En el taxi, de camino a la última entrevista del día, cierra los ojos y una lágrima resbala por su mejilla. Es solo cansancio, asegura, moviendo la cabeza. Pero imagino que no tiene que ser fácil hablar de cómo asesinaron a tu hermana. Tampoco lo es para Matthew, que en perfecto pero lento castellano cuenta cómo vio explotar la bomba que acabó con la vida de su madre. O para Lolita, que asegura que su mayor reto ahora mismo es que no la maten. O para Nurcan narrar, casi entre bromas, la obsesión que le entró con que no estropearan la puerta de su casa los 20 policías con kalashnikov que irrumpieron en ella para detenerla por denunciar en redes sociales la operación turca Afrin en Siria.
Brasil, Malta, Guatemala, Turquía. Son lugares, como tantos otros, peligrosos para defender los derechos humanos: en 22 países se asesinaron a activistas en 2016. Lo saben los más de 160 defensores y defensoras de derechos humanos que se han congregado en París durante tres días para hablar de sus vidas: de cómo conseguir que alzar la voz por las injusticias deje de ser arriesgado. De cómo impedir que los Estados sigan acortando el espacio democrático, reprimiendo la libertad de expresión, elaborando leyes que los conviertan en terroristas. De cómo las mujeres o las personas LGBTI+ sufren diversas formas entrecruzadas de discriminación. O que las empresas dejen de explotar, a costa de sangre y exilio, unos territorios que, como dice Lolita, “no son dinero, son vida”. Todos y todas son muy diferentes: visten, hablan, sonríen, se expresan de manera particular, pero, sin saberlo, comparten algunas cualidades y nombres.
Lolita, defensora guatemalteca. © Ana Gómez Pérez-Nievas/AI
La humildad
La primera pregunta es básica: ¿qué significa ser un defensor de derechos humanos? Nadie sabe responderlo tan bien como Lolita: “Los derechos humanos son expresiones de justicia, de libertad, de una convivencia armónica en la comunidad”.Esta guatemalteca de 46 años y la carcajada siempre al acecho conoce las consecuencias de este activismo: “Yo no puedo volver a mi país porque estoy judicializada, criminalizada y perseguida, me han intentado matar varias veces. Volver a mi territorio es uno de mis mayores retos a nivel personal. Pero también lo es que mi pueblo, logre el derecho de convivir sanamente con las montañas y con las aguas”. América Latina sigue siendo uno de los lugares más peligrosos para estas personas, especialmente para quienes defienden los derechos de la tierra: más de la mitad de los homicidios de defensores y defensoras en 2015 y más de tres cuartas partes de los registrados en 2016 se cometieron en las Américas, según Front Line Defenders.“Yo no puedo volver a mi país porque estoy judicializada, criminalizada y perseguida, me han intentado matar varias veces. Volver a mi territorio es uno de mis mayores retos a nivel personal.”Lolita, defensora guatemalteca
Nurcan Baysal, en el centro de la foto. © Ana Gómez Pérez-Nievas/AI
La energía
Algo que comparten todas las personas que dedican su vida a denunciar las injusticias es que les mueve una corriente eléctrica especial, que parece aportarles energía para aguantar charlas, entrevistas, viajes, sin rechistar. Un resorte que, alegan, que suele estar impulsado por herencia (“de ancestras”) y observación: no te puedes quedar mirando impasible cuando están vendiendo o asesinando a mujeres cerca de ti, te rodea la impune corrupción o tu país comete asesinatos de civiles.
Anielle Franco. © Ana Gómez Pérez-Nievas/AI
“Hemos sido marcados como la familia de Marielle, como opositores del gobierno, así que estoy realmente asustada.”
Anielle Franco, activista y militante de 100 Black Women
La soledad
“A mí madre la mataron porque estaba sola denunciando la corrupción en Malta. No nos dimos cuenta de que la situación era mucho peor de lo que imaginábamos, que nadie en el Estado estaba haciendo su trabajo para luchar contra la corrupción, ella lo hacía completamente sola, y por lo tanto en una posición mucha vulnerabilidad”, explica Matthew Caruana Galiza. Este periodista, ganador del Pulitzer no tiene actualmente un lugar al que llamar hogar. Su casa son todos aquellos espacios donde quieran escuchar la historia de su madre, Daphne Caruana, reputada periodista de investigación asesinada en Malta. “Yo lo único que hago es ser testigo, no solo de lo que le pasó a mi madre, sino de lo que sucede en Malta. Porque mi madre no fue atropellada, no tuve un accidente o una enfermedad. La mataron mediante una bomba, en su coche, en pleno día, enfrente de nuestra casa, y esa forma de matar es una muestra de la impunidad total con la que viven”, relata sin que se advierta en él todo el dolor de un acto del que encima fue testigo directo.“La mataron mediante una bomba, en su coche, en pleno día, enfrente de nuestra casa, y esa forma de matar es una muestra de la impunidad total con la que viven”Matthew Caruana Galiza, periodista y ganador del Premio Pulitzer
Matthew Caruana con su madre, defensora asesinada por denunciar la corrupción en Malta. © Ana Gómez Pérez-Nievas/AI
La osadía
“Simplemente ser mujer negra, ser del tipo de persona que cada siete minutos sufre algún tipo de violencia sexual en mi país, ya es difícil”, declara, con una poderosa mirada de ojos oscuros, Anielle. Los riesgos no son pocos: 312 personas fueron asesinadas por defender los derechos humanos en 2017, el doble de las que lo fueron en 2015. Aunque la muerte es la peor de las consecuencias, hay otras por el camino: la detención es una de ellas. Al principio le pareció un terremoto. Después, que comenzaba otro bombardeo o algunos disparos. Cuando has vivido un conflicto que todavía no está completamente resuelto no es tan raro. Por fin se dio cuenta: estaban intentando tirar su puerta abajo. Pero la puerta era tan fuerte que no se derrumbaba. Tras varios intentos, los muros comenzaban a agrietarse. Finalmente cayó: 20 kalashnikov le miraron, tras ellas los agentes cubiertos de máscaras de gas. Ella alzó los brazos como si con ellos pudiera proteger a sus hijos, que no querían esconderse con su padre. “No tienen derecho a entrar aquí y romper mi puerta”, dijo, siendo consciente de lo ridículo que sonaba enfrentarse a las fuerzas especiales turcas con esas palabras. Sorprendidos, los agentes le gritaron que se sentara. “No me siento”, declaró con osadía.
Acto de clausura de la Cumbre Mundial de Defensores y Defensoras de Derechos Humanos 2018. © Ana Gómez Pérez-Nievas/AI
