar con diálogo y enseñar a usar la tecnología sin miedo, pero con conciencia. Y las empresas tecnológicas, asumir su responsabilidad social y ética: no más modelos que premian la adicción, la exposición ni la manipulación algorítmica.
La tecnología no puede seguir creciendo a costa de la salud mental ni los derechos digitales de la infancia. Exigimos que ningún algoritmo valga más que la curiosidad, la libertad o la sonrisa de una niña, niño o adolescente.
En este Día Mundial de la Infancia, recordemos que proteger sus derechos también es defender su tiempo, su atención y su imaginación. La infancia merece una tecnología que crezca con ella, no a su costa.
“No se trata de desconectarlos del mundo, sino de conectarles con su propio bienestar.”
