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No disparen al viñetista: Por qué debemos apoyar a dibujantes y periodistas encarcelados en Turquía

Desde el atentado contra la sede de la revista Charlie Hebdo en París de enero de 2015, los dibujantes se han convertido en muchos sentidos en un símbolo de la defensa del inalienable derecho a la libertad de expresión.

Su cometido es satirizar y burlarse de las ideas y valores de otros, incluso insultarlos. Y por eso serán uno de los primeros blancos de las iras de los sectores más sensibles de la sociedad, a veces con razón, como podría ocurrir con los grupos minoritarios. Sin embargo, si quienes están en el poder son hipersusceptibles, los caricaturistas pueden estar en peligro. Se los ha calificado a menudo de “canarios en la mina de carbón”, en el sentido de que cuando los viñetistas pueden satirizar al gobierno sin interrupción, es garantía de que tienes la suerte de vivir en una democracia (relativamente) saludable. Si son censurados, podría ser el primer síntoma de un problema más serio. Esto fue lo que pasó con Turquía, su líder Recep Tayyip Erdoğan y el celebrado caricaturista Musa Kart.

Los problemas de Kart empezaron en 2005, cuando el primer ministro Erdoğan lo demandó a él y al diario Cumhuriyet por una viñeta de 2004 en la que representaba al político como un gatito atrapado en un ovillo de lana. Erdoğan ganó la demanda por “humillación pública” y el dibujante fue condenado a pagar una indemnización de menor cuantía por daños patrimoniales. Sin embargo, el Tribunal Supremo anuló posteriormente la resolución, devolviendo el caso al tribunal inferior, que desestimó la demanda.


Caricaturas, tan conmovedoras como indignadas, enviadas a la campaña  #FreeTurkeyMedia organizada por Amnistía Internacional. © AI

En 2014, tras la famosa aparición de Erdoğan como un holograma gigante en un acto público, Kart dibujó otra viñeta en la que lo mostraba como una frágil figura que cerraba los ojos ante las actividades ilícitas. Erdoğan lo llevó ante los tribunales al año siguiente, y esta vez solicitó nueve años de prisión por “insultar[lo] a través de la publicación y calumnia”.  La demanda apenas había llegado a juicio cuando se desmoronó, y los jueces la desestimaron.  Kart se había salido de nuevo con la suya.

Viñetistas de todo el mundo se sentaron ante sus mesas para solidarizarse con Kart y la etiqueta #caricatureerdogan se convirtió en tendencia en las redes sociales, sembrando quizá las semillas del conflicto aparentemente permanente del líder turco con Twitter.

En el periodo siguiente, la represión de las personas acusadas de insultar y ofender al presidente se amplió hasta alcanzar enormes proporciones. Se ha informado ampliamente de que, en un momento determinado, se estaban investigando casi 2.000 denuncias individuales contra escritores y escritoras, humoristas, periodistas, dibujantes, poetas y otras personas. Incluso se presionó a gobiernos extranjeros como los de Alemania y los Países Bajos para que cooperasen.

Después llegó el verano de 2016, un golpe de Estado fallido y, tras él, un presunto gesto de suprema generosidad. El presidente Erdoğan declaró: “Por una vez solamente, voy a perdonar y a retirar todas las denuncias contra las numerosas faltas de respeto e insultos que he recibido. Creo que si no aprovechamos correctamente esta oportunidad, se dará a la gente el derecho a agarrarnos del cuello. Creo que todos los sectores de la sociedad, los políticos ante todo, se comportarán con arreglo a esta nueva realidad, esta nueva situación delicada que tenemos ante nosotros”.

Lo que quería decir el presidente con aprovechar correctamente la oportunidad resultó ser una peligrosa deriva hacia el autoritarismo. Mucha gente en Turquía vio que se estaba usando el golpe como pretexto para relacionar la oposición por principios con la traición. En la masiva oleada de represión que siguió, se ha encarcelado a 47.000 personas y más de 100.000 empleados y empleadas del sector público han sido despedidos sumariamente de sus puestos. Entre las personas cuyas experiencias han sido comparadas con una “muerte civil” hay intelectuales, docentes, jueces, fiscales, funcionarios locales, policías y personal del ejército. Los profesionales del periodismo y los trabajadores de los medios de comunicación no se libraron: hay más de 120 personas de todos los medios disidentes en prisión, algunas desde hace ocho meses, pendientes de ser juzgadas por algunos de los cargos más graves en aplicación de imprecisas leyes antiterroristas. De hecho, se calcula que de todos los periodistas encarcelados en el mundo, un tercio está las prisiones turcas

Entre ellos están Musa Kart y 10 de sus colegas de Cumhuriyet. Tras un asalto de la policía a su domicilio el 31 de octubre de 2016, Kart se presentó en una comisaría de policía y fue detenido.  Tanto él como sus colegas permanecieron más de cinco meses detenidos sin cargos.  Finalmente, el 4 de abril, apenas unos días antes de que la ciudadanía turca votase en referéndum a favor de dar al presidente Erdoğan poderes aún más amplios, los abogados del gobierno los acusaron formalmente de “abuso de confianza” y de “ayudar a una organización terrorista armada sin pertenecer a ella”, que conllevan una pena de hasta 29 años de prisión. El acta de acusación formal de 306 páginas no contiene ningún indicio fehaciente que respalde estos cargos. La primera vista del procedimiento está prevista para el 24 de julio, fecha en la que Musa Kart y sus colegas habrán estado casi nueve meses en prisión, lo que es un castigo en sí mismo.

Musa Kart no es ni mucho menos el único dibujante, miembro de la plantilla de un periódico o persona crítica con el gobierno que ha sido represaliado. Pero su historia es un ejemplo claro e instructivo porque, antes de la actual represión, el presidente Erdoğan había tratado infructuosamente, una y otra vez, de silenciarlo en el curso de un decenio.


Caricaturas, tan conmovedoras como indignadas, enviadas a la campaña  #FreeTurkeyMedia organizada por Amnistía Internacional. © AI

La gran ironía de las caricaturas es que la actividad de tomarse la política con menos seriedad puede tener unas consecuencias tan graves para quien las dibuja. Los viñetistas suelen rechazar la insinuación de que son en cierto modo héroes o heroínas, pero no se puede negar la valentía de colegas como Musa Kart. Su situación había inspirado ya a otros dibujantes y volvió a inspirarlos este año, con la oleada de caricaturas, tan conmovedoras como indignadas, enviadas a la campaña  #FreeTurkeyMedia organizada por Amnistía Internacional.

En el Día Mundial de la Libertad de Prensa debemos recordar y rendir homenaje a Musa Kart, un refinado caricaturista profesional cuyo trabajo muestra una actitud satírica imparcial. Es un observador fiable del gobierno turco y, como tal, un amigo de confianza de su pueblo. Pedimos su libertad inmediata y la de todos los periodistas encarcelados en Turquía sólo por hacer su trabajo.

Turquía tiene el dudoso honor de haberse convertido en el mayor carcelero de periodistas del mundo.

Actúa para exigir libertad para los medios de comunicación EN TURQUÍA.

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Terry Anderson es dibujante y miembro de la junta directiva de Cartoonists Rights Network International, perteneciente a la alianza de organizaciones que participan en la campaña #FreeTurkeyMedia de Amnistía Internacional.