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Ibrahim Halawai © Private

Un chico irlandés en espera de juicio

Rocío Lardinois – ETP Norte de África, 

De cárcel en cárcel, Ibrahim Halawa ha aprendido a decir en árabe “asesinato”, “terrorista”, “acusado” y “aplazamiento de la vista”. Antes sólo conocía las fórmulas de cortesía más usuales: “¿Qué noticias traes? Todo bien, gracias a Dios”. Aunque su nombre y apariencia puedan llevar a engaño, Ibrahim es ciudadano irlandés, un turista en El Cairo. El tiempo que lleva encarcelado en Egipto es el más largo que ha pasado en el país. Ha nacido en Irlanda de padres egipcios. Allí tiene su vida, sus amigos, sus proyectos. Tenía 17 años cuando lo detuvieron en El Cairo, pero ya han transcurrido tres cumpleaños en la cárcel. Ibrahim no acaba de creerse que vayan a juzgarle el próximo 6 de marzo, pues la vista lleva ya doce aplazamientos. Desesperanzado, teme que lo condenen a muerte, pues un juicio con 494 acusados será todo menos justo.

Un veraneo con final trágico

Cuando el ejército retoma las riendas del país, después de manifestaciones multitudinarias contra los Hermanos Musulmanes, los Halawa están veraneando en El Cairo. Indiferentes a la hostilidad creciente, los Hermanos Musulmanes se manifiestan al grito de “Morsi es el presidente legítimo”. Aunque dice que nunca le interesó la política, el 16 de agosto de 2013, Ibrahim acompaña a sus hermanas a la plaza Ramsis, en el centro de El Cairo, donde se ha convocado una marcha de protesta. Se murmura que, dos días antes, las fuerzas de seguridad han abatido a cientos de partidarios del presidente depuesto, en la plaza de Rabaa al-Adawiya de El Cairo. El rumor se confirmará. Los manifestantes se dan consejos que los Hermanos Halawa no logran entender. A cada calle que toman, policías y sicarios les disparan. Sin aliento, los tres hermanos siguen a la gente que corre a refugiarse en una mezquita.

© Khalil Hamra


Tras la violencia de los últimos días, la mezquita sirve de morgue donde se alinean filas de cuerpos amortajados, mientras las familias rezan por sus muertos. Después de que las fuerzas de seguridad asalten la mezquita, las hermanas Halawa quedan en libertad bajo fianza. En cambio, se acusa a Ibrahim y a otros 493 manifestantes de “asesinato”, “asalto a las fuerzas de seguridad” y “destrucción de propiedades públicas y privadas, aterrorizando a la población local”. 97 manifestantes han muerto, pero no se investigará a las fuerzas de seguridad por un “uso excesivo de la fuerza”.


Puesto que Ibrahim Halawa es entonces menor de edad, los convenios internacionales que Egipto ha ratificado le reconocen ciertas protecciones. Al poco de su detención, Ibrahim debe comparecer ante un juez, respaldado por un abogado y un intérprete. Por su seguridad, en el centro de detención, se le ha de separar de los adultos y no se le maltratará. No se le condenará ni a la pena de muerte ni a prisión de por vida. Sin embargo, en Egipto, se maltrata por igual a los menores y a los adultos detenidos. Dice Ibrahim que lo golpearon y le administraron descargas eléctricas con el cuerpo mojado. No recibió cuidados médicos por el disparo que le acertó en una mano durante el asalto a la mezquita. Le encerraron en una celda con presos adultos.

Único testimonio: las fuerzas de seguridad

Los juicios masivos, con cientos de acusados, trituran a los menores y a aquellos que, como Ibrahim, lo eran cuando ocurrieron los hechos de que se les acusa. Desde que cayó el gobierno de los Hermanos Musulmanes, en juicios multitudinarios, tribunales ordinarios y militares han condenado a más de un centenar de menores “por manifestarse sin autorización” y “atacar a las fuerzas de seguridad” a penas de hasta diez años de cárcel. Los más jóvenes tenían trece años de edad. No se probó que los chicos hubieran participado en actos violentos. No tuvieron ocasión de responder a las acusaciones, pues no se aceptó más testimonio que el de las fuerzas de seguridad. Algunos ni siquiera estuvieron presentes en el juicio.

 

“Mi único delito es ser inocente. Esperaba que el gobierno egipcio demostrara lo contrario, pero no lo ha hecho”, escribe Ibrahim Halawai. En el juicio, llamarán a declarar a cien testigos, miembros de las fuerzas de seguridad en su mayoría. Por el contrario, los cuatrocientos noventa y cuatro acusados, enjaulados, asistirán a la vista como convidados de piedra, sin que se les conceda la palabra.

“Agradezco a todos los que me apoyáis, pues vuestra ayuda es lo único que puede devolverme la libertad”. Lleva dos años y medio encarcelado en espera de juicio por manifestarse pacíficamente contra la masacre de la plaza de Rabaa al-Adawiya. Para Amnistía Internacional, Ibrahim es un preso de conciencia. Recluido en condiciones ignominiosas en la cárcel de Wadi Natrum, le han partido sus sueños; ni si quiera se le ha permitido proseguir su educación. “No creo en el sistema judicial egipcio, pero no pierdo la esperanza de volver a casa algún día. Vivo”.