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Mueren más de 50 musulmanes en dos ataques

Miles de musulmanes se han visto obligados a dejar Bangui © Amnesty International

Los nuevos datos sobre la matanza de mujeres, niños y ancianos recogidos por Amnistía Internacional ponen de relieve los peligros extremos a los que está expuesta la minoría musulmana en la República Centroafricana. La organización pide un esfuerzo de mantenimiento de la paz más decidido para proteger a la población civil fuera de la capital.

Más de 50 musulmanes murieron en dos ataques que ha investigado Amnistía Internacional, cometidos en sendos pueblos al noroeste de Bangui, la capital. Entre las víctimas había al menos seis menores, cinco mujeres y tres ancianos. Dos niñas de siete y 18 meses fueron las víctimas más jóvenes; la más anciana tenía 70 años.

“Las fuerzas internacionales de paz están fallando a la comunidad musulmana —declaró Joanne Mariner, asesora general sobre respuesta a las crisis en Bangui—. Decenas de personas han quedado sin protección frente a las feroces represalias antibalaka en un momento en el que estos ataques eran totalmente previsibles.”

Ambos ataques fueron cometidos por milicias antibalaka cristianas, que ahora tienen el poder efectivo en muchas de las ciudades y pueblos del noroeste de la capital.

Las dos ciudades —Boyali y Bossembele— se han quedado, como muchas poblaciones más de la región, totalmente vacías de musulmanes, que han huido temiendo por sus vidas. La delegación de Amnistía Internacional vio viviendas saqueadas e incendiadas en los barrios musulmanes de ambas ciudades. Algunos miembros antibalaka de la zona llevaban gorras y ropas musulmanas saqueadas.

El primer ataque se produjo el 14 de enero en la ciudad de Boyali, a unos 130 km al noroeste de la capital, Bangui. Una milicia antibalaka que había situado controles en la ciudad dio el alto a un camión que llevaba a un numeroso grupo de personas a Camerún. Los pasajeros musulmanes —entre ocho y diez personas en total— fueron obligados a bajarse del camión, que pudo seguir camino.

Los antibalaka mataron a golpes de machetes y cuchillos a sus cautivos en la calle, directamente delante de la mezquita. Entre las víctimas había tres mujeres y tres niños de año y medio, tres años y cinco años, respectivamente. Aún son visibles en el asfalto grandes manchas de sangre.

Los únicos supervivientes de la matanza fueron un niño de 12 años que logró escapar durante el tumulto y pasó la noche escondido por unos lugareños cristianos compasivos, y una niña de siete meses que se quedó en el camión con una mujer cristiana.

Cuando la madre de la bebé bajaba del camión, le susurró su apellido y el nombre de una ciudad  a la mujer cristiana, que fingió que la bebé era suya y le salvó la vida. Al día siguiente, la mujer entregó la niña a los familiares que vivían en la ciudad.

El segundo ataque se produjo dos días después, la tarde del 16 de enero, y continuó hasta la mañana siguiente, en la ciudad de Bossembele, 30 km al norte de Boyali. Los residentes musulmanes de la localidad dijeron a la delegación de Amnistía Internacional que como los ex combatientes de Seleka que tenían su base allí se estaban marchando de la ciudad, la comunidad musulmana supo que sería vulnerable a un ataque antibalaka. Toda la población musulmana trató de huir, pero no había vehículos suficientes para transportarlos a todos.

Según los testigos, algunos de los musulmanes que quedaron atrás protagonizaron un enfrentamiento con armas de fuego con las fuerzas antibalaka que duró muchas horas. Al final, la milicia antibalaka asaltó la mezquita central, donde se habían refugiado numerosos residentes. Muchos civiles fueron asesinados. Se encontraron alrededor de 25 cadáveres dentro de la mezquita y otros 18 alrededor de ella y en las calles próximas.

En el incidente no murió ni un solo miliciano antibalaka, pero entre los 43 musulmanes muertos había mujeres, ancianos y un bebé de siete meses. Al menos 12 personas más resultaron heridas.

Se desconoce cuántos de los fallecidos y heridos murieron en el enfrentamiento y cuántos fueron ejecutados, pero múltiples fuentes describieron una matanza deliberada a corta distancia. Según la Cruz Roja nacional, la mayoría de las víctimas murieron a machetazos y cuchilladas.

La semana pasada, Amnistía Internacional habló con numerosos supervivientes de los ataques, así como con testigos presenciales, funcionarios de la Cruz Roja nacional, policías locales y miembros de la milicia antibalaka que realizó el primer ataque.

La delegación de Amnistía Internacional entrevistó a más de 30 personas con información de primera mano sobre los incidentes y visitó los lugares donde éstos se produjeron.

Las matanzas de Boyali y Bossembele forman parte de una constante más general. Mientras visitaba la región la semana pasada, la delegación de Amnistía Internacional presenció saqueos masivos y descontrolados, la destrucción de mezquitas y el incendio de bienes civiles. La delegación fue obligada a detenerse en numerosos controles de antibalakas rebeldes que pedían dinero. También vio cientos de miembros de la milicia antibalaka que llevaban abiertamente machetes, escopetas de caza, armas de fuego caseras y, en algunos casos, rifles de asalto.

Muchos cristianos de Boyali y Bossembeli están sumamente furiosos con la minoría musulmana porque creen que los musulmanes son cómplices de los abusos de los ex Seleka. En las semanas y meses anteriores a estos terribles ataques, las tensiones entre las comunidades cristiana y musulmana habían aumentado de forma dramática.

La muerte de alrededor de 1.000 cristianos a manos de fuerzas ex Seleka en Bangui a principios de diciembre de 2013 fue la peor matanza realizada por estas fuerzas, pero se cometieron atrocidades en menor escala con aterradora regularidad. Los cristianos residentes en muchos lugares, incluida la región en cuestión, se escondían en el monte durante semanas temiendo por sus vidas. La posibilidad de un ataque era muy real.

En Boyali, por ejemplo, los días 7 y 8 d enero los ex combatientes de Seleka y civiles musulmanes destruyeron cientos de viviendas pertenecientes a los cristianos. La delegación de Amnistía Internacional contó más de 200 estructuras incendiadas en una sola zona, y oyó muchas historias de abusos a manos de los ex Seleka. No había fuerzas de paz en las comunidades.

“La comunidad cristiana ha sufrido enormemente durante todo el año pasado —dijo Joanne Mariner—. El deseo de venganza es palpable en la República Centroafricana. Dado lo predecibles que son estos homicidios, deben tomarse medidas más decididas de mantenimiento de la paz para prevenirlos.”

Los jefes de Estado de la Unión Africana se reúnen la semana próxima para estudiar la crisis de la República Centroafricana, y Amnistía Internacional pide a los responsables de tomar decisiones que garanticen que las fuerzas de mantenimiento de la paz responden efectivamente a los problemas que están surgiendo actualmente en el terreno.