Ha llegado septiembre, y en Europa comienza un nuevo curso escolar. Sin embargo, en los márgenes del continente, miles de niños y niñas tienen que limitarse a soñar con el día en que puedan continuar su valiosa educación. Se dice que “el conocimiento es como un diamante”, pero no hay diamantes en bruto para los niños y niñas refugiados en Grecia
Una ley aprobada esta semana por el Parlamento griego podría dar cierta esperanza a las decenas de miles de niños y niñas en edad escolar varados en Grecia. Su objetivo, entre otros, es empezar a impartirles las denominadas clases de recepción para final de septiembre. Estas clases pretenden preparar a los niños y niñas refugiados para que se integren en el sistema educativo nacional griego. No obstante, existen dudas sobre si se puede contratar a la cantidad necesaria de profesores cualificados y con qué rapidez tendrá lugar esta integración. Recientemente visité algunos de los campos de refugiados en Grecia. Estos extensos campos improvisados no son lugar para que viva un niño. Cuando llueve se inundan, y en verano el calor es abrasador. Hay serpientes, y hemos visto niños con picaduras de mosquito por todo el cuerpo. A los niños y niñas les asustan las frecuentes peleas. Estos lugares están a años luz de las limpias y frescas aulas de Europa. Los niños y niñas con los que me entrevisté hablaban con elocuencia sobre sus vidas antes de las guerras de Siria, Afganistán e Irak y en su transcurso, y sobre la manera en que todo ello había afectado a su educación.Maher, refugiado yazidí de 13 años, tuvo suerte de conseguir siquiera llegar a Grecia. “Durante nuestro viaje a Grecia tenía miedo. El ejército turco nos disparaba. Estuvimos dos horas en el agua [...] No he ido a la escuela en dos años. La echo de menos.” Según la Agencia de la ONU para los Refugiados, de las más de 163.000 personas refugiadas y migrantes que llegaron a Grecia entre enero y agosto de este año, el 38% son menores de edad. Pero Europa les ha cerrado sus fronteras. Varios de los niños y niñas no han recibido educación formal desde hace hasta cinco años. Algunos nos contaron abatidos que han olvidado cómo leer y escribir: el tiempo y la energía que en tiempos dedicaban a aprender, ahora lo dedican a peligrosos viajes y a trabajos mal pagados. Diana, una kurda de Siria de 14 años a la que conocí en el campo de Sinatex, había trabajado tres meses en una sastrería en Turquía.“Cada dos o tres días, mi escuela cerraba a causa de las bombas, y una vez cayó una bomba en el recinto escolar y tuvimos que salir corriendo.”Ghena, de 17 años, de Siria
Diana con su madre, Fidan, refugiada kurda de Siria de 52 años, de Alepo, y su hermano Amer en el campo de Sinatex © Amnesty International (Foto: Richard Burton)
La ambición de Diana de convertirse en médico parece inalcanzable mientras espera en el campo con su madre y sus hermanos y hermanas. Su padre está reconocido como refugiado en Alemania, pero no saben si podrán reunirse con él, o cuándo. Ella lo echa muchísimo de menos. La falta de acceso a educación formal agrava la monotonía de la vida en el campo y la desilusión de los niños y niñas por las terribles condiciones de vida. No sólo interrumpe su desarrollo, sino que, lo más preocupante, contribuye a provocarles problemas de salud mental. Un hombre que se encontraba en el punto crítico de Samos estaba muy preocupado por su hija adolescente, que perdía peso rápidamente a causa del estrés y de la mala calidad de la comida. Un adolescente en el norte de Grecia me confesó que, con tan sombrías perspectivas, se cuestionaba si merecía la pena vivir. Muchos padres y madres consideran que la educación es una de las pérdidas más dolorosas que han tenido que soportar. Yusuf, sastre de 47 años de Siria, perdió la pierna en Alepo y se mueve con esfuerzo en una silla de ruedas en el campo de Nea Kavala. Pese a sus dificultades, dice que la consecuencia más dolorosa de la guerra es que sus hijos llevan seis años sin poder ir a la escuela:“Trabajaba 12 horas al día y ganaba 500 liras turcas al mes”, me contó. “Sólo fui a la escuela tres años, y no sé leer ni escribir árabe ni kurdo. Cuando crezca, quiero ser médico.”Diana, de 14 años, kurda de Siria
Yusuf Adaas, sastre de 47 años, resultó herido en Alepo y perdió la pierna derecha. © Amnesty International (Foto: Richard Burton)
Hay una serie de personas comprometidas –voluntarios, refugiados y ONG– que hacen lo que pueden. En todos los campos que visitamos, proporcionan actividades educativas, incluidas clases en la lengua materna de los niños y niñas, en inglés y en alemán. Como es de suponer, esta labor entraña sus propias dificultades. “A los niños les resulta muy difícil concentrarse porque llevan varios años sin ir a la escuela”, explica Ali, licenciado en literatura inglesa de 30 años procedente de Damasco, que enseña inglés a los niños y niñas en el campo de Nea Kavala. “(Al principio) no eran capaces que permanecer en un sitio más de unos minutos.” Además, los niños y las niñas ansían desesperadamente la seguridad de un hogar. Muchos de los que entrevistamos nos hablaron de su deseo de llegar hasta sus seres queridos que viven ya en otros países europeos, continuar su educación formal y hacer algo con su vida. “Llevamos aquí 423 días sin esperanza, sin educación, sin escuelas”, me dijo Abdullah, de 16 años, procedente de Siria. “Necesito la oportunidad de ir a la escuela.”“El conocimiento es como un diamante... nunca tienes suficiente.”Yusuf, de 47 años, de SiriaOnassis
Desde el campo de Nea Kavala, Abdullah, de 16 años y procedente de Siria, escribe un mensaje a los líderes europeos. © Amnesty International (Foto: Richard Burton)
