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Navaja utilizada para practicar la mutilación genital femenina. A los pies, un remedio natural a base de hierbas para facilitar la cicatrización de las heridas. Senegal. © Alexandra Zavis

Mutilación genital femenina, a golpe de "dolor, sangre y gritos"

Por Manu Mediavilla (@ManuMediavilla), colaborador de Amnistía Internacional,

Considerada "una forma de tortura" por Amnistía Internacional, la mutilación genital femenina alcanza a 120-140 millones de niñas y mujeres en 29 países, y 3 millones más están en riesgo cada año.

"Recuerdo mucho dolor", cuenta una mujer de origen subsahariano residente en España que con 5 años fue sometida en su país a mutilación genital, una práctica consistente en la extirpación parcial o total de los órganos genitales femeninos. "Recuerdo mucho dolor, sangre y gritos", coincide otra que pasó a los 10 años por esa traumática experiencia, considerada por Amnistía Internacional una forma de tortura que viola gravemente los derechos humanos de las mujeres y niñas. "Recuerdo que lloré", añade una tercera que tenía entonces 14 años.

Testimonios estremecedores que, en el Día Internacional de Tolerancia Cero a la Mutilación Genital Femenina (MGF) que se celebra este sábado 6 de febrero, le sirven a Amnistía Internacional para recordar a los Estados su obligación de prevenir y enfrentar esa práctica.

Testimonios que se completan con otros de activistas contra la MGF que brotan de la propia experiencia. Como el de Ifrah Ahmed, que buscó asilo en Irlanda para escapar de la guerra en su Somalia natal y ahora se dedica en cuerpo y alma a luchar contra esa violación de derechos humanos: “Es horrible. Es mental, emocional y físicamente doloroso, y desearía que no me hubiera ocurrido. Lo que me sucedió no puede dar marcha atrás, no puede desaparecer. El dolor permanecerá siempre”. O como el de la ginecóloga nigeriana Olayinka Aina Koso-Thomas, que ha sido testigo de ese sufrimiento durante su trabajo médico en hospitales de Sierra Leona: “Es imposible describir el horror de esta práctica".

Organismos de Naciones Unidas estiman que entre 120 y 140 millones de las niñas y mujeres de todo el mundo (92 millones en África) han sufrido MGF, y otros 3 millones corren el riesgo de sumarse cada año a la lista. La práctica alcanza a 29 países, sobre todo africanos, aunque también se registra en regiones de Oriente Medio, Asia y América Latina. El problema también aparece en poblaciones emigrantes de países desarrollados, y en Europa se calcula que hay 500.000 víctimas de MGF y que 180.000 más están en riesgo cada año, sobre todo cuando regresan de vacaciones a sus lugares de origen. Los países europeos con más población femenina procedente de países donde tal práctica es frecuente son el Reino Unido, Italia, Francia, Alemania, Irlanda, Holanda, Suecia y Bélgica.

Lejos de aportar beneficio alguno a la salud de las mujeres y niñas, la MGF resulta dañina y peligrosa. Al extirpar tejido genital sano, entorpece la función natural del organismo femenino y provoca de inmediato complicaciones –dolor intenso, hemorragias, shock, retención de orina, llagas y lesiones genitales, infecciones urinarias– que en algunos casos puede incluso causar la muerte. A largo plazo, las consecuencias también pueden ser graves: disminución del placer sexual, dolor crónico, trastorno de estrés postraumático, infecciones vesicales y urinarias recurrentes, quistes, dificultades en el parto –con mayor riesgo de mortalidad materna y del recién nacido– y esterilidad. Además, aumentan las posibilidades de nuevas intervenciones quirúrgicas, por ejemplo para corregir el sellado o estrechamiento de la apertura vaginal y permitir así las relaciones sexuales y el parto; a veces se vuelve a cerrar, incluso tras dar a luz, lo que obliga a aperturas y cierres sucesivos, con el consiguiente mayor riesgo para la mujer.

Aunque la MGF no tiene justificación médica, muchas veces la realizan profesionales de la medicina (18% de los casos y hasta el 74% en algunos países), lo que puede dificultar indirectamente el abandono de esa práctica al extender la impresión de que se lleva a cabo con mayor seguridad. La realidad es que el escenario más habitual está dominado por la falta de condiciones higiénicas, la ausencia de anestesia y el uso frecuente de 'herramientas peligrosas' como cuchillas de afeitar o simples vidrios.

Jóvenes adolescentes acuden a una clase extraescolar subvencionada por UNICEF en la que están tratando la mutilación genital femenina. © Jason Straziuso

La lucha para acabar con la mutilación genital femenina no es fácil por la complejidad de sus causas, en las que se mezclan factores culturales, religiosos y sociales, tanto en el ámbito familiar como comunitario. Como tradición que se repite de generación en generación, origina una presión sociofamiliar que puede desembocar incluso en castigos físicos por 'deshonrar' a la familia.  A menudo es considerada parte importante de la buena crianza de la niña y de su preparación para la vida adulta y el matrimonio, asentada en arraigadas creencias sobre el comportamiento sexual 'adecuado' y sobre los procedimientos relacionados con la virginidad prematrimonial y la fidelidad matrimonial. Muchas comunidades creen que la MGF reduce la libido femenina y  'ayuda' a la mujer a resistirse a los actos sexuales 'ilícitos'.

En cuanto al trasfondo religioso, no hay textos de ninguna creencia que prescriban esa práctica. Los propios líderes religiosos mantienen diferentes posiciones, y mientras algunos la fomentan, otros la consideran irrelevante para su fe y otros participan activamente en su eliminación. De todos modos, en el ámbito local hay líderes comunitarios y religiosos, 'cortadores' e incluso personal médico que contribuyen en mayor o menor medida a que se mantenga. Además, al fuerte peso de la tradición cultural se añade su adopción reciente en algunas comunidades, unas veces por imitación de tradiciones de grupos vecinos y otras como parte de un movimiento más amplio de resurgimiento religioso o tradicional.

El argumento de la tradición suele 'adornarse' con tonos festivos. Pero los testimonios de las mujeres y niñas dejan claro que la MGF no es en ningún caso una fiesta, sino esa "forma de tortura" que denuncia Amnistía Internacional: "Me sujetaron fuerte y utilizaron hojas de cuchilla", recuerda de su traumática experiencia a los 5 años una subsahariana residente en España. "Me ataron y sujetaron entre cuatro personas, yo gritaba porque tenía mucho dolor", cuenta otra que la sufrió dos veces –a los 18 meses y a los 8 años– porque la primera "no quedó bien". Y otra completa sus dolorosos recuerdos: "Recuerdo que me taparon la cabeza con un pañuelo para no ver nada y fui andando con otras mujeres hasta un campo; me llevaron cantando haciendo palmas, me engañaron diciéndome que íbamos a comer cosas que me gustaban. Una vez allí me ataron y sujetaron entre varias mujeres, me desnudaron. Recuerdo mucho dolor, sangre y gritos"...

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