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Niños y niñas jugando en el campo de refugiados de Kutupalong. © UNHCR/Andrew McConnell

¿Qué quieres ser cuando seas mayor? La realidad de los niños y niñas refugiados

Por Carolina Mardones, Equipo de Infancia de Amnistía Internacional,

Desde que somos pequeños y pequeñas siempre hay una persona adulta que nos pregunta: "¿qué quieres ser cuándo seas grande?”. Y la imaginación nos lleva desde astronauta hasta profesor/a. Luego, la persona de turno responde: “¡Ah!, pero para eso tienes que estudiar mucho”. Así, entendemos que estudiar no es sólo una tediosa obligación, sino también algo bueno para nuestro desarrollo.

Con los años nos damos cuenta de la importancia de ir a la escuela, pues ahí no sólo aprendemos y exploramos nuestras capacidades y habilidades, sino también porque es el primer espacio para socializar fuera de nuestro hogar.

Sin embargo, esta situación es muy distinta para millones de niños y niñas. De acuerdo a las cifras entregadas por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), de los casi 22,5 millones de refugiados, más de la mitad son menores de 18 años. Esta cifra nos confirma que, lamentablemente, todos los años miles de niños, niñas y adolescentes huyen de sus países de origen buscando refugio en nuevos lugares para escapar de amenazas internas, como la violencia y la persecución, guerras civiles o falta de oportunidades económicas, entre otros. Al dejar su hogar no sólo arriesgan su vida y se exponen –mucho más que los adultos– a ser víctimas de explotación, sino que también se separan de todo lo que les resultaba familiar y cercano: sus amigos, sus juegos, sus comidas, sus familiares y su escuela.


Julia, Menor refugiada siria, juega en la habitación de su hermana en el apartamento de Toronto, Canadá. © Stephanie Foden/Amnesty International

Aunque nos pueda parecer evidente, muchas veces olvidamos que ellos, antes que refugiados, son niños y niñas, y que el estatuto especial de protección que contempla el derecho internacional para ellos –consagrado particularmente en la Convención sobre los Derechos del Niño– se justifica en que son personas que se encuentran en una etapa de desarrollo progresivo de su autonomía y, por tanto, no poseen la misma capacidad que los adultos para cuidarse a sí mismos o emitir juicios sobre personas o situaciones. Asimismo, los Estados tienen la obligación de garantizar y respetar todos los derechos señalados en la Convención, debiendo otorgar protección a los niños y niñas extranjeros en las mismas condiciones que a los menores de edad nacionales.

En ese sentido, muchas veces las necesidades de los niños y niñas refugiados no se ven cubiertas una vez que llegan a un nuevo país. Ello dependerá, en gran medida, del sistema de acogida que tenga cada Estado. A nivel mundial, el derecho a la educación de los niños y niñas refugiados está siendo gravemente vulnerado. De acuerdo a las cifras que entrega UNESCO conjuntamente con ACNUR, sólo el 50% de los niños y niñas refugiadas cursa la enseñanza primaria y únicamente el 25% de los adolescentes refugiados la secundaria.

Respecto del sistema de acogida en España, por ejemplo, se ha cuestionado por el Comité de Derechos del Niño, en sus Observaciones Finales, las condiciones deficientes de recepción y alojamiento y el descuido y el hacinamiento en los centros de estancia temporal de extranjeros. Asimismo, el Comité ha mostrado su preocupación por la deserción en el sistema educativo español que afecta a niños y niñas inmigrantes, romaníes y en situación de pobreza, así como también los peores resultados académicos que presentan estos grupos vulnerables en comparación al resultado de los demás estudiantes.

Entonces, ¿qué pasa cuando a un niño o una niña refugiada le preguntamos “¿qué quieres ser de mayor?" ¿Cuál será su respuesta? Muchas veces, lamentablemente, esos sueños quedarán truncados. Sin embargo, a través de la educación es posible que renazcan, puesto que con ella no sólo aprendemos de gramática y operaciones matemáticas, sino que también nos entrega los instrumentos y competencias para desarrollarnos a lo largo de nuestras vidas. Privar a los niños y niñas refugiados de un acceso igualitario a una educación de calidad es perpetuar un sistema de desigualdad en nuestra sociedad y, tal como dijo Malala Yousafzai en su discurso ante la Asamblea de Naciones Unidas, debemos creer que “un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo. La educación es la única solución”.

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