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Alfonso Sánchez junto a sus padres. © Private

Ni ángeles ni heroínas, profesionales

Por Alfonso Sánchez (@asanchezram), coordinador de AI Castilla La Mancha, 

Tras más de una semana de persistente fiebre y los primeros síntomas respiratorios, mi padre llamó un taxi y se dirigió a Urgencias; mi madre, detrás, en otro. Ya no volvieron a encontrarse. Solo cruzaron alguna mirada mientras ingresaban a mi padre, ya desorientado por la falta de oxígeno.

Mi madre volvió a casa, adonde me había dirigido yo minutos antes. Besos y abrazos prohibidos, hablamos de la situación a metros de distancia y nos fuimos a la cama. A las 5.30 h sonó el móvil. Mi padre había empeorado y lo trasladarían en un par de horas, sedado e intubado, a la UCI de Ciudad Real. Allí nos dirigimos para que un médico nos comunicara que nuestro familiar estaba “muy grave”, que al menos estaría allí 3 o 4 semanas, que no podríamos visitarle, y que tan solo nos informarían sobre su estado una vez al día.

Cuando escribo estas líneas mi padre cumple su novena semana en la UCI. 63 días. Juraría que los minutos previos a la llamada que nos hacen diariamente contienen más de 60 segundos. Taquicardia. Una vez descuelgas puede venir cualquier cosa: el antibiótico está pudiendo con esa bacteria oportunista que se aferraba a sus maltrechos pulmones; han tenido que subir la presión del respirador; ha empezado a despertar tras la retirada de sedantes… Dos pasos adelante, uno atrás.

Dos días después del ingreso de mi padre, una neumonía bilateral obligaba a mi madre a quedar ingresada en el hospital, donde pasó dos semanas. No tardé en seguir su camino: Fiebre persistente, presión en el pecho, neumonía en un pulmón, luego en los dos, saturación de oxígeno en sangre demasiado baja. Ocho días ingresado y bastantes más de lenta recuperación.

Alfonso Sánchez, coordinador de AI Castilla La Mancha

Alfonso Sánchez, coordinador de Amnistía Internacional Castilla La Mancha. © Private

Mi historia de estos 63 días está marcada por la ansiedad e impotencia ante el sufrimiento de mis seres queridos; por el miedo que vives en soledad durante los días de aislamiento o que percibes en los demás en hacinados pasillos o salas de observación. Sin embargo, frente a una enfermedad deshumanizante, siempre encuentras seres de miradas luminosas llenas de humanidad. Miradas que traspasan las gafas de protección, sobrevuelan el par de mascarillas superpuestas, se ponen en tu lugar, te abrazan y consuelan. Ni ángeles ni heroínas. Profesionales vocacionales que también, a veces, sienten miedo, están exhaustos y necesitan de nuestra empatía y reconocimiento.

Esta historia está impregnada de la generosidad de personas como Marta, médica de baja por enfermedad, que se ofrece voluntaria para llamar cada día desde casa a familiares de pacientes de Covid y así desahogar a sus compañeras durante el pico de la crisis. O de Sagrario, también médica, que nos hace seguimiento y nos envía hasta la compra por el ascensor en los días de aislamiento. O Mayte, la farmacéutica que se ofrece a traernos a casa los medicamentos cuando termina su jornada.

Está llena de empatía, como la de Macu, médica que me atiende en Urgencias y confirma mi Covid + y llora de alegría cuando me ve caminar días después hacia la salida del hospital ya con el alta. La de intensivistas como Hassania y Alejandro que nos llaman cada día para darnos buenas y malas noticias con el mayor de los cuidados.

No olvido el cariño de las limpiadoras, como Lucía, que cada mañana, además de realizar su faena enfundadas en incómodos y calurosos traje de “astronauta”, dedican unos minutos a preguntar cómo me encuentro y darme ánimos. Ni el de Rosa y Rosario, enfermeras que han cuidado a mis padres como si fueran los suyos.

Esta crisis ha evidenciado que, para proteger la vida, necesitamos contar con una sanidad pública verdaderamente universal y de mayor calidad.

Escribía Javier Sampedro recientemente que las tres grandes pandemias de gripe del siglo XX mataron a un montón de gente, pero no cambiaron el mundo ni la doctrina económica. Que “la ciencia y la medicina a la que tanto elogiamos ahora volverán a sufrir recortes y privatizaciones, porque las prioridades volverán a ser otras, algunas justificables y otras inconfesables”. Esa es la Historia, pero en nuestras manos está cambiar su rumbo, poner los derechos de todos los seres humanos en el centro de los cambios que se avecinan y evitar en este siglo los errores del pasado. Tenemos más capacidad que nunca para hacerlo. Y en nuestra memoria tenemos la lección que nos ha dado el personal sanitario, de residencias y de otros sectores, las redes vecinales en los barrios y tantas personas que se han comportado como auténticos activistas por los derechos humanos, que se han dejado la piel, cuando no la vida, por salvar las nuestras. Personas que se creen y practican eso de que la humanidad solo estará a salvo cuando todas las personas estemos a salvo. Si fallan nuestros gobiernos, si fallamos en esto como sociedad, no solo no lograremos proteger mejor nuestros derechos, también les estaremos traicionando.

Las personas que nos cuidan siguen necesitando tu ayuda

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