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© Angelos Tzortzinis/picture-alliance/dpa/AP Images. Una mujer refugiada siria sostiene a su bebé mientras espera subir a un autobús en el puerto de El Pireo en Atenas.

Ojos que no ven: el acuerdo UE-Turquía, símbolo de una política miope sobre asilo y migración

Irem Arf (@irem_arf), investigadora sobre migraciones de Amnistía Internacional, 

Marwa* era maestra en Alepo antes de que la guerra la obligara a huir. Al llegar a Europa se sintió tratada “como una persona inferior”.

“No entiendo por qué tenemos que quedarnos aquí, en este campo horrible y peligroso. No sé cuánto tiempo más voy a aguantar”, me dijo en el exterior del campo de Vathy, en la isla de Samos (Grecia), donde vive desde hace más de dos meses.

Si es que se puede llamar vivir a eso. El campo de Vathy, masificado, sucio y rodeado de alambrada de espino, no es un lugar donde uno esté por gusto.

Marwa cruzó en bote el mar Egeo travesando Turquía, donde se sintió insegura como mujer refugiada no acompañada. Como tantos otros que huían de los horrores de la guerra y la persecución, pensó que podría rehacer su vida en condiciones seguras en Europa. En lugar de eso, dice que ahora “el miedo es una constante” en su vida en el campo de Vathy.

Marwa está entre los miles de personas que quedaron atrapadas en las islas griegas debido a un acuerdo firmado hace dos años por la UE y Turquía para que todas las personas que llegaran irregularmente a las islas a partir de ese momento fueran devueltas a Turquía. Sin embargo, el acuerdo se basa en una suposición fallida, a saber, que todas las personas pueden ser rápidamente devueltas a Turquía, un país erróneamente considerado seguro para quienes buscan asilo. De las casi 60.000 que han llegado a las islas griegas desde su entrada en vigor, sólo 1.570 han ido devueltas a Turquía en aplicación del acuerdo.


Protesta encabezada por personas refugiadas en Grecia para pedir la reunificación familiar en Alemania. © Robert Geiss/picture-alliance/dpa/AP Images

Mientras que antes del acuerdo quienes llegaban a las islas podían trasladarse al territorio continental griego en cuestión de semanas, si no días, ahora muchos tienen que quedarse durante meses o años en campos destinados a su inscripción preliminar en un registro.

Las graves condiciones de hacinamiento y las deficientes instalaciones en lugares como el campo de Vathy —que, con capacidad para 700 personas, alberga a más de 2.400, según las autoridades griegas— obligan a hombres, mujeres, niños y niñas a vivir en condiciones insalubres y a poner en riesgo diariamente su salud, integridad y seguridad.

En una visita reciente al campo vimos a cientos de personas, incluidos menores de edad, durmiendo en tiendas de campaña empapadas por las frecuentes lluvias. Para los residentes, el peligro acecha en todas partes.

Padres y madres hacen turnos de guardia nocturna para ahuyentar a las ratas, temiendo que muerdan a sus bebés e hijos pequeños.

Las mujeres no se sienten seguras al usar las duchas o los servicios cuando ya es de noche, porque no tienen cerrojos. Dicen que ni siquiera duermen tranquilas por la noche.

No llega electricidad a las tiendas, por lo que muchas familias tienen que improvisar con cables alargadores. Les preocupa que haya cables eléctricos expuestos donde juegan y corren sus hijos, pero no tienen elección: sin electricidad no pueden calentarse.


Migrantes que viven en Grecia corean consignas durante una manifestación contra el acuerdo UE-Turquía, en Atenas, sábado 17 de marzo de 2018. © AP Photo/Yorgos Karahalis

El objetivo declarado del acuerdo UE-Turquía era “frustrar el modelo de actividad de los traficantes y ofrecer a los migrantes una alternativa a arriesgar sus vidas”.

A pesar del gran descenso en el número de llegadas a las islas griegas, en el que ha influido también el cierre de la ruta de los Balcanes, usada por los refugiados para ir de Grecia a otros países de la Unión Europea, sigue habiendo personas que cruzan ilegalmente las fronteras de la UE, muchas dependiendo de traficantes.

Las personas refugiadas en Turquía siguen sin una alternativa real a los peligrosos viajes irregulares a Europa. A fecha de 7 de marzo de 2018, el reasentamiento en un país de la UE en aplicación del acuerdo sólo se había ofrecido a 12.476 de los 3,5 millones de sirios presentes en Turquía.

Es incomprensible que, a pesar de estas deficiencias —incluso en los fallidos términos del acuerdo—, se considere un éxito. Quienes lo respaldan señalan la reducción significativa del número de llegadas a las islas griegas y del número de muertes en el mar Egeo. Pero 130 vidas humanas perdidas en el mar Egeo desde la firma del acuerdo siguen siendo 130; son demasiadas. Nos llegan noticias de que cada vez más personas intentan cruzar el río que marca la frontera terrestre entre Turquía y Grecia, para evitar quedar atrapadas en las islas, y que allí también está muriendo gente en el intento.

Nadie discute la necesidad de evitar más muertes, pero imponer condiciones insoportables a la gente en campos instalados en las islas griegas y amenazar con su devolución no es la respuesta.

Deben abrirse más rutas legales y seguras, no sólo porque son una alternativa real y responsable a los peligrosos viajes que las personas refugiadas se ven obligadas a emprender actualmente, sino también como forma de contribuir a una distribución más justa de las personas refugiadas entre todos los Estados miembros de la UE, y de garantizar una gestión más ordenada de las llegadas.

Asimismo debe reconocerse que, mientras haya personas que necesiten protección desesperadamente, levantar barreras, visibles o invisibles, no impedirá que emprendan el viaje para buscarla. Estas barreras terminan cayendo, o aparecen nuevas grietas. Y una vez más, cuando eso suceda, Europa no estará preparada para evitar el caos y la tragedia.

La situación en las islas griegas ilustra la política de migración y asilo de la UE, basada en externalizar la gestión de la migración y hacer recaer la responsabilidad de las personas refugiadas en países fuera de la UE, o en sus fronteras. Trasladando el problema aparente —es decir, la gente que huye de la guerra y la persecución— a lugares distantes, los políticos pueden hacer caso omiso de las deficiencias fundamentales del sistema de asilo europeo así como de la necesidad de un sistema nuevo en el que cada uno asuma su parte correspondiente.

*Nombre ficticio.