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El secretario general de Amnistía Internacional, Kumi Naidoo, se reúne con mujeres refugiadas en Atenas, Grecia, en un evento que marca el lanzamiento de un informe de Amnistía sobre la situación a la que se enfrentan estas mujeres en el país, el 5 de octubre de 2018. © Fotis Filippou

Hablan las mujeres refugiadas en Grecia: "Quiero decidir sobre mi futuro"

Por Amnistía Internacional,

Hablan las mujeres refugiadas en Grecia

Cuando Soraya, de 24 años, cierra los ojos, las imágenes son tan vívidas como si todo hubiera pasado ayer.

El agua helada. El pequeño bote inestable. Su hijo vomitando, sin poder moverse apenas entre las decenas de personas que también arriesgaban la vida esa noche.

“Siempre me felicito por haber cruzado ese mar, porque quería construir un futuro mejor para mis hijos”, dijo Soraya.

Sus recuerdos son parecidos a los de miles de mujeres y niñas que, huyendo de la persecución y el conflicto, emprendieron el tremendamente difícil viaje a Grecia.

Ante el cierre de fronteras y la imposibilidad de viajar legalmente, se ven obligadas a hacer un trayecto lleno de riesgos con la esperanza de que Europa sea un lugar seguro. Para muchas, esos sueños se hacen añicos al llegar a Grecia.

Atrapadas en campos masificados y precarios auspiciados por la UE en las islas griegas, mujeres y niñas están expuestas a varios peligros, incluido el acoso y la violencia sexual. Tienen que lidiar con un sistema de acogida disfuncional que mantiene a miles de personas en campos gravemente masificados en los que el saneamiento y la atención médica son precarios y que nunca estuvieron concebidos ni equipados para albergar a personas a largo plazo.

Para colmo de males, no saber a dónde acudir en busca de ayuda y la ausencia de mujeres intérpretes con quienes hablar dificulta mucho el acceso de las mujeres a servicios esenciales, como la atención a la salud sexual y reproductiva o la asistencia letrada gratuita.

La petición de Soraya de que se la escuche refleja también los deseos de muchas de las mujeres con quienes habló Amnistía Internacional cuando investigaba las condiciones en que vivían en Grecia.

Esta perspectiva general está basada en sus impresiones y refleja sus historias y experiencias: desde el peligroso trayecto hasta sus dificultades en las islas, pasando por los obstáculos que afrontan cuando intentan reconstruir su vida en la Grecia continental.

No son meras historias de adversidad; también contamos iniciativas transformadoras que se han puesto en marcha en Grecia, como los espacios accesibles para las mujeres dirigidos por las comunidades.

Amnistía Internacional da las gracias a cada una de las mujeres que nos han contado con valentía sus historias personales, y también a todas las personas y organizaciones que les proporcionan un inestimable apoyo.

Quienes ocupan posiciones de poder deben escuchar las voces de estas mujeres, atender a sus palabras y actuar en consecuencia.


El secretario general de Amnistía Internacional, Kumi Naidoo, se reúne con mujeres refugiadas en Atenas, Grecia, en un evento que marcó el lanzamiento de un informe de Amnistía sobre la situación de las mujeres refugiadas en el país, el 5 de octubre de 2018. © Fotis Filippou

Trayectos peligrosos para llegar a Europa

Desde que los gobiernos europeos se niegan a abrir vías seguras y legales alternativas a los peligrosos trayectos por tierra o las travesías potencialmente mortales del mar Egeo, las mujeres y niñas tienen un mayor riesgo de sufrir violencia en el camino, incluidas la violencia sexual y la trata de personas.

Entre enero y julio de 2018, el 24% de las personas que llegaron a las islas griegas en el Egeo oriental fueron mujeres, procedentes en su mayoría de Siria, Irak y Afganistán (Agencia para los Refugiados de la ONU).

Todas las mujeres entrevistadas dijeron que no tuvieron más elección que recurrir a los pasadores de personas. Contaron que habían tenido que esperar días en casas clandestinas de una de las ciudades costeras de Turquía hasta que las llevaron a la costa; algunas también tuvieron que pasar varias noches al aire libre, cerca de la costa, porque el mal tiempo les impedía embarcarse.

Estuvimos allí 20 días. Hacía frío y humedad. No había suficiente agua ni comida. No conocíamos a ninguna de las personas del grupo. Eran amables, pero no los pasadores [...] Apartaron de un empujón a mi madre cuando suplicó que volviéramos a Bodrum. Estaba tan asustada que no dormí nada. Cuando quería ir al aseo, mi hermano me apartaba del grupo. Pero una vez los pasadores nos siguieron, así que volvimos corriendo. Después de eso estuve tanto tiempo sin orinar que me puse enferma.


Yara,* 22 años, de Siria, que viajó desde Turquía hasta Grecia con su hermano de 17 años y su madre.

Ir a un lugar lejano con hombres desconocidos hacía que las mujeres se sintieran muy incómodas e inseguras, sobre todo cuando viajaban solas. Como consecuencia, corrían un riesgo especial de sufrir acoso físico, verbal y sexual por parte de los pasadores. Una mujer contó que un pasador le había pedido que le diera a su hija adolescente en matrimonio:

Me acosaron mucho. Un pasador fue muy persistente. Dijo: ‘Te enviaré a Alemania en avión, pero dame a tu hija’. Naturalmente, no lo hice, pero sigo teniéndoles miedo.


Las mujeres dijeron que a veces también las acosaban la policía, los gendarmes y los lugareños en Turquía, además de sus propios familiares o de personas que hacían el viaje con ellas. Una mujer de Irán dijo que su esposo la obligó a tener relaciones sexuales con pasadores cuando se les acabó el dinero para continuar su viaje. 

Atrapadas en las islas griegas en campos masificados

Cuando las mujeres y niñas llegan a una de las islas griegas del Egeo oriental, se encuentran con las devastadoras consecuencias de un reciente acuerdo entre los gobiernos de la UE y Turquía, conocido como el acuerdo UE-Turquía.

Desde el 20 de marzo de 2016, a las personas solicitantes de asilo que llegan a las islas griegas no se les permite trasladarse a la Grecia continental porque el acuerdo UE-Turquía exige que sean devueltas a Turquía.

Pero el número de devoluciones no está siendo el previsto por los líderes de la UE. Mientras cientos de personas llegan a las costas griegas todas las semanas, miles de personas permanecen meses atrapadas en condiciones inhumanas en las islas griegas como consecuencia del acuerdo UE-Turquía.

La mayoría está en campos auspiciados por la UE en las islas de Lesbos, Quíos, Samos, Kos y Leros. La masificación en la mayoría de estos campos es crítica, con más de 16.000 personas en cinco campos concebidos para 6.400.

La ausencia de higiene y de saneamiento, el agua potable insuficiente, los arroyos de aguas residuales y las infestaciones de ratones y ratas son habituales en todos los campos.

Durante dos meses, dormimos en una pequeña tienda cerca de los aseos [...] No había electricidad y hacía mucho frío. Y cuando llovía, el agua empapaba la tienda. Ahora estamos en un contenedor con otra familia de cuatro personas. Sigue siendo difícil. Mi madre sufre fuertes dolores de espalda y no puede subir y bajar por el campo para ver a un médico.

Saman,* 19 años, de Afganistán

Varias mujeres embarazadas explicaron a Amnistía Internacional que tenían que dormir en el suelo y tenía muy escaso o ningún acceso a atención prenatal.

Aquí todo está sucio. Es imposible mantenerse limpia, y cuando tenemos el periodo, es muy difícil.

Adèle,* de la República Democrática del Congo (RDC)

De campo en campo: La vida en la Grecia continental

Pero la vida para quienes consiguen llegar a la Grecia continental sigue siendo difícil. La mayoría soporta también allí unas condiciones de acogida terribles.

Todo el mundo pierde la cabeza aquí.

Darya,* de Afganistán, entrevistada en uno de los tres campos —ya clausurados— de la zona de Elliniko, Atenas.

La falta de infraestructuras y la precariedad de las condiciones en los campos imponen una carga especialmente pesada a las mujeres, que a menudo asumen la mayoría de las responsabilidades que conlleva el cuidado de hijos e hijas y de otras personas de la familia. El impacto psicológico de la estancia prolongada en los campos es profundo. Las mujeres hablaron de ansiedad, pesadillas, falta de sueño y depresión, síntomas todos corroborados por las organizaciones humanitarias que trabajan en los campos.


Hay alrededor de 45.000 personas refugiadas y migrantes (septiembre de 2018) que viven en alojamientos temporales en el continente. Esta foto está tomada junto a los campos de Elliniko, en las afueras de Atenas. Los campos fueron finalmente cerrados en junio de 2017, tras las reiteradas peticiones de los residentes, así como de organizaciones nacionales e internacionales. © Lene Christensen/Amnesty International

Muchas mujeres que viven en los campos dijeron que se sentían abandonadas. En julio de 2018, Amnistía Internacional se reunió con un grupo de mujeres yazidíes visiblemente angustiadas procedentes de Irak que estaban en el campo de Skaramagas, cerca de Atenas. Uno relató:

Nos sentimos totalmente olvidadas. Algunas llevamos dos años en el campo y nada cambia. No sabemos lo que nos va a pasar. No podemos hacer nada aquí y nuestros hijos se están volviendo locos. Y después de todo este tiempo, casi no puedo comunicar mis problemas porque nadie habla nuestra lengua.

A finales de julio de 2018 había más de 16.400 personas viviendo en los 26 campos temporales del continente. La mayoría de estos campos se creó para responder a la crisis humanitaria desencadenada cuando los países europeos de la ruta de los Balcanes cerraron sus fronteras, en marzo de 2016.

Dada la grave ausencia de alojamientos adecuados, incluso las mujeres embarazadas y las que tienen bebés de corta edad no tienen más remedio que quedarse en los campos.

La situación no tiene visos de mejorar pronto. El gobierno griego no ha contratado suficiente personal y las principales organizaciones humanitarias están saliendo gradualmente de Grecia, sobre todo debido a la falta de fondos. Se teme que pueda deteriorarse aún más el acceso en los campos a servicios de salud esenciales, incluidos los relativos a la salud sexual y reproductiva, y a la asistencia letrada.

En el peor de los casos, las mujeres, incluidas las embarazadas y las que tienen hijos e hijas de corta edad, han tenido que pasar varios días fuera de los campos, sin cobijo, junto con el resto de la familia, porque no pueden acceder a un albergue.

Ausencia de intérpretes mujeres

Las mujeres necesitan la oportunidad de reivindicar sus derechos y expresar sus necesidades, y apoyo para hacerlo. Pero pocas están en condiciones de hacerlo si no se les da información o acceso a intérpretes mujeres.

Las intérpretes y entrevistadoras mujeres son especialmente importantes durante las evaluaciones de “vulnerabilidad” y las entrevistas para la concesión de asilo.

Azadeh contó a Amnistía que se sitió desorientada y muy estresada después de la entrevista. Ni siquiera pudo encontrar el camino de regreso a su apartamento. Después de esta experiencia, pidió varias veces que la interpretación la hiciera una mujer. De algo estaba segura: No iba a hablar otra vez delante de ese hombre.

La ausencia de intérpretes mujeres en campos, hospitales y albergues es también una barrera para acceder a servicios esenciales. “No me siento cómoda hablando de problemas con médicos varones o intérpretes varones. No voy a ir más”, dijo una mujer siria refiriéndose a las consultas médicas.

Las mujeres como personas que toman decisiones

Muchas mujeres son las principales encargadas de atender las necesidades de sus familias. Por tanto, si no hay servicios de guardería, no pueden asistir a reuniones o sesiones de formación. Estos servicios son también cruciales para su integración. Para tomar decisiones que protejan efectivamente sus derechos, debe consultarse a las mujeres, que han de tener la oportunidad de informar a las autoridades pertinentes de sus necesidades.

Lamentablemente, rara vez se hacen estas consultas. Como consecuencia, falta información crucial cuando se toman decisiones, y las mujeres y niñas no reciben la ayuda y la asistencia específicas que necesitan con tanta urgencia.

Algo tan simple como que te reciban como es debido, te miren a los ojos y te vean como un ser humano.

Mary,* de Gabón, sobre la importancia de un centro de este tipo

Los centros exclusivamente para mujeres, tanto en las islas como en el continente, ofrecen un apoyo y unos servicios que pueden cambiar la vida de muchas mujeres desarraigadas. Estos centros suelen ser creados por mujeres y organizaciones populares locales y giran en torno al respeto a la capacidad de acción de las mujeres y a proporcionar intervenciones y actividades que las empoderen.

Las mujeres a las que entrevistó Amnistía querían contribuir fuera de su trabajo en el hogar, aprender nuevas capacidades, poder participar más en la sociedad y vivir de forma independiente.

Estos centros ofrecen un abanico de servicios que pueden ayudar a las mujeres a reconstruir su vida, como apoyo psicológico y jurídico, y clases para aprender el idioma y otras aptitudes clave. También ofrecen información crucial sobre salud sexual y reproductiva. Además, pueden servir de bastión frente al aislamiento en los campos y apartamentos.

Formar parte de una gran red de mujeres cambió totalmente la vida de Firooza, de 33 años.

Firooza llegó a la isla griega de Quíos con su esposo y cuatro hijos desde Turquía, tras huir de su hogar en Afganistán. Después de un mes en la isla, se escondió en un hotel para huir de las palizas de su esposo. Aterrorizada, no se atrevió a hablar con nadie. Entonces, fue a verla una mujer del Centro Athena para mujeres de Quíos.

“Me dijo que merecía una vida mejor. Venía y me recogía en el hotel”.
Firooza, de Afganistán, ya no tiene miedo de defenderse. © Monica Costa/Amnesty International

En el Centro Athena, gestionado por la organización Acción para las Mujeres, se sintió lo suficientemente cómoda y segura como para empezar a estudiar inglés. Ahora tiene la custodia de sus hijos y cuando Amnistía la conoció, compartía un apartamento con otra madre sola en Atenas. Su meta es poder mantenerse y mantener a sus hijos por sí misma.


En la Red Melissa de Atenas, julio de 2018. Su fundadora, Nadina Christopoulou, crea una atmósfera segura y acogedora, una pausa de las duras realidades de la vida. © Lene Christensen/Amnistía Internacional

La Red Melissa es un centro de día situado en el centro de Atenas, creado por mujeres griegas y de otros países para ofrecer un lugar seguro a mujeres que intentaban empezar una nueva vida en un nuevo país. Está gestionado por una red de mujeres migrantes y solicitantes de asilo y ofrece talleres y cursos para otras mujeres desarraigadas. Su objetivo principal es empoderarlas para que se hagan con el control de su propia vida.

Llegué a Melissa para aprender el idioma. Para mí, Melissa es un lugar de felicidad.

Zahra,* que huyó de Irak con su familia

El centro Bashira de Lesbos ofrece servicios jurídicos, psicológicos, sociales y de salud, e información para mujeres desplazadas residentes en Lesbos. ©Yara Boff Tonella/Amnesty International

En Lesbos, el centro para refugiadas Bashira es un lugar para relajarse, relacionarse con otras personas, ducharse, hacer amistades y participar en clases de apoyo lingüístico y de artesanía. Ofrece un espacio para que las mujeres se reúnan, reclamen su dignidad y capacidad de acción, se empoderen mutuamente para dar el próximo paso y hagan una necesaria pausa de las dificultades cotidianas de la vida en un campo. Sonia Andreu Barradas, administradora del centro, nos contó que las mujeres suelen ser muy reservadas cuando llegan por primera vez:

Después de un tiempo, comprenden que allí están seguras y se abren. Se convierte en el lugar donde lloran, ríen y bailan.


El Centro Bashira de Lesbos ofrece servicios jurídicos, psicológicos, sociales y de salud, e información para mujeres desplazadas residentes en Lesbos. © Yara Boff Tonella/Amnistía Internacional

Una responsabilidad europea

Los gobiernos europeos están cerrando los ojos ante el sufrimiento de miles de personas que llegan a las costas griegas en busca de un lugar seguro.

La mayoría de ellas permanecerán en Grecia ya que las normas europeas en materia de asilo —el denominado Reglamento de Dublín— establecen que las personas solicitantes de asilo deben solicitar asilo en el primer país al que llegan. Grecia, como país al que llegaron primero, tiene la responsabilidad de asistirlas y protegerlas, con sólo pocas excepciones.

Grecia tiene la obligación legal de proporcionar protección a las mujeres y niñas que viven en el país, garantizando unas condiciones de acogida dignas y seguras, acceso imparcial al asilo, así como oportunidades de integración para las que se queden. Grecia debe asumir estas responsabilidades y hacerlo garantizando a las mujeres y niñas la oportunidad de participar activamente en la toma de las decisiones que las afecten.

Sin embargo, la responsabilidad de sus condiciones de vida en Grecia no sólo radica en las autoridades griegas, sino también en el resto de Europa. El acuerdo entre la UE y Turquía, adoptado por los líderes europeos en marzo de 2016, y las normas europeas sobre asilo son los dos factores principales que subyacen en muchos de los problemas que experimentan las personas refugiadas, mujeres y niñas incluidas.

En primer lugar, porque el acuerdo obliga a muchas mujeres y niñas a permanecer en campos de las islas griegas plagados de peligros. Ninguna mejora de las condiciones de vida de los campos, por necesarias que sean, bastará para mitigar los riesgos derivados de confinar a mujeres y niñas refugiadas en las islas. En segundo lugar, porque las normas europeas sobre asilo obligan a Grecia, como país al que llegan primero las personas refugiadas, a asumir la mayor parte de la responsabilidad de su asistencia y protección, mientras muchos otros países europeos se benefician y se niegan a cambiar este injusto sistema de asilo.

Los líderes europeos deben acoger a la parte que les corresponde de las personas que huyen de la violencia y la persecución. Deben ofrecer vías seguras y legales a Europa y reformar el sistema europeo de asilo para que sea justo y compasivo. Si no lo hacen, no sólo fallarán a personas que necesitan protección urgente, sino también a la ciudadanía de Europa en general, que está perdiendo la confianza en la capacidad de sus gobiernos de defender los principios de derechos humanos en los que se funda la UE.

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