Actuamos por los derechos humanos
en todo el mundo

Buscar
  • Blog

Mucho altavoz mediático, poco reflejo en la práctica

Lola Fernández es psicóloga. Lleva más de 15 años trabajando con víctimas de violencia de género violencia sexual, primero en la Asociación Amuvi y a través de grupos terapéuticos del Instituto Andaluz de la Mujer.

"Mucho camino recorrido este año, gracias… por ponerme ante ‘mi propio espejo’ y hacerme ver todo el poder y la fuerza que hay en mi interior.... Ahora a seguir luchando sin olvidar lo aprendido, por mí y por las demás". Este es el testimonio de una persona que ha sido tratada psicológicamente por uno de los Servicios existentes de Atención a Mujeres Víctimas de Violencia de Género, desde donde se  proveen recursos para mujeres que han pasado o están pasando por una situación de violencia de género. Un servicio que a lo largo de los años es, y está siendo, cada vez más maltratado por las administraciones públicas.

Los servicios de atención a mujeres víctimas de violencias son recursos especializados, multidisciplinares y gratuitos que atienden a mujeres que han sufrido una vulneración de sus derechos más fundamentales de seguridad, integridad y libertad. Las cifras que arrojan son impactantes tanto en el número de atenciones realizadas como en tipologías de violencias tratadas, algunas de nuevo cuño al aparecer ligadas en los contextos de las redes sociales.

Las profesionales –la mayoría mujeres– que atienden a estas personas cuentan con dilatada experiencia y cualificación profesional en distintas áreas: Perspectiva de Género, Derechos Humanos y formación continua en la profesión, son elementos que tienen que estar presentes para un eficaz abordaje terapéutico.

Cada mujer, cada vivencia es singular y sin embargo es común la soledad, la confusión con el consentimiento (particularmente en casos de violencia sexual), el maltrato de otras instituciones (salud, justicia, familia, entorno laboral) y desarrollo de sus propias estrategias de afrontamiento, unas más insanas que otras, pero todas al servicio de la propia supervivencia.

Ni víctimas ni supervivientes. Es necesario cambiar el paradigma a través, entre otras herramientas, de la generación de espacios de recuperación y autocuidados para conseguir reconectar con la capacidad de resiliencia y desligarse de etiquetas.

Una intervención que exige, tiempo, dedicación, disposición, herramientas, formación continua. Es decir, una serie de recursos absolutamente necesarios que las administraciones responsables están lejos de ofrecer a las profesionales que trabajan. La escasa dotación presupuestaria es incapaz de garantizar calidad en la atención y mucho menos continuidad en el trabajo.

Generalmente estos programas, al igual que otros de índole social, dependen de subvenciones públicas o convenios de colaboración con asociaciones, ONG y hasta con empresas privadas ¿Consecuencias?: Discontinuidad y apuesta por la oferta más barata en detrimento del valor de los propios recursos humanos y condiciones laborales de las profesionales, que asisten perplejas al aumento de trabajo y a la reducción de sueldo. Resulta paradójico que desde organismos de igualdad se fomente, y perpetúe, la precariedad laboral de un trabajo que prácticamente está feminizado.

¿Y cómo se traduce en la práctica diaria, cuando dichos servicios sufren recortes o directamente se interrumpen? ¿Se recorta también el proceso terapéutico? En muchos casos el compromiso de la terapeuta es la única respuesta.

Desvalorizando a las profesionales, se desvaloriza el servicio y de paso a las propias mujeres. Me reafirmo: mucho altavoz mediático con poco reflejo en la práctica.

Basta de obstáculos para las víctimas de violencia sexual

¡Firma!